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No puedo decirles el porqué eligió ese camino, el porqué se sentía así cada día; es como si intentase explicarles el porqué de su existencia. No pude ayudarle y debí soportar verla cometer los mismos errores una y otra vez, me siento tan culpable, tan aborrecible, tal como un ser ruin y desdichado.

Soporté verla desperdiciar sus dones, desperdicio su sonrisa, su alegría, su amor tan apegado por la vida, su inteligencia e integridad. Tuve que verla llorar y sufrir por quienes la dejaron destrozada. Vi cómo perdía su esperanza, su fe, como ocultaba sus sentimientos en lo más profundo de su frágil ser, y peor aún le vi convertirse en una mujer muy distinta de la que me había enamorado en épocas más benévolas.

Aquella joven tan dulce e incomprendida me hizo creer que el amor y la honestidad aún existen, y aún recuerdo sus palabras: “Quizás es difícil de creer que hay alguien allí afuera, pero no estás solo, siempre habrá alguien con los brazos abiertos esperando por ti”. Hizo cambiar la forma de pensar de este simple hombre solitario.

Recuerdo aquella noche, esta caía suavemente como un resplandeciente manto lúgubre, el cual era iluminado por las estrellas y en compañía de la reluciente luna le daban a la habitación un aspecto sombrío el cual era de mi agrado.

Yo me encontraba contemplando y admirando a la inspiradora luna, tenía mi mentón apoyado en mi mano derecha, inmóvil, y pensativo. He de suponer que era uno de esos tantos anocheceres en los cuales intentaba perseverante darle explicación a mis tantas preguntas que revoloteaban febriles en mi mente.

Unos gritos provenientes del pasillo hicieron que mi reflexión se desvaneciera y que mi atención solo se dedicase a oír aquellos alaridos desgarradores. Era la voz de Alma, que decía una y otra vez: -¡Llévame al lugar que tanto amo, al que me acompaña, ese lugar que amo!- repetía descontroladamente, pateando y gritando, luego añadió: -No quiero sentirme así nunca más, por favor llevadme…- su voz de repente se apagó.

Tras salir de mí habitación le encontré en el pasillo como se había hecho costumbre, le aplicaron tranquilizantes, y al verle más calmada decidí acercarme, tomé su mano y le dije: -Es difícil saber lo que piensas, que no quieres vivir más, Alma, escucha, no me gusta verte sufrir… ¿sabes? Cuando abras los ojos te darás cuenta del error que estás cometiendo. Guardó silencio y su mirada perdida aún se dirigía al piso, entre susurros me dijo en el oído: -¿Deseas… Deseas jugar a quien es más frío? ¿Qué tal si ganara yo? Lo único que conseguirías al final es despojarme de mi ternura para hacerme un ser infeliz igual que tú. Prefiero morir y sufrir como la criatura sensible que soy… Adelante, toma el poder sobre mí, ya nada importa… Aún deseo irme.

Ya avecinada la noche me iba a dormir, me recosté en la cama, pero no lograba conciliar el sueño, las horas pasaban como días enteros, y no podía sacarme la imagen de Alma, su belleza, su mirada inofensiva, sus ojos sinceros y firmes, su largo cabello… Toda ella me desconcertaba por completo, incluso el solo hecho de cruzar unas palabras con ella me dejaba totalmente desorientado.

De repente la puerta de mi habitación se abre, tras ella estaba Alma y murmuró en la oscuridad: "¿Puedo pasar?"  Recuerdo que en ese momento me sobresalte de la impresión de verle en mi cuarto, con una voz suave y benévola.

-Adelante- le contesté.  

-Ya es tarde para mi, tiene que ayudarme se lo pido- dijo con una expresión suplicante y perturbadora.

-¿Qué te sucede, Alma?

Ella caminó hacia mi cama, casi como danzando por la habitación, tomó mi mano y dijo:

-Cómo me hubiese gustado que la calidez de tu amor me rozara suavemente como el cálido viento de verano que disfrute alguna vez-esbozó una sonrisa, a pesar de que sus ojos estaban húmedos a punto de llorar-. Por favor ayúdame a regresar es lo único que pido…

“Amor”, pensé. Sabía lo que sentía por ella, sin siquiera haberme visto demostrar algún sentimiento en su presencia alguna vez… Ella realmente podía ver a través de los demás, podía “leerme” con facilidad. La mire fijamente a los ojos, no mentía, era totalmente franca, tan solo anhelaba regresar.

-En verdad te irás, ¿así nada más?- pregunte, a pesar de lo supuesta que sería su respuesta.

-Debo hacerlo. En verdad necesito descansar. 

-Entonces serás libre.

Bajamos las escaleras, me adelante para distraer a los hombres que cuidaban la puerta principal, para que Alma escapase sin problemas.

-Gracias- mascullo detrás mío. Ella lucía serena pero  u expresión tenía un toque agónico y sufrido, que me dejó preocupado, pero aún así deje que se marchase y que fuese libre. Libre de mí y de la prisión que había convertido a su hogar. Al volver a mi cuarto casi ya de madrugada, podía ver afuera la niebla, me imaginaba como la envolvió, abrazándola y dándole abrigo, protegiéndola, como yo jamás lo habría hecho… Y así pasaron los días y no se sabía nada de la joven que sería mi esposa: Alma.  Solo un comentario llegó a mi tras unos meses. “La vimos bajo el puente de la ciudad. Estaba sentada mirando el torrente del río. Solo se escuchaban susurros, creo que decía algo como: “No quiero sentirme mas así, llévame, llévame de una vez al lugar que tanto amo”.   Después de aquello no se escuchó nada más que el agudo estruendo de un disparo” 

Fue allí, bajo el puente de la ciudad en donde dibujo con sangre, es allí donde no pudo obtener suficiente, allí es donde olvidó el amor. Bajo el puente donde dejó su vida ir, donde lloró y durmió por siempre.