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Bisturi sangre

Siempre me he sentido atraída por la muerte. No lo veo como una ruptura con la vida, sino una reconciliación con el más allá. De pequeña escapaba de casa y me iba al cementerio uniéndome a los familiares de cualquier persona fallecida; mientras ellos lloraban al ver como el ataúd iba cubriéndose de tierra, yo sentía una excitación casi orgásmica al ver el féretro cubierto de arena.

Cuando terminé el bachillerato, estudié medicina y era la voluntaria que siempre se ofrecía en las disecciones de cadáveres. El suave tacto del bisturí cortando piel y músculos, me dejaba fascinada. Extraer las vísceras del fallecido y abrirlas provocaba en mi cuerpo escalofríos de placer.

Pronto me harté de aquello y aprovechando mi plaza de interina en un gran hospital, pedí turno de noche en el depósito de cadáveres. Esa noche compartía turno con el pedante de Juan, un oportunista que se creía el más guapo del mundo.

Aprovechando mis encantos naturales, no me costó nada embaucarle y entrar en el cuarto de lavandería. Una vez allí, mientras soportaba sus manos tocando mi pecho, clavé una jeringa con un fuerte narcótico en el cuello.

Al despertar estaba fuertemente amordazado y atado sobre la mesa de disección y sus ojos se abrieron con una expresión de terror al ver el afiladísimo bisturí.

-¡No te preocupes, te dolerá un poquito! -Dije mientras abría su pecho.

Un fuerte alarido se ahogó en su amordazada boca mientras rajaba su cuerpo. Su corazón latía desbocado fuera del cuerpo hasta que con un corte perfecto en la aorta, éste cesó su acelerado ritmo.

Metí su cuerpo, aún caliente, en una de las grandes bolsas que utilizábamos y arrastré su cuerpo hacia la parte posterior, donde tenía aparcado mi coche. Con las manos ensangrentadas arranqué y me dirigí rumbo al cementerio que tantas veces visitaba y donde tenía un antiguo panteón que utilizaba como para éste uso.

Un mes antes lo había limpiado y preparado para el gran momento .Todo estaba impoluto y en orden, como me gustaba que estuviera. Me duché, cambié de ropa y me preparé para mi momento de gloria.

La estancia tenía un hueco que convertí en alacena y donde se encontraban decenas de botes con formol.

Tras varias horas de arduo trabajo todo estaba organizado, cada bote con un órgano, preparado para su posterior disección.

Un fuerte viento se levantó y, la enorme puerta de mármol se cerró de golpe, al ser empujada por un árbol partido en dos.

-¡Y ahora esto!-Pensé

Estaba tan agotada que en el mismo suelo me quedé profundamente dormida. Tras más de doce horas de un dulce sueño, desperté y me dispuse a comer algo.

Abrí una lata de ensalada que acompañaba con una botella de agua, debía pensar cómo salir de allí sin levantar sospechas.

Las horas lentamente se fueron convirtiendo en días y mi angustia crecía por momentos.

Necesitaba hacer aquello otra vez mi cerebro no pensaba en otra cosa, bebí media botella de ginebra y dando un puntapié a los restos del que antes fuera mi compañero, me tumbé sobre el altar y con el afilado bisturí rajé mi pecho sintiendo una oleada de placer; mientras mi otra mano sacaba mi corazón palpitante.

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