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En aquellos tiempos, el uso de espejos era prohibido, pues traía a las almas sucesos desventurados, enfermedades y otras calamidades. Nadie podía ver su rostro con claridad, ni la forma en que se veían; el único reflejo que se podía mirar era el del agua cristalina de un río adentrado en el bosque, y decían era el mismo reflejo que mostraba el alma.

La gente con sigilo se acercaba a la orilla e hincados observaban su refracción, se tocaban el rostro, tomaban agua con las manos y la dejaban caer en la piel, esa era la forma de limpiar el alma.

Dentro del bosque, aquella joven caminaba a paso rápido, era la primera vez que vería su rostro en el río, y había aguardado la ocasión hasta tener su edad, era poco agraciada. Sin embargo, emocionada, llegó a las orillas, se hincó de rodillas y observó…

Agua cristalina

De pronto, la sonrisa se borró, dando paso a una expresión desagradable. No le gustaba lo que veía, pero si el espejo no mentía, tampoco lo harían las aguas cristalinas del sagrado río. Impresionada se levantó, no quiso volver a mirar y enfadada corrió adonde la sabia del pueblo, mujer anciana, consejera y a veces hechicera. Le habló con voz fuerte:

- Mi alma es impura, la vi en el reflejo del agua.

Un susurro salió de la anciana.

- La medida de la pureza no es la belleza - contestó sin darle importancia.

La joven insistió en un ritual para sentirse bien con su reflejo. Y la anciana accedió, en aquella pocilga tomó unas plantas a medio secar y las colocó en una olla a fuego lento. María, crédula y emocionada, tomó un jarrón y vació el brebaje, seguido de eso lo bebió hasta fondo.

Ya había oscurecido, pero pensó que podía ver su nuevo reflejo, se encaminó con una antorcha que alumbraba su camino, llegó hasta el río y, con la esperanza de haberse embellecido el alma, se hincó, pero inevitablemente el mismo reflejo de su rostro la atormentó, ahora con una decepción infinita. A un costado de la pobre muchacha, había una joven, quizás de su misma edad, y tal vez sería solo lo único que tendrían en común, pues ella era hermosa, y miraba su reflejo con una sonrisa, satisfecha gustaba de la forma en que su alma se veía.

Al observar esto, le producía una ira desconsolada, un sentimiento de odio la infestaba cual virus, y soltó un manotazo al agua, lo que asustó a la joven, que luego la miro y quiso sonreírle y antes de que pudiera hacerlo María la esquivó, se levantó y fingió que se iba, pero sus verdaderas intenciones se encontraban en una malvada idea que surgió y se alimento de la envidia que se había apoderado de ella.

Tras un árbol frondoso se escondió para espiar a la joven que seguía limpiando su alma con el agua cristalina, y a cada instante que pasaba tenía pensamientos crueles y llena de ira la contemplaba.

Después la muchacha se levantó y caminó por un sendero al lado del río que María siguió precavida y en la obscuridad, después de caminar varios minutos, se hallaba una pequeña casa, la morada de la muchacha. La observó entrar y corrió de regreso.

Así cada mañana, entre el espeso bosque se ocultaba para ver a la joven, rutina que después pasaría a practicar en las tardes y noches, dándose cuenta que solo un día la joven iba a orillas del río a ver su reflejo y eso sucedía por las noches.

Esperó la próxima noche para consumar sus planes. La joven elegía la noche solitaria con solo una antorcha para darse luz, y el mejor lugar, el río que llevaba aguas cristalinas, ese maldito río que la había abrumado por mostrarle la cruel realidad de su alma.

Y, por fin, la ansiada noche había llegado. Vio salir a la joven y se dirigió al río, escondida tras el frondoso árbol, vio de nuevo la escena que era la fuente de su odio incesable. La muchacha se hincaba lentamente y asomaba al río para verse, entonces María se aproximó a ella con sigilo, tomó una piedra grande y pesada y rápidamente, de un solo movimiento, golpeó la cabeza de la joven, que cayó instantáneamente.

Impresionada miró su mano llena de sangre, el odio que la había arrojado a cometer el crimen se había difuminado, y transformado en emoción desbordante. La cogió de los pies y la arrastró a orillas del bosque; de sus ropas sacó un arma filosa hecha de piedra lijada, la volteó con esfuerzos y entre risas comenzó a cortar alrededor del rostro, para después con la misma cuchilla desprender la piel y, ya teniendo aquella mascara terrible, la sumergió en el agua cristalina que adquirió tintes rojos, y finalizó arrojando el cuerpo de la joven al cauce del río.

Alegre, llevó la máscara a su casa, donde le cosió en los costados hilos para sostenerla a su rostro. Al siguiente día salió por la noche de su casa para encontrarse con las aguas y su nuevo reflejo…

Al fin le gustaba lo que veía, sonrió y feliz gritaba de emoción que su alma estaba pura y bella. Mientras tras de ella su madre observaba confundida, pues luego de tantas ausencias, la había seguido para ver adónde se dirigía cada noche.

Volteó para encontrar a su madre y, llena de alegría, le preguntó.

- Mamá, ¿te gusta?

Después de eso sonó un fuerte grito de horror que rompió con el silencio del bosque y del río.

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