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1Editar

Nunca he tenido que detallar esta historia como para explicarla de comienzo a fin, pero es real y me sucedió cuando tenía apenas seis años.

Si presionas el oído contra la almohada en un cuarto callado, podrás escuchar tu propio corazón. Cuando era niño, ese latido rítmico y ahogado me sonaba como pisadas suaves en un suelo alfombrado. Casi todas las noches —momentos antes de quedarme dormido—, oía estas pisadas y era arrancado de mi estado de inconsciencia, alarmado. Viví con mi madre durante toda mi niñez en un vecindario modesto que estaba en una fase transitoria —las personas de estratos económicos más bajos se estaban mudando de forma gradual, y mi madre y yo éramos de esas personas—. Vivíamos en el tipo de hogar que verías siendo transportado en dos piezas por las carreteras interestatales, pero mi mamá lo cuidaba como era debido. Había una arboleda extensa rodeando el vecindario, en donde jugada y exploraba durante el día; pero de noche, como es común que suceda, las cosas se ven más siniestras para un niño. Aunado a la naturaleza de nuestra casa, esto generaba el espacio suficiente en mi mente para monstruos imaginarios y escenarios imposibles de escapar que consumían mis pensamientos siempre que era despertado por las pisadas.

Le conté a mi mamá de las pisadas, y ella dijo que solo estaba imaginando cosas. Persistí tanto que me roció las orejas con un gotero de cocina solo para tranquilizarme, pues creí que eso podría ayudarme. Claro, no lo hizo. A pesar de todas las inquietudes y las pisadas, lo único raro que llegó a suceder era que, de vez en cuando, me despertaba en la cama de abajo de la litera aunque me hubiese quedado dormido en la de arriba. Pero no era nada realmente extraño, porque a veces me levantaba a orinar o a traer algo de beber y me acostaba en la cama de abajo (era hijo único, no importaba). Esto sucedía una o dos veces a la semana, pero despertar en la cama de abajo no era tan aterrador.

Una noche no me desperté en la cama de abajo. Había escuchado las pisadas, pero mi sueño era demasiado profundo como para despertarme, y, cuando lo hice, no fue por el sonido de las pisadas, o una pesadilla, sino porque tenía frío. Al abrir mis ojos, vi estrellas. Estaba en el bosque. Me senté de inmediato y traté de comprender lo que estaba sucediendo. Pensé que soñaba, pero no se sentía factible, aunque lo mismo aplicaba para aparecer en el bosque. Había un flotador de piscina desinflado en frente de mí, uno de esos con forma de tiburón. Esto no hizo más que sumarse a la percepción de surrealismo, pero luego de un tiempo parecía que no iba a despertar, porque no estaba dormido. Me paré para orientarme, pero no reconocía ese bosque. Jugaba en el bosque cerca de mi casa todo el tiempo y lo conocía muy bien. Si ese no era el mismo bosque, ¿cómo iba a salir? Di un paso y sentí un dolor punzante dispararse en mi pie; tropecé de vuelta en donde estaba recostado. Había pisado una espina. Con la luz de la luna, pude ver que estaban por todas partes. Miré a mi otro pie y se encontraba bien. De hecho, toda parte de mí lo estaba. No tenía ningún rasguño en mi cuerpo ni estaba sucio en lo más mínimo. Lloré por un rato y luego me volví a poner de pie. No sabía qué dirección tomar; escogí una cualquiera. Resistí la urgencia de gritar porque no estaba seguro de si quería ser encontrado por quien —o todo aquello que— acechara en la cercanía.

Caminé por horas. Traté de caminar en línea recta, y traté corregir mi pasos siempre que tomaba desvíos, pero era un niño y tenía miedo. No había ningún aullido o gritos, y solo en una ocasión pude escuchar un ruido que me asustó. Sonó como un bebé llorando. Ahora creo que pudo ser un gato, pero me hizo entrar en pánico. Corrí, escabulléndome en distintas direcciones para evadir los arbustos frondosos o los árboles colapsados. Estaba enfocándome demasiado en el terreno, ya que mis pies estaban en mala condición para ese punto. Me enfocaba demasiado en lo que pisaba y no suficiente en la trayectoria hacia la que conducía mis pisadas. Minutos después de haber escuchado el llanto, vi algo que me atestó de una desesperación que no había experimentado hasta ese momento: el flotador de piscina.

