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Era una noche más de la ciudad. Las luces de neón se reflejaban en los sucios charcos que empapaban de su porquería las igualmente curtidas calles; hacía bastante tiempo que no les sorprendía una lluvia y esta, aunque ácida, era una bienvenida variante de la rutina diaria.

Aún con el mal tiempo, las calles estaban repletas: prostitutas, traficantes, algún loco y demás se juntaban en las aceras como era costumbre, haciendo señas a los autos e intentando subir a ellos, cada quien para sus propios fines, y a veces abordándolos por la fuerza.

Las luces centelleaban y el ambiente estaba lleno del siempre presente aroma a marihuana, haciendo del sitio un espectáculo irreal que reflejaba el verdadero semblante citadino: un sitio de reunión de la porquería humana.

Dos hombres atravesaban silenciosamente el lugar, ignorando las ofertas y gritos en su dirección, avanzando con una rapidez inquietante y logrando, de alguna forma, esquivar la masa de cuerpos con una agilidad casi felina. No debían pasar de los treinta años: ambos estaban llenos de jovialidad, aunque el pálido color de sus rostros les daba una apariencia algo enferma.

Hablaban entre murmullos, logrando escucharse entre los gritos de la multitud de alguna manera.

- ¡Por Dios, Santiago! No puedo creer todo lo que te dicen... -exclamó uno de ellos, de rostro más joven, desgarbado aunque impecable. Hablaba con vehemencia, agitando la cabeza y sus manos fuertemente aunque sólo lograba que un mechón de cabello rojizo cubriera sus ojos por pocos segundos-. Simplemente no puedes hacerlo, eres más inteligente que eso y lo sabes. Sabes bien que te engañan; yo nunca haría nada en tu contra. Y, ¿robar? ¡Jamás! Santiago, vamos; sabes que puedes confiar en mí.

El otro, "Santiago", no daba señales de escucharlo. Continuaba a buen paso, alejándose de la multitud con rapidez. Era de la clase de hombre que podría ser atractivo de no ser por alguna cualidad identificable que arruinaba su rostro; quizás su pronunciada nariz, tal vez los pómulos altos.

Bien podían ser los labios delgados, los ojo pequeños, la frente amplia o la despeinada maraña de cabellos negro que se alzaban en su rebeldía por donde quisieran; fuese lo que fuese, lo que podría haber sido la tez de un hombre atractivo se volvía un rostro sumamente interesante, pero nada más.

Era el brillo de sus ojos, detonador de su inteligencia cruel y predadora, lo que realmente llamaba la atención y guardaba esa cara en la memoria de cualquiera.

- Santiago, Santiago... ¡Di algo, maldita sea! -el pelirrojo vociferó súbitamente, con sus manos lanzándose como serpientes a la chaqueta de cuero de su acompañante para aferrarse a ella. Este reaccionó con sobrehumana velocidad, apartando las manos del otro en un fuerte manotazo antes de tomarla por el cuello y azotarlo contra la pared del callejón vacío.

-Dime algo, Kane... ¿En verdad crees que me importa lo que dices? -le preguntó Santiago; pese a ser unos diez centímetros más bajo que su acompañante, lo sostenía con facilidad; aún así era obvio que el otro luchaba por alejar aquellas manos de su cuello.

Segundos después, Santiago lo soltó.

- Santiago... Tus fuentes me han traicionado, ¡he sido leal a ti desde el primer día! Yo no podría... -Las palabras de Kane murieron en sus labios; lo que fuera a decir había sido olvidado al ver la sonrisa de Santiago.

Una sonrisa que abarcaba casi todo su rostro, pero que no cargaba ni un rastro de humor. Chasqueando la lengua, el hombre retrocedió un poco, elevando la mirada al cielo grisáceo antes de suspirar.

- Kane, Kane, Kane... ¿Me crees estúpido?

- No, yo jamás...

- Cierra la boca-le ordenó el pelinegro antes de volver a acercarse a Kane, esta vez sujetándose por los hombros y empujándolo contra el suelo, de forma que le hizo quedar de rodillas.

En esa posición y en silencio era obvio que no se levantaría hasta que Santiago se lo permitiera.

