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Niña abrazando oso

Con la habitación a oscuras, aquella niña no paraba de llorar. Sentada en su cama y con la mirada perdida, se bebía las lágrimas casi sin darse cuenta, a la vez que fuertemente abrazaba su peluche de color rosa.

-¡Mamá!, ¡mamá!- murmuraba- ¡Mamá! ¡Tengo frío!

La niña temblaba de tal manera que la cama parecía moverse con ella. Sin embargo, en ningún momento fue capaz de acostarse y cubrirse con la manta que tenía sobre su cama. Lorena era una preciosa niña de aspecto frágil, como si de una muñeca se tratase.

Su pelo rubio parecía tener brillo propio, a la vez que su bonita sonrisa cautivaba a quien se atreviese a mirarle. Muchos decían que Lorena era una niña precoz, que cuando tan solo tenía tres años ya había aprendido a leer y aseguraban que de mayor, Lorena sería una gran persona.

La pequeña seguía temblando; sin embargo, las lágrimas ya se le habían secado. Decidió acostarse y taparse por fin con aquella manta mientras esperaba a que viniera su madre. Mientras tanto, los ojos se le cerraban de vez en cuando, pero ella los volvía a abrir.

Sabía que con la fiebre tan alta que tenía, tendría pesadillas si se quedaba dormida. Mientras la pequeña hacía un esfuerzo por mantenerse despierta, comenzó a sentir cosas extrañas. Notaba como si estuviese siendo observada. Comenzó a sentir temor y poco a poco, fue metiendo su cabeza, cada vez más, bajo la manta. La niña comenzó de nuevo a llorar.

-¡Mamá! ¡Mamá! – gritaba bajo la manta.

Notó como algo frío le agarraba el pie. Entonces emitió un fuerte grito y su llanto era cada vez más fuerte. Su almohada estaba completamente húmeda.

-Tengo miedo…- Decía casi susurrando mientras se encogía todo lo que podía.

De repente, Lorena notó como alguien intentaba destaparla. Temblando y con los ojos cerrados, solo se atrevió a decir:

- Mamá, ¿eres tú?-

-Sí, soy yo.-

¡Pero aquella no era la voz de su madre!

La pequeña, totalmente asustada, abrió los ojos de par en par. Su rostro no podía reflejar otra cosa. ¡Imposible! Su cara solo podía reflejar el pánico que la pequeña sentía viendo semejante ser que tenía delante. Aquella especie de monstruo había estado apareciendo en sus últimas pesadillas, causadas todas por la fiebre tan alta que padecía.

Sin embargo, aquella noche, aquel ser verdoso y maloliente ¡parecía tan real! Lorena se había quedado casi sin habla, parecía que por mucho que abriera la boca, sus gritos no saldrían de aquella garganta. Pero de repente y bajo el asombro de la joven, el monstruo parecía desvanecerse tal y como el hielo se derrite bajo el sol. Y por fin, Lorena logró hablar…

-¡Mamá!, ¡mamá!- murmuraba-. ¡Mamá! ¡Tengo frío!

Todo había sido una pesadilla, otra de las muchas que últimamente había sufrido. La niña quiso abrazarse fuertemente a su peluche; pero este se había caído al suelo. Alargó su brazo hacia la mesilla de noche para encender la luz y levantarse a recogerlo. Sin embargo, aquella no era la imagen que ella esperaba ver. Todo estaba desordenado, tirado por el suelo… Un completo caos. Así que no tuvo valor sino para volver a apagar la luz y meterse de nuevo bajo la manta a llorar.

Mientras tanto, desde la habitación de al lado, Cristina había escuchado gritos que provenían desde la habitación de Lorena. Se dirigió rápidamente allí. Abrió la puerta y encendió la luz. Sin embargo, ella no notó nada extraño aunque sí que se dio cuenta de que había algo fuera de su lugar. El peluche de Lorena estaba tirado en el suelo. Se acercó a recogerlo y lo volvió a poner en su sitio, sobre la cama. Una vez allí, intentó colocarlo para que el muñeco no se cayera. Cuando por fin lo consiguió, se giró para salir de la habitación.

-¡Mamá! ¡Tengo frío!

Cristina se giró rápidamente y con lágrimas en su rostro, vio que el peluche y la cama temblaban solos.

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