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Ten cuidado con lo que deseas... Perla, angustiada por la conducta de su padre, miró atónita cómo su ángel comenzaba a moverse de la piedra donde estaba empotrado. Una leve pero macabra luz verde salió de sus ojos y pareció sonreírle siniestramente, mientras la desesperada joven trataba de huir sin conseguirlo.

- Sólo fue un sueño hija, duerme nuevamente - dijo doña Aurora a Perla, quien impaciente contó lo ocurrido.

- Tengo que ver la figura - añadió ella mientras salía al patio de la vencindad, ubicada en la colonia San Rafael, en el Distrito Federal.

Inmóvil, lindo y tallado en fino mármol, el ángel seguía en su lugar. El fresco de la madrugada la invitó a implorar nuevamente el deseo que por años nadie le había concedido.

- Ángel de la guarda, - suplicó la joven con un amargo llanto - ayúdame a que mi padre ya no nos maltrate; haz que nunca vuelva...

A lo lejos escuchó el prolongado aullido de un perro, después el constante repiqueteo de las campanas de la iglesia anunciando que Manuel, su padre, estaba por llegar.

- ¡Carajo!, - explotó aventando los platos - al piso en esta casa sólo hay frijoles, mejor me quedo con mis compas en la calle...

- No seas exigente Manuel, - suplicó la acabada mujer mientras tomaba su mano - hace mucho que no me das gasto, esto fue lo que comimos todos.

- ¡Ya me vas a echar en cara que no te doy dinero! - Agredió tratando de justificar su irresponsabilidad - ¿Cómo quieres dinero si nadie me da trabajo?

Aventando a la mujer fue al bote de galletas, lugar donde guardaba su esposa el poco dinero que obtenía lavando y planchando ajeno durante jornadas de trabajo. Sacó los billetes, maldijo y azotó la puerta para irse con sus amigos a beber.

Mientras tanto, ella quedó llorando sin fuerzas para seguir peleando con el padre de sus hijos, quien desde hace un par de años había caído en el alcoholismo y lejos de ayudar con los gastos de la casa, despilfarraba los raquíticos ingresos de la humilde familia.

- Tú tienes la culpa, - exclamó Perla al ver a su progenitora desecha en un amargo llanto - no sé por qué le aguantas tantas cosas, deberías llamar a una patrulla.

- No digas esas cosas, - respondió la mujer sin atreverse a mirarla a los ojos - es tu padre y debemos ayudarlo.

- Pero en vez de darte, te quita. - Agregó molesta - Se va a gastar ese dinero en alcohol.

Para no prolongar la discusión, la chica decidió regresar a su camastro y tratar de dormir.

- Ángel de la guarda, - dijo con enormes lágrimas escurriendo por sus mejillas - ayúdanos por favor, yo no le deseo mal a mi padre, pero si es posible que ya no regrese a la casa.

Desde que era muy niña, doña Aurora le enseñó a su hija que esa figura de mármol, era su ángel guardian, el encargado de ayudarla en sus problemas, motivo por el cual siempre le tuvo mucha fe y en las veces de desesperanza, oraba esperando su respuesta.

- Mi máma está muy acabada, - exclamó con enorme sentimiento - tengo miedo de que se vaya a morir.

A pesar de que en tantos años ese frío ángel no le había concedido lo que ella ansiaba, sentía que la miraba, la entendía y la acompañaba. Cuando nacieron sus hermanos pensó en que serían como el ángel clavado en las alturas: niños felices, gorditos y llenos de vida; empero terminaron en un par de infantes flacos, con ropas viejas y rotas.

- Ya viene otra vez, - pensó mientras se escondía entre las sábanas gastadas, escuchando las campanadas - ahora no me voy a dejar.

Como era costumbre, Manuel llegó borracho, de mal humor, con ganas de sacar su frustración con la pobre mujer.

- ¡A mi mamá ya no le pegas, - intervino al ver que el desquiciado sujeto arremetía a golpes por no encontrar el dinero para seguir embruteciéndose - si quieres hacerlo, golpeáme a mí! ¡No permitiré nunca más que nos maltrates!

- Mira nomás, - escupió al ver la reacción de su hija - esta maldita chamaca tiene la desfatachez de gritarle a su padre.

- No te metas hija - alcanzó a decir la mujer mientras recibía puñetazos y reproches - no le digas nada, es tu padre y puedes condenarte.

Los gritos de los niños aterrados no fueron capaces de impedir que el endiablado sujeto golpeara sin piedad a doña Aurora, quien, débil y casi inconsciente, no pudo defenderse. En un intento por detener la golpiza, Perla intervino recibiendo la furia de su progenitor.

Noches más adelante, a pesar de que no escuchó los lamentos de ese perro, un extraño escalofrío cubrió su cuerpo y una ansiedad la puso en alerta.

- ¡Doña Aurora!, - gritaron desde afuera, dando fuertes golpes a la delgada lámina de la puerta - ¡Venga pronto, es urgente!

La madre salió angustiada al llamado. Perla apenas se pudo vestir; no le fue díficil encontrar a su madre. A media cuadra, justo donde oraba a su ángel de la guarda, un tumulto de gente era iluminada por la luz de la torreta de una ambulancia. Su sorpresa fue mayúscula al descubrir que la figura del ángel había caído sobre la cabeza de su padre. Él yacía sin vida, en medio de un enorme charco de sangre. La sonrisa y la mirada perversa de la pesada estatua seguía a Perla, invitándola a permanecer en silencio.

La petición de Perla le fue concedida, pero ahora carga con la muerte se su padre de quien teme pueda aparecérsele...