Me encontraba a unos metros de mi punto de partida. Esto no era magia ni ningún tipo de distorsión sobrenatural del espacio; me había perdido. Poco me había planteado cómo fue que aparecí en el bosque, distrayéndome con salir de él. Pero volver al comienzo hizo que mi mente fluyera. No tenía la seguridad de que este era mi bosque, solo esperaba que fuera así. ¿Había corrido en un círculo enorme alrededor de ese lugar, o me había girado de alguna forma y comencé a ir en reversa? ¿Cómo saldría? Por esos años pensaba que la estrella norte era la estrella más brillante, así que busqué la estrella más brillante y la seguí.

Mi corazón se hundió cuando giré en la esquina de mi bloque y vi mi casa con más plenitud. Todas las luces estaban encendidas. Sabía que mi mamá estaba despierta, y sabía que tendría que explicar —o tratar de explicar— en dónde había estado. Mi recorrido descendió a un trote, el cual se revirtió a un caminado.

Vi la silueta de ella por las cortinas, y, aunque estaba preocupado sobre cómo me justificaría, eso me dejó de importar. Di unos pasos más hacia el pórtico, puse mis manos en la perilla y la torcí. Justo antes de que empujara la puerta sosteniéndome con ambas manos de la perilla, unos brazos me cogieron y me tiraron hacia atrás. Grité lo más fuerte que pude: «¡MAMÁ! ¡AYÚDAME! ¡POR FAVOR, MAMÁ!». El sentimiento de estar tan próximo a casa y luego ser arrastrado físicamente de ella me llenó de una especie de angustia que es, después de todos estos años, indescriptible.

La puerta de la que había sido retirado se abrió, y un brillo de esperanza se aceleró a mi corazón. Pero no era mi mamá, era un hombre, y era enorme. Yo tiraba patadas y apuñeteaba la barbilla de esta persona que me sostenía mientras trataba de lanzarme en dirección opuesta a la persona que acababa de salir de mi casa. Tenía miedo, pero estaba furioso. «¡Déjame ir! ¡¿En dónde está mi mamá?! ¡¿En dónde está mi mamá?! ¡¿Qué le has hecho?!». Cuando mi garganta me empezó a incomodar y estaba inhalando un nuevo aliento, me volví consciente del sonido que había estado presente por más tiempo del que había percibido: «Cariño, cálmate, por favor. Te tengo». Sonaba como mi mamá.

Los brazos disminuyeron su agarre y me dejaron en el suelo. La luz del pórtico dejó de contrastar con el hombre que venía hacia nosotros, permitiéndome notar su vestimenta: era un policía. Me di la vuelta para asignarle un rostro a la voz detrás de mí y vi que era mi madre. Todo estaba bien. Comencé a llorar, y los tres regresamos a la casa.

—Estoy tan aliviada de que estés en casa, cariño. Estaba preocupada de que nunca te vería de nuevo.

Para ese punto, ella lloraba también.

—Lo siento, no sé lo que pasó. Solo quería venir acá. Lo siento.

—Está bien. Solo no vuelvas a hacerlo. No estoy segura de si mi barbilla podrá resistirlo... —Una risa leve se coló de entre mis sollozos, y sonreí un poco.

—Bueno, perdón por haberte golpeado, ¡¿pero por qué me tenías que agarrar de esa forma?!

—Tenía miedo de que te escaparas de nuevo.

Su aclaración me confundió.

—¿A qué te refieres?

—Encontramos una nota en tu almohada —dijo, apuntando hacia un pedazo de papel que el oficial de policía me deslizó por la mesa.

Recogí la nota y la leí. Una carta de fuga. Decía que era infeliz, y que nunca quería verla a ella o a mis amigos de nuevo. El oficial intercambió unas cuantas palabras con mi mamá en el pórtico mientras yo inspeccionaba la carta. Pero incluso si a veces iba al baño por la noche y no lo recordaba, o incluso si pude haber ido al bosque por mi propia cuenta... incluso si todo eso era verdad, lo único que reflexionaba para este punto, era: «Así no es como escribo mi nombre... Yo no escribí esta carta».

