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Mi nombre es Louis, asesiné a mi esposa e hijos por culpa de mi religión. Todas las noches escuchaba una voz que me decía que para completar mi misión que se me había encomendado para esta vida, debía sacrificar a mi esposa e hijos, después de eso el dios en el que creía me regresaría a mi familia y nos llenaría de riquezas.

La noche en que me decidí a llevar a cabo esa tarea fue la misma que me hizo tan desdichado. Mi esposa dormía, su respiración era tranquila y parecía sumergida en una profunda paz. Le corté la garganta de una tajada y abrió los ojos al instante. No podía respirar y escupía sangre. Pronto se quedó inmóvil y con el rostro desfigurado por el terror.

Me asusté, así que decidí apresurarme con mis hijos y terminar aquella agraviada tarea. Ellos ni siquiera se movieron, ni siquiera creo que se hayan enterado de lo que pasaba.

Bañado en lágrimas comencé a llamar a aquella voz, pero nunca obtuve respuesta. Le suplicaba, le imploraba que cumpliera su parte, que al fin había obtenido de mí lo que quería, pero, esa misma noche deje de escuchar a la voz de por vida.

Pasaron tres día y ya olía a muerte toda mi casa, tenía miedo.

Estaba seguro de que nunca volvería a recuperar a mi familia, y no podía enterrarlos ya que no quería dejar de verlos.

Llegue a la conclusión de que debía quitarme la vida. Sólo así pagaría lo que hice, pero para lograrlo, tuvieron que pasar unas semanas infernales.

Compré una pistola ilegalmente, sería la mejor forma. Una muerte rápida y no estaba muy seguro, pero, creía que no me dolería. Me senté en el sofá y cargue la pistola. La puse en la mesilla del centro de ésta sala una vez habitada y la vi por horas creo que hasta días. Cuando por fin la tomé me embargó de nuevo el miedo. Metí la pistola dentro de mi boca y conté hasta diez mentalmente, pero no pude jalar el gatillo. Por mi mente pasaban muchas cosas, alguna parte de mí esperaba que justo cuando fuera a jalar el proverbial gatillo escuchará aquella maldita voz y que detuviera esa agonía. Que me dijera que había sido suficiente de mi prueba, que ahora por fin recibiría mi recompensa, pero siempre que estaba a punto de jalar ese gatillo ni una voz me detenía y vacilaba en el intento.

También creía que sólo se trataba de una pesadilla y que pronto despertaría con mi esposa a mi lado y pronto llegarían mis hijos a pedir algo de comer a gritos. Descartaba esta idea al recordar las vivas imágenes de mi familia mutilada y recordar el tiempo que había pasado, el cual se me había hecho una eternidad. Pensaba en que tal vez pudiera rehacer mi vida y encontrar otra pareja y forjar de nuevo una familia, una nueva ciudad, una nueva casa, pero, de nuevo llegaban a mi mente las caras de mis hijos, de mi esposa.

Sentía el sudor frío que recorría mi rostro. Repetía la misma acción una y otra vez contaba hasta 10 pero al llegar al último dígito siempre me arrepentía de haber empezado. Me dolía el cuello de permanecer en la misma posición tanto tiempo, pero sabía que si me sacaba la pistola de la boca jamás volvería a entrar ahí y jamás me atrevería a jalar el gatillo.

Justo cuando iba a sacar la pistola de mi boca me armé de valor y jalé el gatillo, pero al vacilar en sacar la pistola, la bala no entró donde debía y me dejo con vida pero incapaz de volver a dispararme. Mis brazos no respondían, nada de mi cuerpo. Sentía el punzante dolor que me atormentaba y ni siquiera podía gritar ni moverme. No sabía cuanto tiempo estaría así y el dolor era insoportable y mi boca estaba llena de sangre.

Desperté... estaba en la misma posición que antes de jalar el gatillo, ésta vez disparé sin siquiera pensarlo, y no supe nada más. Sentía la paz que anhelaba desde hace tanto tiempo. Pero no había nada de el otro lado, sólo soledad. y falsas promesas descubiertas.