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Las habitaciones cerradas, las ventanas dejando entrar un aire frió al interior del que una vez fue un hogar roto y que ahora solo mantiene a un único habitante en su interior, o eso pensábamos todos.

Tony es un pequeño chico de 7 años, creía haber vivido muchas cosas duras en su vida, la separación de sus padres, el aborto que hizo su hermana al darse cuenta que tendría una boca que alimentar y que le robaría sus años de libertad y juventud, su madre sufriendo en silencio el abandono de su marido, la voz que se escuchaba siempre en su cabeza cuando su casa se encontraba completamente sola, pero nada de eso se compara a lo que el mismo estaba provocando.

Sufrir en silencio es una habilidad que muchos niños tienen al vivir en un hogar sin amor, pero Tony no era como otros chicos, pues él tenía una voz que lo escuchaba y que de alguna forma se sentía triste al escuchar al inocente niño contar todas sus sufridas experiencias.

“siempre te escuchare Tony”

“no quiero estar solo”.

Tony volvía de su escuela, a veces con moretones en su rostro, otras veces con heridas en las piernas, pero siempre fingiendo una sonrisa frente a su madre.

Llorar sobre su almohada, sin nadie que lo escuche, pues su extraño amigo no se presentaría si la casa estaba habitada por la decadente familia.

Cada día era una imagen inalterable del día anterior, un niño llegando a casa con moretones esperando el momento para llorar en su habitación,una mujer preparando las cena con las mangas sobre sus manos para no dejar ver a sus hijos los fallidos intentos por abandonarlos, una mujer joven hablando con sus amigos por su móvil.

En la noche los eventos seguían su marcha para casi todos los miembros de la casa, excepto para Tony, quien invitaba a su hogar al único ser que escuchaba sus problemas.

La conversación del niño con su amigo tomo un giro pues ahora es su visitante nocturno quien tomó la palabra esa noche y quien le propuso a Tony una solución para no estar solo.

“¿quieres que siempre te escuche?”

Tony no soportaba más los abusos, no le importaba su madre quien vivía tratando de morir, no le importaba su hermana quien nunca le prestaba atención a su vida, no le importaba sus compañeros quienes siempre buscaban más formas para hacerlo sufrir en vida.

“si”

Las habitaciones cerradas, las ventanas dejando entrar un aire frío al interior del que una vez fue un hogar roto, una mujer de piel gris con las mejillas moradas con sus pies sin tocar el suelo, una joven con el cuello completamente rojo sosteniendo una mirada perdida al cielo.

“ahora siempre te escuchare”.