2Editar

Cuando tenía cinco años, asistí a una escuela primaria que, hasta donde podía entender, estaba enfrascada en la importancia de aprender por medio de la actividad. Era parte de un programa nuevo diseñado para posibilitar que los niños se desarrollaran a su propio ritmo. Para facilitar esto, la escuela alentaba a los profesores a que confeccionaran planes de estudio inventivos. A cada profesor se le daba la libertad de crear sus propios temas, los cuales estarían en efecto por la duración del año, y todas las lecciones de las diversas asignaturas estarían diseñadas con el espíritu de este tema. Los temas recibían el nombre de «Grupos». Había cuatro grupos: Espacio, Mar, Tierra y Comunidad —el grupo en el que yo estaba—.

En los grados prescolares de este país no aprendes mucho además de cómo atar tus zapatos o cómo compartir, así que la mayoría no es memorable. Solo recuerdo dos cosas con claridad: que yo era el mejor para escribir mi nombre de manera correcta, y el Proyecto Globo, que había sido la marca distintiva del grupo Comunidad. Era una manera lista para mostrar la forma en la que una comunidad funcionaba en un nivel muy básico.

Quizá has escuchado de esta actividad. Un viernes al comienzo del año, llegamos al salón y vimos que había un globo inflado con helio atado a cada uno de nuestros escritorios. También había un marcador, un lápiz tinta, un pedazo de papel y un sobre. El proyecto consistía en escribir una nota, ponerla en el sobre y atarla al globo, sobre el cual podíamos hacer un dibujo si queríamos. La mayoría de los niños comenzaron a batallar por los globos porque querían diferentes colores, pero yo empecé con mi nota, pues había pensado mucho sobre ella.

Todas las notas tenían que adherirse a una estructura vaga, pero se nos permitía ser creativos dentro de esos límites. Mi nota decía algo como esto: «¡Hola! ¡Encontraste mi globo! ¡Mi nombre es [Nombre] y asisto a la Escuela Primaria _______________. Puedes quedarte con el globo, ¡pero espero que puedas escribirme devuelta! Me gusta Mighty Max, explorar, construir fuertes, nadar y mis amigos. ¿Qué te gusta a ti? Escríbeme pronto. ¡Aquí tienes un dólar para el correo!». En el dólar, había escrito «PARA LAS ESTAMPILLAS» a lo largo de la parte frontal. Mi mamá pensó que era innecesario, pero yo pensé que era brillante.

La maestra tomó una fotografía Polaroid de cada uno de nosotros con nuestros globos y las pusimos en nuestros respectivos sobres junto con la nota. Ella también agregó otra nota, que asumo que era para explicar la naturaleza del proyecto y el agradecimiento a cualquiera que decidiera participar en escribirnos y enviar fotos de su ciudad o vecindario. Esa era toda la idea: crear un sentido de comunidad sin tener que salir de la escuela, y establecer contacto vigilado con otras personas.

Por las siguientes dos semanas, las cartas empezaron a llegar. La mayoría vino con una fotografía de diferentes puntos de referencia, y cada vez que una carta llegaba, la maestra la fijaba en el gran mapa que utilizábamos para señalar de dónde había llegado la carta y cuánto había viajado el globo. Era una idea muy inteligente, porque en verdad ansiábamos ir a la escuela para ver si habíamos recibido nuestra carta. Durante el curso del año, apartábamos un día a la semana para escribirle a nuestro amigo por correspondencia, o para escribirle al de otro estudiante si nuestra respuesta no había llegado. La mía fue una de las últimas en llegar. Ese día, entré al salón y miré a mi escritorio, pero una vez más no vi ninguna carta esperándome. Tan pronto como me fui a sentar, la maestra se me acercó y me entregó un sobre. Debí haberme visto muy emocionado, porque cuando estaba a punto de abrirlo, ella puso su mano en la mía para detenerme y decir: «Por favor, no te pongas triste». No entendí a qué se refería; ¿por qué estaría triste ahora que mi carta había llegado? Inicialmente, me encontraba desconcertado de que ella siquiera supiera lo que había en el sobre, pero ahora sé que los maestros, obviamente, veían el contenido para asegurarse de que no hubiera nada inapropiado. Cuando abrí el sobre, supe a qué se refería.


No había ninguna carta. Lo único que tenía el sobre era una Polaroid, pero no supe discernir lo que era. Se veía como una porción de postre, pero estaba muy borrosa como para estar seguro —parecía que la cámara había sido movida mientras la fotografía se tomaba—. No tenía dirección del remitente, así que no podía escribirle incluso si hubiera querido. Me sentía descorazonado.

