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Dicen que, por las noches, cuando dormimos, todos tenemos un ángel de la guarda. Un ángel que permanece inmóvil, en nuestra habitación, asegurándose de que nuestros sueños sean placenteros. Un ángel invisible que vigila que no nos ocurra nada malo, ya que en la profundidad de nuestro coma somos incapaces de cuidar de nosotros mismos.

Y dicen también, que más de una y de dos personas, en la oscuridad de la noche, han podido contemplar la silueta de ese ángel por un momento mientras yacían insomnes en la cama. Avistamiento que al parecer solo dura escasos segundos, pues poco después de que los ojos perciban la figura y antes de que el cerebro pueda analizarla, el individuo cae en un profundo y feliz sueño del que no despertará hasta el nuevo día.

Tomas había leído bastante acerca de estas historias. Todas las versiones eran tan inquietantes y parecidas entre sí…

Era un chico religioso, siempre decía sus oraciones antes de comer y en todo caso en la iglesia, en algunos momentos se sintió observado por ese supuesto "ángel", pero nunca pensó que le pasaría lo que estoy a punto de relatarte.

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Había pasado noches enteras en vela, intentando todo lo posible para lograr tener aquella experiencia. Se hacía el dormido durante horas, mirando por el rabillo del ojo. Ponía la alarma cada cinco minutos esperando despertar y encontrarle allí, como si de un niño esperando a los reyes magos se tratase.

Un día cualquiera, sin haberlo buscado, llegó su momento de suerte. El reloj de la mesilla de Tomas marcaba las 04:00 a.m. Se había acostado a la hora bruja, llevaba cuatro horas justas en la cama dándole vueltas a varios problemas que tenía por resolver y no era capaz de conciliar el sueño.

Entonces lo vio.

Allí, delante de él, se alzaba una delgada y majestuosa figura.

Su mente lo había imaginado de otra manera, con una túnica blanca, la cara al descubierto y las dos manos libres. Sin embargo, era imposible apreciar la cara de su ángel, pues llevaba una capucha que, junto con la oscuridad de la habitación, hacía inapreciable cualquier rasgo facial. Además, parecía sostener algo en su mano derecha, y la manga izquierda le cubría el brazo entero.

Notó algo diferente con respecto a las historias contadas por los otros afortunados… Su cerebro trabajaba a mil por hora, y en los tres segundos que duró la visión le dio tiempo a comprender que, aunque jamás iba a descansar mejor que aquella noche, aquel no era su ángel de la guarda.

Con esta última conclusión Tomas se durmió. Y no volvió a despertar, nunca más.