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Eras una abejita, te llamaban avecita, volabas junto a mí, juntos recorríamos esas imaginaciones de luchar en batallas y guerras, fingir un apocalipsis zombie, fingir que somos músicos compositores tocando música de títeres, qué genial que eras.

Jamás olvidaré tus palabras -nunca hay mayor existencia que el dormir solo y ser uno solo- me aclamaste hasta el último día que te mataron, dejaste de existir, dejaste de acompañarme, aunque no del todo a pesar de todo me das buenos consejos estando como esa voz espiritual.

Solo escucho tu espíritu nadando sobre mis ideas, cuando me enseñaste a matar me sentía muy completo, destruir cada persona, crear pesadillas, con cuchillos y el agua limpiar la ciudad, destilar, decantar y filtrar, cuánta sangre he visto caer, mientras escucho tu voz -que cada loca promiscua cumpla con su castigo- nada es amor aquí, cada sangre le sirvo al cielo para que la evapore y se alimente, qué hermosa que eres mi sangre, te tengo a ti tan viva y pura.

Odios y odios me han perseguido, quizá tu voz me impulsa a no enloquecer, solo castigar a quien se ha comido a todo el mundo, cada noche es solo cuestión de aplastar su sangre y que explote, que busque algo más puro en el cielo, mientras yo al día siguiente no me despierto, así me contó avecina mientras descanso, solo encontraron a lado mío venas destrozadas.

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