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Voy a ser franco conmigo mismo y voy a admitir que soy alcohólico de los buenos. Del tipo de personas que te hacen beber aunque no quieras porque ven dicha acción como permiso para beber aún más sin parecer el ebrio del grupo. Y durante el trabajo, no pienso más que en que llegue el viernes para ir al sport bar y darle el chivo a los meseros. La opinión de mis compañeros trabajadores sobre mí es bastante buena, ya que me califican como un colega que sabe divertirse y más de uno me busca para pasar un buen rato en un bar. En la empresa hay mucha rotación, y me encargo de incluir a los nuevos siempre que llegan a la línea un poco desorientados. No discrimino a nadie y se puede creer que soy amigo de todos.

Si explico todo eso es porque siempre habían pensado que era algo positivo sobre mí. A decir verdad, la mayoría de los votos han estado a mi favor.

Este sujeto, como sea, es la única estadística que me pone a pensar. Y la cosa más interesante sobre él era que no se veía diferente a los demás que he tratado antes. Tampoco era el más tímido o especial de todos los que llegaron aquel día.

Se podía hasta decir que se desenvolvía bien para ser quien era, y por eso –al menos yo creí– me fue fácil congeniar con él. Y me refiero a congeniar tan bien que tres semanas después nos acompañó a mí y a mis otros compañeros al Wamis, una fría noche de viernes. Es un buen lugar para estar porque el volumen de la música no es atronador y te permite mantener una charla sin tener que gritar para ser escuchado a menos de un metro.

Como era costumbre, yo pagué las primeras dos mega botellas. Tres tarros se desaparecieron en mi estómago en menos de diez minutos, por lo que me vi obligado a alentar a mis parroquianos a darme soporte. Me acuerdo que él apenas si había tocado su tarro y concentré mis esfuerzos en su contra.

Lo animaba con frases simples como era usual; nadie quiere parecer el aguafiestas o el débil de un grupo. Pero él se resistía a excederse. No logré que se bebiera más de dos vasos en las cinco horas que estuvimos en ese bar. Eso estuvo bien para la primera vez, pero tras las cuatro veces que le siguieron perdí la paciencia con este sujeto, que parecía tener una respuesta para todos mis ataques. Bebía dos tarros y se dedicaba a escuchar y a reír. Para cuando terminaba la noche, él estaba limpio de alcohol y podía conducir sin problemas.

Era simple, según me explicó él la sexta vez que se juntó el grupo en el Wamis, ya avanzada la noche y habiéndose él terminado sus dos tarros ya rutinarios: la respuesta era que él había sido igual a mí seis años atrás. Mismas motivaciones, mismo impulso por beber, misma necesidad de sentirme rodeado de otros ebrios. Dijo que eso le llevó a tener la más rara, siniestra, desdichada y, en resumen, peor noche de su vida, y no había pasado un solo día en que no se arrepintiera de sus acciones.

Y nos contó la historia, por cierto.

Dijo que no había empezado muy diferente a esta noche. Qué él había convencido a sus amigos de ir al bar habitual y que se habían embriagado. Uno de sus amigos llamado Samuel no quería beber mucho ese día porque que al día siguiente tenía presentación de protocolo y tenía que irse temprano. Él le insistió, le llenó el tarro y lo chocó con el suyo. Usó todo su arsenal logrando que su amigo se pasara de copas y que se quedara más tiempo del que quería.

“Era fácil perder la noción del tiempo estando a mi lado”, me dijo él.

Cuando Samuel se dio cuenta de que se había quedado hasta las 12:40 AM, se levantó como resorte de su silla y salió del bar, con las risas de sus compañeros acompañándolo hasta la salida. Aún ebrio estaba consciente de la importancia de lo del día siguiente. Él y los demás no abandonarían el bar a semejante hora: tenían una hora y media más para seguir consumiendo alcohol y eso fue lo que hicieron. Pagaron tres yardas más y tarro a tarro las fueron vaciando.

