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"¿Sabías que muchas civilizaciones antiguas pensaban que las mujeres eran, literalmente, divinas? Diosas incluso, por su habilidad para crear vida", informé a mi paciente, Katie, mientras los sedantes iban haciendo efecto. Harían que no sintiera dolor o pudiera moverse, pero la mantendrían plenamente consciente para el procedimiento.

"La medicina occidental ha echado por tierra muchos de estos mitos. Pero mi mujer, Mary, pensaba que eran ciertos", continúe mientras realizaba un corte limpio sobre el vientre de mi paciente, "cuando quedó embarazada de nuestra hija, pensó que era una Diosa", expliqué, separando los pliegues de piel y abriendo su abdomen.

Katie me miró, confusa y drogada, mientras yo usaba mis instrumentos para apartar el estómago y exponer su útero.

"Decidimos que tendríamos un nacimiento en casa. Pero desgraciadamente dio a luz prematuramente. Dos meses antes", seguí con mi historia a la vez que terminaba de abrir el útero de mi paciente, "a pesar de todos los avances modernos, mi esposa falleció. Y mi hija, mi Julia… no estaba preparada para este mundo."

Estiré mi mano enguantada, tomando la última cosa que necesitaba para el procedimiento.

"Pero tú… tú tienes una oportunidad maravillosa. ¡Podrás terminar algo milagroso!", coloco lo que he cogido dentro del vientre de mi paciente.

Katie iba recuperando su conciencia mientras terminaba con los puntos de sutura. Pronto las incisiones se cerraron. Al dejar de hacer efectos los sedantes, entró en pánico.

"¡Shhhhh! Calma", le digo, "es algo bueno."

Veo su mirada de horror al descubrir su tripa hinchada.

"Julia tan solo necesita un poco más de tiempo. Las mujeres sois diosas. ¡Y las diosas otorgáis vida! En dos meses lo verás", exclamé.

Sonrío con calma a Katie cuando comienza a gritar y sollozar. Con el tiempo, ella lo verá.