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Empezaron hablando de películas de suspenso y siguieron con cuentos de terror. Con cada historia la reunión se volvía más interesante, ya nadie consultaba su reloj. Se hallaban en un salón vasto de rincones ensombrecidos. Algunos todavía disfrutaban el postre, mientras otros se recostaban sobre el respaldar de sus sillas, buscando con esa postura que el cinto les apretara menos. Más todos prestaban atención al narrador de turno.

Waldemar aprovechó el final de un cuento y, mirando a todos, empezó a narrar lo siguiente:

“¿Ustedes creen que necesitan ver algo realmente espantoso para asustarse? Les aseguro que no es así porque un objeto tomado por simpático en una situación cotidiana, puede volverse aterrador en otras condiciones.

Sucedió cuando estuve en la escuela militar. Estábamos en medio de un entrenamiento de supervivencia. Andábamos en un bosque que parecía interminable. Integraba un grupo de cinco. Todos sabíamos orientarnos, pero eso no evitó que nos confundiéramos, de modo que nos sorprendió la noche en medio de una fronda espesa. Decidimos acampar, pero no hallábamos un lugar propicio.

Marchábamos juntos, apuntando nuestras linternas aquí y allá, enfocando enramadas, troncos, matorrales... Cuando iluminé una cara pequeña que me miraba, mi corazón bombeó fuerte, y la impresión no disminuyó al darme cuenta de que se trataba de una muñeca. En un lugar así no te sorprende (aunque puede sobresaltarte) ver a un animal escapando, ni es raro escuchar un aleteo repentino y seco que se eleva hacia la oscuridad de pronto; pero enfocar una muñeca de golpe es bastante feo, y uno demora en entender porque no es algo que se espere en un lugar así.

Cuando les dije a mis compañeros, todos sumaron sus haces de luz y los ojos de la muñeca brillaron. Se encontraba sentada en una rama, como a tres metros de altura, ubicada de tal manera que parecía mirarnos desde allí.

-¿Quién habrá puesto esa cosa ahí? -preguntó uno de mis compañeros.

-Quién dice que la pusieron ahí -bromeó otro-. Puede ser que haya subido sola.

Nos reímos con la ocurrencia, creo que todos intentábamos disimular nuestro asombro.

Como aún estábamos desorientados, seguimos hacia adelante o hacia donde fuera; ya estábamos perdidos. El silencio dominante en las pausas que hacíamos nos indicaba que estábamos en una zona muy apartada.

Atravesamos bosque y más bosque, enramadas, arbustos, subiendo cuestas, bajando pendientes, siempre entre aquella oscuridad. De pronto, otra muñeca igual a la primera. Se encontraba en una rama más baja y tenía la cabeza ladeada hacia nosotros. Ahora no hubo bromas.

Uno de mis compañeros sacó su cuchillo y, estirando el brazo, la pinchó con él, acción que volteó a la muñeca. Quedó bocabajo en el suelo. Tuve la intención de agarrarla, pero me dio un escalofrío; los otros tampoco se atrevieron.

Nuevamente seguimos nuestra marcha. No mucho más adelante, el que estaba a mi lado se detuvo de golpe y nos hizo parar, indicando con una seña que escucháramos. Todos sentimos el ruido: eran pasos muy cortos, rápidos, y atravesaba el bosque como si ninguna enramada fuera obstáculo.

Al instante, me imaginé a la muñeca corriendo. Todos imaginaron eso, pues sin decir palabra apuramos la marcha, juntándonos más y girando cada pocos pasos para iluminar nuestra retaguardia. Lo que corría en el bosque daba un gran rodeo como si quisiera adelantársenos. Como una hora más tarde, una angustiante hora, salimos a campo abierto. No mucho después nos volvimos a orientar.

¿Qué si realmente era una muñeca embrujada? No lo sé. Tal vez fue cosa de algún loco o bromista que colocó algunas muñecas en el bosque. Los pasos bien pudieron ser de un mapache que cargaba algo con sus manos y andaba solo sobre sus patas traseras, como hacen a veces, puede ser. Pero, de todas formas, cuando el terror te muerde de nada sirve razonar."