Tras terminarse las primeras dos, cerca de la 1:10 AM, Samuel le llamó. Decía que el carro le había fallado en el Camino Real y que no tenía ni herramienta ni sobriedad, que necesitaba su ayuda, puesto que la culpa recaía sobre él. Él, con todo y todo, se levantó y atendió el llamado entre risas y risas, suyas y de sus compañeros. No había problema: según las indicaciones de Samuel, no tardaría más de diez minutos en llegar a donde él estaba y otros diez en ayudarle con la falla mecánica.

Hay que recalcar que Samuel vivía en una orilla de la ciudad y el bar estaba en la otra, por lo que el Camino Real, esta supercarretera que corría con la sierra de Juárez y que además no era tan vigilada por vialidad, era la opción obvia, pero siempre era mala idea recorrerla en la noche, puesto que los malvivientes siempre estaban pendientes por si algún vehículo se quedaba descompuesto y podían hacer de las suyas.

Por esto podemos deducir que era cierto cuando decía que iba al límite de velocidad al encuentro del vehículo averiado. No temía pasarlo por alto pues de él se podía decir que era diestro en el arte de manejar borracho…, según él.

De hecho, dijo ser honesto cuando decía que solía ser muy diestro para andar tomado, y que por eso nunca dudó de sus sentidos, de lo que vio y escuchó, durante aquellos terroríficos eventos, que se suscitaron tras entrar en el camino real.

Recibió otra llamada de Samuel y respondió. Sé le escuchaba bastante abombado, más aún que como había dejado el bar, puesto que el contacto con el aire le había hecho mal. Sus primeras palabras fueron una sucesión de balbuceos apagados que ni siquiera él pudo entender. Insistió y pudo articular que lo estaba esperando a un lado de la carretera, que quería ir a pedir ayuda a una de las casas de Nuevo, una colonia a un lado del camino. Al fondo, se escuchó una suerte de ruidos distantes, semejantes a las revoluciones de un motor de motocicleta pero extrañamente apagados. Él le insistió que no fuera a molestar a los vecinos con su embriaguez estúpida, que ya casi llegaba, pero fue inútil, ya había colgado. Esto le dio una clara idea de dónde estaba el vehículo y en menos de dos minutos llegó hasta ese punto frente al poblado.

El auto de Samuel no estaba averiado: se había salido del camino y una rueda había caído en una zanja. Se veía claramente las marcas de las ruedas al intentar salir con insistencia Samuel por medio de la fuerza. Él echó una carcajada al cielo y volvió a marcarle por celular. Tuvo tiempo de ir hasta el vehículo, revisar que ninguna rueda estaba desinflada y que las llaves estaban puestas antes de que Samuel contestara la llamada. Respondió, como sea, con otra cadena de balbuceos similares al anterior. Se corrigió nuevamente y dijo que ya casi llegaba al poblado, que estaba como a doscientos metros…

La colonia Nuevo está junto al Camino Real, ni siquiera había cincuenta metros entre la primera casa y el pavimento.

Revisó una vez más que el auto fuera el correcto. No había duda, era el de Samuel. Buscó a la redonda una vez más y no lo vio. Le preguntó en dónde demonios estaba, y Samuel le respondió que estaba oscuro y que iba a encender la lámpara de su celular, por lo que colgó.

No pasó ni medio minuto para que identificara, completamente atónito, una luz centelleante que se movía de un lado a otro en la cima de un cerro de las cercanías, en sentido contrario de la colonia. Ante la posibilidad de que aquella luz fuera el flash del celular Samuel, no supo si reírse o preocuparse. Volvió a marcarle y al instante vio aquella luz desaparecer, dando la conjetura de que era el celular vibrando. Era Samuel, no se veía claramente con la distancia y la oscuridad, pero su silueta humana y su tambaleo lo delataban. Respondió una vez más en ese estado de embriaguez lánguida que había usado previamente que iba bajando.

