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Había llegado el día,  el día en que el plazo se vencía. José no había pagado sus deudas de juego. 

Una vez lo había tenido todo: casa, trabajo y familia. El vicio y su infinita hambre de revancha lo habían reducido él a casi nada. Proximo a una escoria.

Lo apostó todo al destino, al azar y pensó que podría vencerlo, dominarlo, pero las probabilidades siempre estuvieron en su contra. La necedad y la ceguera siempre lo invadieron y las estadísticas en su irrefrenable impulso se lo fueron arrebatando todo.

Pero José quería el desquite, la revancha. Pensaba ilusamente que podría ganar en algún momento.

Ahora huía despavorido por las calles solitarias, había empeñado su palabra para una última mano en el póker. Y, como usualmente lo hacía, perdio.

"Deudas de Juego son Deudas de Honor" había clamado Raúl al prestarle aquella fuerte suma.  "Y un hombre sin honor no merece vivir" sentenció. José había sonreido débilmente y había aceptado las condiciones de Raúl.

Ahora, Raúl lo perseguía junto a sus hombres dispuesto a obtener su dinero o una satisfacción, una que seguramente sería la más cruel posible. La carrera no fue muy larga, los callejones oscuros  ayudaron a José quien, doblando por una esquina, entre su desesperación, los había despistado momentáneamente. Los gritos de Raúl y sus secuaces apenas sobresalían sobre los latidos de su propio corazón agitado por la carrera y el espanto de no poder escapar para siempre. José escuchó una voz que lo llamaba, aún con la oscuridad reinante pudo ver perfectamente como una hermosa, pero descuidada jovencita le decía con un susurro: “¡Por aquí, rápido!”.

José no lo pensó , se lanzó hacia donde estaba y juntos subieron unas escaleras hasta un cuartucho en un segundo piso de aquel edificio en ruinas. Era una habitación oscura,  simple, sin ventanas, con una sola puerta. Al entrar la joven cerro la entrada. Un hilo de luz se filtraba en la cerradura y José pego el oído a esta.


“¿Donde se habrá metido ese desgraciado?" escuchó José, ya verá, algún día me las pagará.”

Y escuchó cómo Raúl y los otros sujetos se fueron alejando profiriendo maldiciones en su contra. Pronto ya no se escuchaba ningún sonido. ”Gracias, me sacaste de un apuro, ¿por qué no salimos y vamos a tomar algo? Me gustaría conocer más a fondo a quien me salvó la vida." Dijo. Pero cuando José se decidió tomar la manija para abrir la puerta se percato de que no había ninguna. También se percató de que en la habitación había un hedor a muerte que no había tenido tiempo de sentir dada su apurada situación. Tampoco se había dado cuenta de que podía ver perfectamente a aquella joven aún sin que hubiese en aquel cuarto más luz que la que se filtraba por la maltrecha puerta.

Un escalofrío lo recorrió de golpe y comenzó a patear la puerta y a tratar de tumbarla. Sus esfuerzos fueron inútiles. “Estamos atrapados ” dijo José a la jovencita. "Pero no te preocupes ya verás que saldremos de aquí, te doy mi palabra de honor". “¿Atrapados? ¡ja, ja ja!” Yo no estoy atrapada. Tú lo estás".

Reía la jovencita mientras su rostro iba cambiando. Sus ojos antes dulces y serenos se perdieron en una negrura infinita. Toda ella pareció crecer y elevarse del suelo. Los cabellos se agitaron de pronto y quedaron suspendidos en el aire. Las delicadas manos se transformaron en garras y una hilera de afilados y negruzcos dientes se asomaron de su boca ahora deforme.

"Un hombre sin honor no merece vivir". Fue lo último que escuchó José.