- ¿Ves estas calles, estas paredes? Cada uno de estos ladrillos me pertenece. La ciudad es mía, con todo y sus putas, sus criminales; mía-Santiago guardó silencio por uno segundos, rodeando a Kane cual cazador que rodea a su presa antes de alimentarse-. Un joven tan inteligente como tú sabrá que utilicé otros métodos para llegar adonde estoy.

Kane asintió enérgicamente. Sabía de sobra que Santiago había utilizado la fuerza para llegar a obtener todo el poder de la ciudad, lo cual lo convertía en un enemigo aterrador.

Sabía también que Santiago lo sabía, por lo que si nerviosismo no hacía más que aumentar segundo tras segundo.

- Utilizaste la fuerza...-comentó finalmente. Santiago lo golpeó en la boca con fuerza, haciendo que Kane escupiera sangre y manchara el suelo. Sabía, sin embargo, que el pelinegro jugaba con él; bien podría haberle desprendido la mandíbula si hubiera querido.

Eso le daba esperanzas, aunque no muchas.

- Nadie te ha invitado a hablar -exclamó Santiago fríamente antes de ronreírle. Esta vez, la sonrisa reveló unos colmillos alargados; no particularmente grandes, pero claramente filosos: fáciles de ocultar pero armas después de todo-. Aunque estás en lo cierto. Sí, llegué al poder utilizando la fuerza, derrotando a seres mucho más poderosos de lo que te puedas imaginar. Seres que estando a tu lado no te hacen más que un pedazo de mierda...

Con cada palabra dicha, Santiago se acercaba a Kane un poco más, acariciando con suavidad su rostro mientras le observaba intensamente. Podía oler el miedo del pelirrojo, y eso lo excitaba.

- En esta ciudad, todo aquel que me conoce tiembla a mi paso y todo el mundo sabe que nadie, absolutamente nadie, me miente. Mucho menos aquellas personas que culpas de engañarme: mi servidores, mis leales súbditos...

Las manos se Santiago se había posado nuevamente en el cuello de Kane, aunque esta vez no ejercieron presión; simplemente parecían estar descansando. Sin embargo, Kane no se dejó engañar: buscaba una salida o una manera de distraer a Santiago y escapar, pues sabía que si lo dejaba en las manos del otro, de ahí no saldría vivo.

- Tú, en cambio, has tenido las agallas. Debo admitir que... Me sorprendió. Sabías que estabas robándome y traicionándome, y aún así te atreviste a presentarte noche tras noche ante mí, siempre a mi lado, como un fiel consejero.

Santiago sonrió con más aptitud, inclinándose sobre Kane hasta que sus rostros estuvieron a milímetros de tocarse; las manos del pelinegro presionaban con suavidad el cuello del otro, en advertencia de que no había adónde huir. 

Sin embargo, Kane no intentaba irse: estaba ya aterrado que apenas recordaba cómo respirar. Escapar estaba fuera de toda posibilidad.

- ¿Cómo...?

- ¿Cómo supe de tu traición? ¡Por favor, Kane! -Santiago estalló en una honesta carcajada, aunque el sonido no era nada reconfortante-. Llevo en este mundo siglos... ¿Crees que no he aprendido a identificar a los traidores? Lo noté casi al instante, Kane, pero decidí seguirte el juego durante un rato; después de todo no estabas haciendo verdadero daño... Pero te volviste ambicioso, y el juego dejó de agradarme.

Santiago ya no sonreía. Observaba a Kane con una expresión muerta, como si no le mirara del todo. Con una pequeña sonrisa acarició su cuello antes de suspirar, y sin que el otro pudiera hacer nada, apretar con fuerza y jalar, desprendiendo su cabeza del tronco con un sonoro y húmedo chasquido.

Santiago sujetó la cabeza del otro durante unos segundos, viendo con vago interés cómo la vida abandonaba los ojos de Kane antes de dejarle caer y levantarse de un salto, haciendo la cabeza a un lado con la punta de su bota antes de salir del callejón.

- Entonces, el juego dejó de ser divertido... O al menos para ti -comentó a nadie en particular, deteniéndose unos segundos mientras observaba la multitud perdida en drogas, sexo y alcohol antes de sonreír y avanzar hacia ellos.

Podía disfrutar de los mortales por un rato; para él, la diversión apenas comenzaba.