Quiso saber cómo era que había escalado hasta allá arriba y cómo podía estar tan estúpidamente ebrio como para no ver que las casas estaban frente a él, pero el perdido Samuel no tenía idea de nada; estaba demasiado ebrio para pensar y confesó estar demasiado ebrio para bajar de ahí sano y salvo. Y entonces, ese sonido que ya se había escuchado en la línea semejante a una motocicleta se volvió a repetir y la señal menguó por un instante, tan solo medio segundo antes de que las palabras de Samuel continuaran por el auricular. Esa ocasión le extraño mucho: antes, como no estaba ahí, había supuesto que una moto había circulado por la calle; ya estando ahí, no había visto ni un medio de transporte pasar en más de un minuto, y sin embargo, el ruido se había escuchado claro y constante. Su sexto sentido le alertaba de algo que no andaba bien, le dijo a Samuel que encendiera la linterna una vez más para ir a por él a ayudarlo a bajar y largarse de ese lugar lo antes posible; acto seguido colgó y se acercó a la pendiente para comenzar a subir el cerro…

Pero, y quizá por suerte para él, no había subido ni veinte metros cuando se dio cuenta de que no se veía el flash donde había estado antes, y al no saber hacia dónde subir se detuvo y sacó su celular para marcar una vez más y repetirle las instrucciones a su inútil amigo. No había remarcado todavía cuando, por el rabillo del ojo, allá por entre los cerros del otro lado de la carretera, en el despoblado, identificara una luz intermitente que parecía moverse. Entre el punto donde la luz estaba ahora y donde la había visto previamente distaban al menos tres kilómetros, sin mencionar que aquel cerro era dos veces más grande que en el que había visto a Samuel.

Al principio pensó que podía ser una mala broma (muy buena de hecho), pero igual se sentía aterrorizado. Marcó nuevamente y aquella luz volvió a desvanecerse; no había forma de negarlo: si esa luz se había apagado al tiempo que él marcó su celular entonces tenía que ser por fuerza la luz del celular de Samuel.

Cuando respondió el teléfono dijo que tenía ganas de orinar y que lo iba a hacer. No se había dado cuenta de lo que había pasado, no se estaba dando cuenta de nada, y se le entendía cada vez menos cuando hablaba.

El pánico se apoderó de él al ver a su amigo hacer cosa semejante involuntariamente. Le dijo que encendiera el flash de su celular y no lo volviera a apagar más, justo antes de escuchar nuevamente aquel ruido de motocicleta que, a esas alturas, ya le constaba que no era una motocicleta —un ruido así no se escucharía hasta allá mejor de lo que se escuchaba dónde estaba él, y dudaba que una moto pudiera subir ese cerro con semejante velocidad—, por lo que gritó que colgara y encendiera su flash ¡ya!

Samuel colgó, pero él no vio la luz aparecer… en ese cerro al menos. Mucho más allá del cerro en el que había aparecido, había otro cerro de dimensiones mayores, gigantescas, sobre el cual una luz, apenas perceptible, danzaba de un lado a otro indicando la nueva posición de Samuel.

Ya había cruzado la calle con la esperanza de llegar al segunda posición de la luz de Samuel, pero cuando vio esta nueva tercera posición, quedó paralizado, es decir, completamente inmóvil excepto por el temblor que lo había invadido. Hacía años que no había temblado de miedo, y nunca más volvió a temblar así. Samuel estaba totalmente fuera de su alcance, y lo estaría a menos que pudiera recorrer 4 kilómetros en un minuto y de subida.

La luz duró un rato encendida y luego volvió a apagarse justo antes de que recibiera una nueva llamada de Samuel. Añadido a la borrachera en su voz y a su usual balbuceo, ahora estaba temblando. Entre lo último que pudo entender de sus palabras ininteligibles, escuchó a Samuel decir que tenía frío, mucho. Pero hay que decir que esa fue la frase que él entendió de cerca de quince que le balbuceo Samuel por el auricular.

Pero ya no le respondió, estaba llorando, llorando de miedo por lo que estaba presenciando. Una vez más, entre los balbuceos de Samuel, se escuchó aquel ruido maldito, y quizá entre alguna de aquellas frases Samuel le dijera que encendería el flash una vez más, porque la luz reapareció.

