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Ya son las diez menos cuarto de la noche y ese hombre no viene. Seguramente esté de copas con sus amigos o con alguna prostituta fea. Me da igual lo que haga, ya que pronto nos divorciaremos, pero como vive aún conmigo y con sus hijos, debería volver ya. De todas formas voy a hacer la cena; mis hijos la han esperado hace mucho. La mesa estaba puesta y con la comida servida.

Llamé a mis hijos que vinieron y se sentaron, listos para comer. Desde hace tres días no han dejado de tener sus caras muy pálidas.

Soy tonta. Me había olvidado que mi marido ya estaba en casa y como siempre esté en ese sofá viendo la televisión. Lo que me resulta curioso es que lleva ahí tres días sin levantarse para ni quiera comer o hacer algo. Cogí comida y se la llevé al sofá. Él por su parte no dijo nada; él siguió con esa cara pálida, con ojeras de no dormir y hambriento. Este extraño comportamiento quizá tenga que ver con lo que le dije hace tres días.

No comió nada de lo que le di, todo por culpa de esa cosa que tenía tapándole la boca. Les dije a mis hijos, cuando terminaron de comer, que se fueran a acostar. También se lo dije a mi marido, pero éste no hizo nada.

Por la noche me despertó un ruido. Eran pisadas. Por si las moscas, cogí un cuchillo que siempre tenía a mano. El ruido era provocado por las escaleras que mi hijo estaba bajando. Yo le seguí con sigilo y sin soltar el cuchillo, a ver qué iba hacer. Mi hijo se arrodilló y le empezó a quitar unas cuerdas a su padre que le ataban los pies y manos. Yo me fui acercando a él y le dije cariñosamente al oído "¿Te ayudo?"

Ike Romanof 08:13 5 oct 2017 (UTC)