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Pasaba los canales de la televisión buscando algo que mirar, cuando recibí un mensaje de mi novia; «Ven a verme, Chris». Hacía mucho no hablaba con ella, debido a que ocupa la mayor parte de su tiempo estudiando. Nos veíamos una vez por semana o ni siquiera la veía.

Apagué la televisión. Me duché, bajé los pisos del edificio y me tomé un taxi. Llegué a mi destino. 10 euros. Pagué y me bajé. Toqué el timbre de la casa de mi novia. No atendían. Golpeé la puerta, por si el timbre se descompuso, pero no había forma, nadie atendía. Fui por la parte trasera y noté que estaba abierto. Entré.

Mi novia se encontraba atada a una silla, y alguien vestido de payaso sostenía un cuchillo. Rozaba su filo en el rostro de mi novia dejando caer gotas de sangre. Tomé mi teléfono para llamar a la policía, pero me escuchó y, en cuanto lo tomé, él se hallaba a mi lado. Su maléfica sonrisa dejaría traumatizada a cualquier persona.

Mi novia, con una soga en su boca, no podía hablar. Escuchaba sus quejidos de dolor. Me destruían. El payaso me acercaba el cuchillo. Podía sentir ese aroma a sangre y el frío del metal. Lo movió de un lado a otro, dejando el rastro de sangre de mi novia. No me hizo daño. Nadie habló.

Con un gesto, me invitó a sentar en la silla. No tenía otra escapatoria. Si no le hacía caso, podría matarme. Me senté y tomó una soga mientras me ataba. ¿Cómo podría yo reaccionar de esa forma? ¿No se me ocurría pegarle y salir corriendo, o salvar a mi novia? No.

Me sentó frente a mi novia, mirándola, su dolor, sus heridas y su sangre. Se acercó a ella. Acercó el cuchillo a su ojo derecho. Disminuía la distancia entre el cuchillo y su ojo cada vez más hasta que lo tocó. Sentí su dolor, su angustia y cómo ese cuchillo traspasaba su piel y lastimaba su hermoso ojo color verde. Ahora era el turno del otro ojo. Sus ojos se veían destruidos y su sangre caía a montones. Quedó ciega. Me detuve a pensar: ¿Ahora es mi turno?

Se acercó a sus labios. El cuchillo tocaba sus hermosos labios. Como si cortara un pedazo de carne, movía el cuchillo sobre su labio. Dejando caer pequeñas tiras de sus labios al piso. Los tomó y los dejó a un lado. Le sacó la soga a mi novia. La obligó a abrir la boca. Metió su cuchillo dentro. Tomó su lengua, y lentamente la cortaba. Podía ver que mi novia ahora no emitía ningún sonido de dolor. El payaso parecía disfrutarlo. El cuchillo se le cayó al tomar la lengua. Se agachó a agarrarlo y dejó la lengua nuevamente a un lado. Tomó el cuchillo. La primera vez que lo escuché hablar.

—¡Ay, pero cómo disfruto esto! —dijo.

Insertó fuertemente el cuchillo en su cuello dejándolo unos segundos ahí, parecía querer llegar hasta el fondo. El cuchillo salió por el otro lado. Lo dejó ahí. No hizo nada. De todo lo que había visto antes, esto no me impresionaba. No sé por qué. El payaso dio la vuelta y me miró. Soltó una risa.

—¡Pero qué afortunado eres, qué linda noviecita! ¡Disfruta con ella!

Sus palabras me paralizaron. Lanzó el cuchillo hacia mí y se alejó hacia la puerta, que cerró con llave antes de irse. El daño que me hizo fue inmenso, ver a mi novia muerta frente a mí me destruyó. En mi cabeza se repetían las palabras «¡Pero qué afortunado eres!»

Desperté, sudando y casi llorando. Todo había sido una pesadilla. Me alivié al saber que todo eso no había pasado y era culpa de mi estúpida mente. Me bañé para sacarme todo ese sentimiento horrible de mi mente. Despejarme un poco. Terminé de bañarme.

Pasaba los canales de la televisión buscando algo que mirar, cuando recibí un mensaje de mi novia; «Ven a verme, Chris».