El punto más alto de Juárez es el cerro del Indio, no el cerro Bola como se piensa. Quizá ese fue el último destino de Samuel, pero él no lo vio allá (no había forma en que un flash de celular fuera visible desde ahí, en todo caso), pues rompió la inmovilidad y huyó a su auto.

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Pudo haber ido a buscarlo en esa dirección tan solo para ver si aparecía en aquel cerro como lo pensó en un principio, pero en su lugar, volvió por dónde había llegado y aceleró rumbo a su casa. Su teléfono sonó mientras conducía y la llamada venía de Sammuel; él quería que al contestar, un Samuel alegre le dijera que había sido todo una broma y que regresara de inmediato. Pero al bajar la velocidad y responder la llamada, no escuchó más que el balbuceo constante y ebrio de su amigo. Se había tornado en una suerte de roncos y discontinuos murmullos que no decían nada más que cosas huecas como “espero” o “hago ahora”.

Lloró abiertamente mientras escuchaba y, tras presentarse nuevamente ese sonido que acarreaba a Samuel de lugar en lugar, cortó la comunicación.

El teléfono sonó una última vez antes de que llegara a su casa, pero él no contestó, lo que lo mató de dolor. Se dijo una y otra vez que estaba siendo un cobarde, pero no se atrevía volver: no sabía cómo ayudarlo, y temía que si se atrevía, sucedería lo mismo con él.

¿Sobrio habría hecho lo mismo? No se metía con esa interrogante, pero el caso era que había estado tomado, y prefería echarle la culpa a eso, al alcohol que nubló su juicio, a pensar que de plano el miedo que había sentido pudo más que su voluntad para interceder por su amigo. El lado bueno era que, increíblemente, le había servido para mantenerse sobrio los últimos años.

Obviamente la policía lo buscó y le preguntaron por el incidente. Para hacerlo corto, dijo nunca haber atendido a la llamada que le hizo Samuel, puesto que nadie le creería lo que había pasado. Dijo que se había sentido tan ebrio al salir del bar que había optado por irse a casa a dormir, olvidando por completo la llamada de su amigo. Había borrado todo el registro de llamadas respondidas menos la llamada perdida, para que se viese un poco creíble. Tomando en cuenta que el celular de Samuel estaba donde su dueño, jamás debería preocuparse porque alguien lo encontrara y revisara el historial de sus llamadas. Últimamente, una buena (incluso, competente) investigación policiaca lo hubiera identificado en la escena, pero nunca hubo tal investigación. Samuel se dio por perdido y él tuvo que ser testigo de cada paso en el camino a la locura que siguieron sus familiares y amigos en su inútil búsqueda. Volantes, paseos por la ciudad, llamadas a todos los hospitales; hasta él tuvo el cinismo de ayudar de vez en cuando, sabiendo que no lo encontrarían.

“A veces pienso que está allá arriba todavía. A cualquier hora del día miro en esa dirección, hacia los cerros, y pienso que podría arreglarlo todo con una llamada anónima diciendo que lo busquen en el cerro más alto. Así por lo menos la familia dejaría de buscar y yo por fin resolvería esa duda infernal que me ha consumido desde entonces. Pero tengo miedo de que, ya sea que esté su cadáver o no allí, esa llamada haga de una desaparición un homicidio y las autoridades empiecen una investigación seria, la cual los llevaría a mí y ultimadamente tendría que decirles todo lo que vi y lo que hice (o no hice).

Cerrosdenoche
“Esos cerros van a ser mi tormento, mi suplicio, hasta la eternidad. Por mí, Samuel lleva pudriéndose en una grieta seis años y ahí se va a quedar por otros cien. No pude salvarlo, no puedo decirle a nadie dónde está, no puedo ir a buscarlo yo… No puedo hacer nada más que seguir viviendo y seguir tratando en balde de olvidar”.

Entonces, con todos nosotros en silencio, bebió.