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El simple hecho de escuchar varios golpeteos al lado de mi cuarto era motivo para sentirme muy asustado. El ruido se hacia más estremecedor, cada vez más fuerte. No lograba conciliar el sueño, solo me concentraba en escuchar como si rasguñaran la pared y escuchar voces extrañas. Me levanté y asomé la cabeza por el balcón. Increíble, no veía nada, pero igual se escuchaban los sonidos.

Esa noche volví a convertirme en un sonámbulo. Seguí escuchando el extraño sonido. ¡Maldición! Fui a la cocina. Seguía escuchando las voces, como si me siguieran a mis espaldas. Me di la vuelta y nada, solo la brisa que entraba por la ventana. Me acerqué a un estante y saqué un hacha, decidido a tumbar esa pared. Así me multaran, lo haría.

Comencé con golpes suaves a ver qué tal se encontraba la madera de la pared. Se sentía frágil y muy sensible. Al lanzar el primer golpe sentí que me detenían la mano, mientras el sonido desconcertante de todos los días se hacía más fuerte, más rápido, más agudo. No soportaba tal golpeteo. Sentía que mis tímpanos se reventarían, saqué fuerzas de donde pude. Aproveché el momento exacto y lancé mi golpe; al hacerlo un grito tenebroso, muy ruidoso y escalofriante salió del pequeño agujero:

-Has firmado tu acta de defunción.

Pero yo seguía golpeando la pared. También escuchaba un llamado a mi puerta, seguro era el conserje a preguntar por qué tanto escándalo. Lo ignoré por completo, debía terminar mi trabajo, no quería vivir con tal extraño escándalo en mis horas de sueño.

Un último golpe y un gran grieta se abrió. Algo se veía luminoso, no podía creerlo, la pared era de doble protección, una pared pegada a la otra, ¿cómo no me di cuenta antes? Me acerqué poco a poco, e intenté asomarme pero preferí introducir mi mano. Un crujido, luego un desprendimiento. No supe qué pasó hasta que extraje mi mano, o mi brazo sin mano. ¡No podía ser! Habían devorado mi mano. Pegué un grito de dolor, mientras me llamaban fuera para saber qué pasaba. No podía reaccionar, veía el chorro de sangre insaciable.

Logré controlarme, correr al baño y vendar con papel higiénico mi mano. Volví a la maldita pared, al agujero por el cual tuve la desdicha de meter mi mano y perderla. Vi una pequeña luz, una mínima iluminación. No sé por qué, pero sentí una gran atracción en ver que contenía. Grave error. Al introducir mi cabeza para observarla más de cerca, escuché el grito más horrible y desgarrador en toda mi vida. Sentí mis tímpanos reventarse, desangrándome por dentro a causa de ese daño. Sentí que mi cabeza explotaría. Traté de sacarla, pero no pude, algo me atrapó. Supe que era mi fin y, de repente, esa voz susurró:

-Muerte.