FANDOM


Hacía menos de una semana que se había mudado con su marido. La crisis que tenían los había obligado a dejar las comodidades de la ciudad para ahora vivir en un pueblo rural. Vive con él a falta de una vida mejor. Apenas se hablan, puesto que aprendió su individualismo a la perfección. Se saludan y él se va a cuidar a sus enfermos de cáncer. Rosa, escritora. José, médico y todo un especialista, pero pareciera que le preocupa compartir más con esos moribundos que con ella. Demasiado individuales, solitarios y personales.

Ella lo acusa de no poder dormir varias noches, pero como si no le importase se gira al otro lado y continúa roncando. José está mayor; al igual que el colchón. Demasiados problemas económicos como para cambiar a cualquiera de los dos.

Se levantó de la cama. Éste le pidió con disimulo que volviera. Salió del cuarto y se dirigió al aseo, atravesando el pasillo hasta el fondo, lejos de cualquier sonido maleducado. Enciende la luz y se lava la cara. Hacia dos noches que vio esa silueta bajo la escalera, la primera noche fueron esos ruidos, ruidos que sonaban como el castañeo de dientes pero era tonto, hasta infantil pensar en ello. Se convenció de que aquella silueta no era sino el resultado de estrés acumulado. Apago la luz y se acostó.

Fue a la cocina a desayunar y José ya no estaba, seguramente se había marchado muy temprano al hospital a acompañar a alguno de sus pacientes. El día pasó y la noche llegó. De forma idéntica al día anterior. Solo que esta vez el profesional no llego a dormir, ni siquiera se limitó a dejar un mensaje. Era común en él. Total, Rosa ya estaba acostumbrada a ello.

Se despertó a mitad de la noche, sentía que algo lo había despertado, tal vez un ruido o un roce, de inmediato se levantó de la cama, fue al baño y se miró en el espejo, cuando notó en el espejo que la cortina se movía, intentó mantener la calma, pero debido al constante movimiento de la cortina se asustó sobremanera. Se acercó lentamente a la cortina, necesitaba saber qué o quién producía aquel movimiento.

Cuando descorrió la cortina algo la hizo impactar contra el piso, al abrir y cerrar los ojos contemplo aquel rostro de ojos amarillos, inhumano, repugnante, le susurraba palabras con una lengua muerta y luego una risa. Una risa diabólica, desquiciada, que parecía surgir de las profundidades del infierno.

Rosa se desmayó. . .

David llego esa misma noche a las 2:59 am…

Era el día de su aniversario, como iba a olvidarlo. David fue directo a la habitación, la beso en los labios y se acostó. Como era costumbre, ella se dio vuelta y dejó que él la abrazara por detrás. La cama crujía por cada leve movimiento que realizara.

-Feliz aniversario, amor- le dijo él, al tiempo que sentía que comenzaba a sumergirse en el sueño.

No obtuvo respuesta; pensó que su mujer ya estaba dormida. Quiso besarle el cuello, donde sabía que ella sentía cosquillas, pero no pudo hacerlo: allí no había ningún cuello. Ella le estaba dando la espalda en la oscuridad, podía sentir la firmeza de sus muslos y la piel lisa de la espalda, pero acababa de besar a su esposa en los labios. Era imposible. Eso quería decir que su mujer tenía la cabeza girada en un ángulo inhumano, mirando directamente hacia él.

Él se incorporó con rapidez y buscó a tientas la lámpara, pero sus dedos no acertaban con la perilla. Al mismo tiempo escuchó que ella a su lado se removía, que emitía una serie de borboteos, como si se estuviera ahogando en un líquido aceitoso.

Notó como algo le acarició la nuca. Su cuerpo se tensó. Se paralizó. Era el tacto de unas uñas.

- David- susurró una voz gutural.

El nombrado cogió aire por última vez. Se sentó en la cama, el crujido se descubrió delicioso, lleno de líquido y tripas. Antes de comenzar a ser devorado hizo deducciones de qué habría allí consigo, sobre qué había sido de su mujer.

¿Con quién dormía ahora? . . .


Nadie sabe lo que paso con los cadáveres de David y Rosa. . .


Cuando la policía allano la casa encontró rastros de sangre del cadáver de Rosa, marcas de manos y pies en el techo, rasguños en las puertas y cabello en el sótano, pero nunca se encontró el cuerpo de ninguno de ellos.


By: Yuko Jack Raiden