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«Por la ciudad en ruinas todo invita al olvido, los viejos portalones, la gran plaza desierta y el templo abandonado... La ciudad se ha dormido.»

~ Abraham Valdelomar


Todo nuevo comienzo es bien aceptado, esa realidad no era para Leand. A esta pequeña niña le arruinaron la vida cuando desarrollo un tic nervioso. Hablar con ella equivalía a convertirse en un “payaso”, sufriendo así de una fobia social.

Leand se despertó temprano, como siempre fue al colegio. Para ella era raro dejar su viejo colegio, irse de su país, dejar todo atrás. Sonó el timbre y entró a su clase. Era nueva, algunas chicas se le acercaron, amigables, para conocerla, pero nadie se había enterado de su problema.

“Soy Andrea”. Se volvió para ver a la alta chica. “Un gusto”.

Evitando contestarle, avergonzada, se sentó viendo de reojo cómo las chicas se miraban entre ellas.

“Bueno chicos, soy Joanet, su profesora de lenguaje”. Vio a Leand, y con buenas intenciones, sonriendo dijo: “Veo que hay alumnos nuevos, Leand ¿Podrías presentarte a tus compañeros?”

Lean intento presentarse. Los susurros la pusieron nerviosa, por lo que se negó a seguir, quizá exagerando un poco. Pudo ver la angustia en su profesora. Y escuchar los susurros.

Por suerte las horas pasaban rápido para ella, aunque la llegada a su casa nunca mejoraba los hechos.

Llegó tarde, su madre preparaba la cena y su padre trabajaba. Subió a su cuarto sin saludar. Su madre se preocupaba por ella, pero sabía que hablar con Leand no era la mejor opción.

Leand, aunque apenada, decidió comunicarse con Andrea.

Pasaron los días hasta que un día le tocó a ella leer una poesía.

El plan de las chicas era simple. Leand movería los labios mientras Andrea ”imitaba” la voz de Leand. Los alumnos y la maestra escuchaban atentamente a la chica. Entre la emoción del momento, Leand alzó la voz, dejando en evidencia el engaño.

Citaron a los padres de las chicas. No tardó mucho en correrse el rumor y la primicia de que Leand poseía un tic.

Leand de alguna forma estaba feliz. Terminó cambiando horarios estudiando en casa mientras a su vez desarrollaba su hobby favorito: experimentar.

Empezó con dos ratas. Apretó el estomago de una con un libro y vio como la otra hacía lo imposible tratando de sacarla de ahí: roer el libro, empujar, halar a la otra rata. Ella liberó a la rata, y su reflejo fue volver a la madriguera.

Otro, fue el de espiar a un perro durante su camino a casa. Al sentirse vigilado, notó cómo este apresuró el paso. Intentó atraparlo deduciendo que la forma menos esperada era usando una soga para jalarle los pies.

Le dio un premio al perro y, después de “advertirle”, no volvió a verlo cruzar solo cerca de su casa.

Y fue de esta manera como procedió el tiempo. Entre todos los experimentos y comparando sus reacciones con las de los humanos, comprendió la forma de comportamiento natural de todo. La niña prodigio llegó a gran escala, descubriendo otro sendero: la mente humana.

Eligió al mejor sujeto de prueba que había: Andrea.

Comenzó con los mismos experimentos: hacer caer a su madre con el refrigerador encima de ella, seguirla hasta su casa, vigilarla mientras tomaba apuntes. Sin embargo, había algo que siempre invadía su mente, y, mientras la espiaba, supo que era su oportunidad de “ayudar” al mundo: curar el tartamudeo.

A pesar de ser algo comúnmente de desarrollo, para curar la tartamudez primero debía inducirla, ya que Andrea no la tenía. Sería algo difícil inducir una tartamudez psicógena. A menos claro, que investigara a fondo a Andrea.

La siguió a su casa a altas horas de la noche. Dejó que Andrea viera su sombra, cuando se disponía a correr la soga sin mayor esfuerzo se enredo en sus pies, y el impacto contra el suelo la dejó inconsciente.

Empezó por la inanición. La sometió una semana sin comer para luego darle alimentos horribles y haciéndola consciente del paradero de los alimentos. A pesar de que esto causó perturbación en la chica, no le causo el tartamudeo. Falló.

La terapia electroconvulsiva fue la segunda prueba. Puesto que no tenía el aparato, tomó el cargador del auto, lo conectó a la corriente, y admiró el cuerpo moviéndose sin voluntad propia, simplemente con la estimulación de la electricidad en los músculos, o mejor dicho, el cuerpo.

Fallo. Aunque esta vez tendría utilidad en el caso de curar una paraplejia.

Imágenes de torturas, gritos, muerte. Al igual que la primera prueba, solo fue perturbación, pero sería de utilidad en el ejercito, de esta forma crearían soldados frívolos listos para todo.

Pasó una semana con los experimentos erróneos. Pero, todos estos tuvieron un “avance”. Andrea dejó de hablar, justo como Leand lo había hecho. Ahora solo faltaba hacerla hablar, para comprobar si de verdad había desarrollado tartamudeo.

Secuestró a la madre de la chica. Pero lo único que hizo fue que Andrea colapsara y su madre tartamudeara falsamente.

En la desesperación de esa mente brillante de Leand, saco toda la sangre que pudo de Andrea e hizo una auto-transfusión de sangre.

Y la que pudo haber usado su inteligencia para bien, solamente se pudrió en locura.