El año escolar transcurrió y las cartas dejaron de llegar para casi todos los estudiantes. Después de todo, solo puedes continuar una correspondencia escrita con un estudiante preescolar hasta cierto punto. Todos, conmigo incluido, habíamos perdido el interés en las cartas. Entonces recibí otro sobre.

Mi emoción se rejuveneció, y me deleité en el hecho de que me seguían enviando cartas cuando la mayoría de los demás amigos por correspondencia habían abandonado su participación. Tuvo sentido que recibiera otra entrega —no hubo nada más que una imagen borrosa en la primera, así que esto probablemente era para compensarlo—. Pero, de nuevo, no hubo ninguna carta; solo otra imagen.

Esta era un poco más distinguible, pero aún no la entendía. El ángulo de la fotografía apuntaba hasta lo más alto, atrapando la esquina superior de un edificio, y el resto de la imagen estaba distorsionaba por el fulgor del lente debido al sol.

Dado que los globos no viajaron muy lejos, y dado que todos fueron lanzados el mismo día, el mapa se había abarrotado un poco. La política para los estudiantes que aún estaban intercambiando cartas era que podían llevarse las fotografías a casa. Mi mejor amigo, Josh, tenía el segundo número más alto de fotografías llevadas a casa —su amigo por correspondencia era muy agradable y le envió fotografías desde todas partes de la ciudad vecina—. Creo que Josh se llevó cuatro fotografías a casa.

Yo me llevé casi cincuenta.

Después de un tiempo, dejamos de ver mis fotografías. Simplemente guardaba los sobres en uno de los cajones de mi habitación, donde albergaba mi colección de rocas, cartas de baseball, cartas de historietas (Marvel Metal, para quienes las recuerdan) y cascos de baseball en miniatura que conseguía de la máquina expendedora en Winn-Dixie después de las prácticas de baseball infantil.

Para Navidad de ese año, mi mamá me había dado una máquina de granizados pequeña, y Josh en verdad la había codiciado, tanto que sus padres le compraron una ligeramente mejor para su cumpleaños el día antes de Año Nuevo. El verano siguiente, tuvimos la idea de que crearíamos una tienda de granizados para hacer dinero; pensábamos que haríamos una fortuna vendiendo los granizados a un dólar. Josh vivía en un vecindario diferente, así que eventualmente decidimos que el mío sería mejor porque había muchas personas interesadas en sus céspedes. Los jardines en mi vecindario eran más grandes. Hicimos esto por cinco fines de semana consecutivos, hasta que mi mamá nos dijo que teníamos que parar.

En la quinta semana, Josh y yo estábamos contando nuestro dinero. Hicimos un total de dieciséis dólares ese día y los dividimos equitativamente. Cuando Josh me pasó mi quinto dólar, un sentimiento de sorpresa profunda me consumió. El dólar decía «PARA LAS ESTAMPILLAS».

Josh notó mi impresión y me preguntó si había contado mal. Le relaté la historia del dólar, y él hizo un comentario sobre lo genial que era. A medida que pensaba sobre ello, estuve de acuerdo. Me inundó la idea de que el dólar había vuelto a mí después de haber cambiado tantas manos.

Le dije a Josh que tenía que mostrarle algo. De vuelta en mi habitación, abrí el cajón y saqué un lote de sobres. Comencé con la primera fotografía, e inspeccionamos unas diez hasta que Josh perdió el interés y me preguntó si quería ir a jugar en la fosa (una fosa de tierra calle abajo) antes de que su mamá lo viniera a recoger, así que eso fue lo que hicimos.

Tuvimos una guerra de barro por un tiempo, pero fui interrumpido muchas veces por el crujido de los arbustos a nuestro alrededor. Había mapaches y gatos callejeros que vivían ahí, pero esto estaba haciendo un poco más de ruido, y intercambiamos teorías de lo que podría ser en un intento por asustarnos mutuamente. Mi última conjetura fue que era una momia, pero al final Josh siguió insistiendo con que era un robot por los sonidos que escuchábamos. Antes de irnos, se puso un poco serio y fijó sus ojos en los míos: «Tú también lo escuchaste, ¿no? Sonó como un robot. ¿Lo escuchaste verdad?». Lo había escuchado, y puesto que sonó mecánico, concordé en que probablemente era un robot. Es hasta ahora que entiendo qué fue lo que escuchamos.

