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Nictofobia
Es muy probable que un amigo, un familiar, un conocido o incluso tú, le tengas miedo a la oscuridad. Y es que la nictofobia (el miedo a la oscuridad) es uno de los miedos más comunes e incluso normales.

Es decir, ¿quién no puede, en algún momento de su vida, girar la cabeza hacia algún rincón totalmente negro, con el miedo de que salga algo de ahí y te atrape? Pues bien. Eso tiene mucho que ver con la historia que les presentaré.

Angela era una joven de tan solo dieciocho años. Vivía en una casa con su amiga, Catherine. Ambas estudiaban en la universidad. Angela le tenía un profundo miedo a la oscuridad, debido a un trauma ocasionado por su padre, el cual, la asustó con una máscara del conocido Pennywise, luego de que también este le obligara a ver la adaptación a la pantalla grande de la conocida obra de King.

Angela no volvió a hablarle a su padre sin fruncir el ceño por un largo tiempo por esto. En cambio, Catherine, era una fanática del horror, terror, suspenso y ocultismo. Estaba suscrita a varios youtubers que diariamente subían vídeos de los últimos sucesos paranormales y Creepypastas. Pero a ella le encantaba algo por sobre todo lo demás: las historias reales. No hay cosa que más le fascine que una historia real. Un asesino serial que se vestía con la piel de sus víctimas, por ejemplo. Le encantaba encontrarse con historias así e intentaba encontrar todo lo que pudiera al respecto. Aunque no era ninguna enferma mental ni nada por el estilo.

Regresando a Angela, debido a su trauma tiene la costumbre de dejar encendida la luz de su habitación toda la noche. Catherine ha protestado por esto, ya que eso hacía que les costara más la electricidad. Pero siempre la dejaba hacerlo, pues entendía que a ella no le gustaba. Un día, luego de regresar de la universidad, Catherine entró a su computadora portátil y, luego de encontrarse con la noticia, estuvo chillando por un rato de la emoción y decidió contárselo a su amiga. Se asomó por la puerta de la habitación, ya había pasado el atardecer y como era de esperar para ella, ahí estaba Angela. Con la luz encendida, revisando el WhatsApp. Ella llevaba ropa muy ligera en esos momentos. Simplemente una blusa blanca y pantalones ajustados negros. Ni siquiera se podría decir con exactitud si llevaba sostén o no, pero eso no importaba.

Catherine se la acercó y le quitó el celular con una sonrisa. Le gustaba hacerle bromas a Angela y escuchar cómo se quejaba cuando le quitaba el celular de sus manos que sólo escribían y escribían mensajes. Angela protestó, pidiendo que se lo devolviera. Aun así, Catherine explicó que tenía que decirle algo que seguro le iba a interesar. Angela siguió insistiendo, así que Catherine, algo molesta y con el ceño fruncido, le dijo que si no la escuchaba, iba a tirar el celular por la ventana, mientras apuntaba a la misma ventana de la habitación de Angela, la cual en ese momento se hallaba abierta. Angela, simplemente dejó salir un "Tsk." y asintiendo.

Catherine se sentó a su lado y decidió explicarle que encontró un artículo sobre un supuesto asesino serial que mataba a la gente que dormía con las luces encendidas. Esto se demostró cuando el 90% de los asesinatos ocurridos en esa semana eran de víctimas que, según sus familiares o amigos cercanos, sufrían de miedo a la oscuridad, aveces, muy grave. Aparte de esto, en las habitaciones donde las pobres personas que eran nictofóbicos perecieron, estaba escrito con su sangre la palabra "Chase" en mayúsculas, por lo que el asesino fue conocido por ese nombre. (Chase significa "Perseguir" y también es un nombre.) Angela se le quedó mirando por un momento, y le preguntó si estaba jodiendo. Catherine explicó que no, y hasta le dijo que podía traer la computadora portátil y mostrarle que no estaba mintiendo. Angela seguía pensando que su amiga le estaba gastando una mala broma, y empezaron a discutir. En plena discusión, Catherine le mostró el artículo en el celular de Angela a ella, y le explicó todo mientras Angela podía comprobarlo. Catherine dijo que el asesino estaba asesinando desde hace más de un mes.

Angela y Catherine siguieron discutiendo, hasta el punto en el cual, Angela abofeteó a Catherine, dejándole la mejilla roja debido al golpe. Luego de esto, Catherine decidió quedarse en la casa de otra amiga esa noche y al día siguiente, intentar hacer reaccionar a Angela. Angela suspiró al ver a Catherine subirse al auto. Estaba entre llamarla y pedir disculpas o mandarle mensajes amenazantes por WhatsApp, aún pensando que era una broma. Pero decidió, simplemente, dejarla ir. Luego de cenar, Angela se acostó en su cama y sacó su celular. Eran las 12 de la noche. Estuvo revisando sus mensajes por media hora, antes de que se drenara totalmente la batería del celular. Ella se quejó, y puso el celular a cargar. Se cubrió con las sábanas, con la luz encendida.

No sabía que se iba a arrepentir de haber dejado la luz encendida otra vez.

Sintió un golpeteo en su ventana. Ella la había cerrado luego de la discusión con Catherine. Pensó que quizá era un gato o alguna rama, así que decidió ignorarlo. No fue hasta que los golpes eran violentos a más no poder que se asustó.

Miró hacia la ventana, estaba temblando tal gelatina. Recordó lo que Catherine le había dicho. No quería estar en la lista de las personas que tal homicida ejecutó. Rápidamente buscó algo para defenderse. Algo afilado. Algún cuchillo que haya dejado al cenar en su cama. Pero no encontró nada para defenderse. Estaba indefensa tal mosca en una telaraña. Los golpeteos no paraban. Al contrario, se volvían más y más frecuentes. Pasaban los segundos que parecían horas, y Angela sólo podía esperar que fuese algún borracho indefenso. Sólo eso y nada más. Fue entonces cuando sintió la ventana rompiéndose... o eso creía. De la nada, los golpeteos se detuvieron. Su corazón latía como nunca antes.

Pensó que sí había sido un borracho, por lo que luego de esperar más o menos una hora para calmarse y que su cerebro pudiera procesar el momento, suspiró y se arrecostó en su cama, mirando hacia la pared contraria donde no estaba la ventana. Fue entonces que ya no había vuelta atrás. Sintió que alguien golpeó el interruptor de su habitación con una fuerza descomunal, rompiéndolo al instante y con ello, apagando la luz. Aparte del miedo que le tenía a la oscuridad, tenía el miedo de que fuese él. Aunque no cabía duda, era él. El mismo asesino del que su amiga le había contado. Estaba paralizada por el miedo. Estaba muerta. Simplemente, ya no tenía escapatoria. Suplicó en voz baja por una oportunidad más. Repetía "Oh dios, por favor no dejes que me pase esto" una y otra vez, tal loro que le enseñaron a pedir comida.

Lo último que escuchó antes de irse a quién sabe dónde, fue una simple y corta oración. Pero eso no quita el hecho de que se haya arrepentido de no haber escuchado a su amiga y no haber superado su miedo.

"¿Olvidaste apagar las luces, querida?"