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Mi abuela murió en un incendio.

Los bomberos dijeron que había sido un cigarrillo. No fue una sorpresa, siempre encontrábamos a la abuela fumando en la cama. Me preocupaba siempre que un día se quedara dormida y se quemara. Y finalmente, ocurrió.

Por un lado, fue un alivio. La abuelita sufría de lo que los doctores llamaban, alteraciones. Hablaba consigo misma, discutía, incluso de forma violenta. Cuando empezó a ser físico, arañándose su propio pecho, intentando escarbar bajo su piel, me provocó una gran sensación de preocupación. Escarbaba, clavando sus uñas en su piel y gritando:

“¡Sal de ahí! ¡Te quiero fuera!”.

Pero ahora, está en paz.

Antes de su muerte, su comportamiento violento hizo que la familia se mudara. Con el tiempo tías, tíos, hijas, nietos… Dejaron de visitarla.

Excepto yo.

Fui el único que estuvo con ella hasta el final. Así que fui responsable de planificar su funeral.

Antes de morir, la abuelita escribió dos peticiones en su testamento: No quería ser incinerada, y quería que su ataúd permaneciera abierto.

La causa de la muerte hacía difícil cumplir su primer deseo, pero lo hice lo mejor que pude. El ennegrecido cuerpo de la abuelita, casi todo huesos, fue enviado a la funeraria. Me dijeron que sería difícil, pero podían arreglarla para que el ataúd estuviera abierto. Dije que sí, la abuelita lo hubiera querido así.

El día del funeral, el director de la compañía funeraria vino hacia mí, su cara mostraba preocupación.

“Necesito hablar con usted, señor.”

Apenas podía mirarme a los ojos. Fuimos a una oficina pequeña y privada y cerró la puerta.

Continuó:

“Hemos hecho todo lo posible por su abuela… Todo. Pero hay algo más…”

“¿Algo más?” Pensé en sus dientes de oro y en su cadera de titanio. Seguro que sabían dónde iban esas partes.

“Por favor, señor, sígame.”

El director me llevó hasta una sala de visitas, donde el ataúd de la abuelita estaba abierto. Desde donde yo me encontraba podía oler el hollín y la carne quemada.

“Por favor, señor. Vaya y mire por usted mismo.”

Caminé despacio al ataúd, mientras los restos de mi abuela eran más claros.

Sus hombros, su clavícula, un largo hueso de la pierna, deformado por el calor del fuego. Y luego lo vi…

Sus costillas formaba una jaula negra y hollinienta, con pedazos de carne ennegrecida fusionada con el hueso. Era como una barbacoa un día después. Agarrando la jaula de costillas, había dos pequeñas manos esqueléticas. Estaban unidas a un pequeño cuerpo de no mas de un palmo. Su columna estaba retorcida y parecía haber muerto entre dolores. Su boca abierta, con sus labios petrificados en un grito eterno.

Pobre abuelita. Sí que había alguien dentro de ella. El fuego no fue un accidente; la abuelita tuvo que quemarse a sí misma antes de que eso escapara.

Me giré hacia al director y le dije.

“Creo que será mejor cerrar el ataúd.”

Asintió.

“Excelente elección, señor.”