Cuando regresamos, la mamá de Josh nos estaba esperando junto a mi mamá en la mesa de la cocina. Josh le dijo a su mamá acerca del robot; nuestras mamás rieron y Josh se fue a casa. Mi mamá y yo comimos la cena, y luego me fui a la cama.

No me quedé en la cama mucho tiempo antes de salir por debajo de las sábanas y decidir que, a raíz de los eventos del día, iba a revisar los sobres; todo el asunto me parecía mucho más llamativo ahora. Tomé el primer sobre, lo coloqué en el suelo y puse la Polaroid de postre encima. Coloqué el segundo sobre a un lado y le puse encima la Polaroid con el ángulo extraño del edificio. Hice esto con cada una de las fotografías hasta que formaron una cuadrícula de 5×10. Me habían enseñado a ser cuidadoso con aquellas cosas que estaba coleccionando, incluso si no estaba seguro de su valor.

Noté que las fotografías, gradualmente, se hicieron más discernibles. Había un árbol con un ave en él, una señal de límite de velocidad, cables eléctricos, un grupo de personas caminando en un edificio. Y luego vi algo que me irritó tan poderosamente que, mientras escribo esto, puedo recordar con precisión el sentirme mareado, solo capaz de rumiar un pensamiento insistente: «¿Por qué estoy en esta fotografía?».

En esa imagen de un grupo de personas entrando a un edificio, me vi a mí mismo sosteniendo la mano de mi mamá al final de una multitud de personas. Nos encontrábamos hasta el borde de la fotografía, pero innegablemente éramos nosotros. Y a medida que mis ojos se sumergieron en el mar de Polaroids, me sentí todavía más ansioso. Era un sentimiento bastante raro: no era miedo, era el presentimiento de que estaba en problemas. No estoy seguro de por qué fui embestido por esa sensación, pero estaba sentado ahí luchando con la noción indiscutible de que había hecho algo malo. Y solo se intensificó cuando vi las demás fotografías.

Me encontraba en todas las imágenes. Ninguna de ellas era un primer plano, ninguna de ellas eran solo de mí. Pero yo estaba en cada una de las capturas —a un costado, en el fondo, en la parte baja del marco—. Algunas solo tenían la parte más diminuta de mi rostro capturado en el borde de la fotografía, pero, en cualquier caso, estaba ahí. Siempre estaba ahí.

No sabía qué hacer. Tu mente funciona en maneras divertidas cuando eres un niño; una gran parte de mí tenía miedo de estar en problemas simplemente por estar despierto. Dado que ya tenía el sentimiento inminente de haber hecho algo malo, decidí que esperaría hasta el día siguiente.

El día siguiente, mi mamá tuvo el día libre y pasó la mayor parte de la mañana limpiando la casa. Vi caricaturas, creo, y esperé hasta que pensé que era un buen momento para mostrarle las Polaroids. Cuando ella salió a traer el correo, agarré un par de fotografías y las puse en la mesa frente a mí mientras esperaba que ella volviera a entrar. Cuando regresó, ya estaba abriendo el correo y apartó algo de correo basura. Alcé mi voz:

—Mamá, ¿puedes venir un segundo? Tengo estas fotografí...

—Un momento, cariño. Necesito marcar esto en el calendario.

Después de un minuto o dos, ella se acercó detrás de mí y me preguntó qué era lo que necesitaba. Podía oírla barajando el correo a mis espaldas, pero yo solo observaba las Polaroids y le conté sobre ellas. Conforme se lo explicaba y señalaba las fotografías, sus «ajás» frecuentes disminuyeron, y de súbito estaba completamente en silencio. El próximo sonido que escuché de ella se escuchó como si estuviera tratando de recuperar su aliento en una habitación desprovista de aire. Al menos sus jadeos trabajosos fueron dominados y simplemente botó el correo restante en la mesa, dirigiéndose al teléfono de la cocina.

—¡Mamá! ¡Lo siento, no sabía nada! ¡No te molestes conmigo!

Ella estaba caminando de adelante hacia atrás con el teléfono presionado en su oreja. Jugué nerviosamente con el correo que estaba a un lado de mis Polaroids. El primer sobre tenía algo sobresaliendo que jalé ansiosa e imprudentemente hasta que salió.

Era otra Polaroid.

Confundido, pensé que una de mis Polaroids se había colado de alguna forma cuando ella tiró el correo; pero al darle la vuelta y estudiarla, me di cuenta de que no había visto esa antes. Para mi asombro, era yo, pero esta era una captura mucho más próxima. Estaba rodeado de árboles y sonreía. Pero no era solo yo; Josh estaba ahí también. Esto era de ayer.

Empecé a gritarle a mi mamá, quien seguía discutiendo en el teléfono. Repetidamente, llamé su atención hasta que al fin me respondió con un «¡¿qué?!».

Y solo pude preguntar:

—¿A quién estás llamando?

—Estoy hablando con la policía, cariño.

—¿Pero por qué? Lo siento. No fue mi intención...

Ella me contestó con una respuesta que nunca comprendí hasta que fui forzado a revisitar estos eventos de los años más tempranos de mi vida. Agarró el sobre de la mesa y lo sostuvo a lo alto para mis ojos, pero solo pude verla a ella y observar cómo todo el color se empezaba a drenar de su rostro. Con lágrimas abultándose en sus ojos, dijo que tuvo que llamar a la policía porque el sobre no tenía ningún sello de la oficina postal.

3Editar

No fue hasta que recordé «Globos» y hablé con mi madre, que me di cuenta de cuán interconectada está la siguiente historia con todo lo demás, pero originalmente no tenía planeado compartirla. Lo que viene es una remembranza tan exacta como pude lograr.

Pasé el verano previo a mi primer año en preescolar aprendiendo a escalar árboles. Hubo un árbol de pino en particular, justo afuera de mi casa, que casi parecía haber sido diseñado para mí. Tenía ramas tan bajas que podía agarrarlas fácilmente sin un empujón, y durante los primeros dos días después de que aprendí a escalarlo, me sentaba en la rama más baja meciendo mis pies. El árbol se encontraba afuera de nuestra valla trasera y podía ser vista desde la ventana de la cocina que estaba encima del fregadero. Dentro de poco, mi mamá y yo creamos una rutina en la que yo iba a jugar en el árbol mientras ella lavaba los platos.

A medida que el verano transcurrió, mis habilidades aumentaron y, de un momento a otro, estaba escalando bastante alto. En tanto el árbol crecía, sus ramas no solo se hacían más delgadas, sino que se extendían a lo ancho, así que eventualmente llegó un punto en el que ya no podía escalar más alto y el juego tuvo que cambiar. Empecé a concentrarme en velocidad, y para el final podía alcanzar mi rama más alta en veinticinco segundos. Mi seguridad creció. Una tarde, traté de pararme en una rama antes de que hubiera agarrado firmemente la nueva. Caí desde más de cinco metros y me quebré mi brazo en dos partes. Mi mamá estaba corriendo hacia mí, gritando, y recuerdo que ella sonaba como si estuviera por debajo del agua. No puedo precisar qué fue lo que dijo, pero recuerdo haber estado absorto por lo blanco que mi hueso era.

Iba a comenzar el kínder con un yeso y ni siquiera tendría amigos que lo firmaran. Mi mamá se debió de haber sentido terrible porque, un día antes de que comenzaran mis clases, me había traído un gatito. Era solo un bebé y tenía rayas blancas y cafés. Tan pronto como lo puso en el suelo, se arrastró hacia una lata de soda vacía. Lo nombré Cajas.

Cajas solo era un gato de exteriores cuando se escapaba. Mi mamá le había quitado las garras para que no pudiera destruir los muebles, así que hicimos nuestro mejor esfuerzo por mantenerlo adentro. Se escapaba de vez en cuando, y lo encontrábamos en algún lado del patio persiguiendo un tipo de insecto o lagarto, aunque difícilmente podía atrapar alguno dado que no tenía sus garras delanteras. A pesar de que era bastante evasivo, siempre lo agarrábamos y lo llevábamos adentro. Se revolvía para ver por encima de mi hombro; yo le decía a mi mamá que hacía eso porque estaba planeando su estrategia para la próxima vez. Una vez adentro, le dábamos algo de atún, y él llegó a aprender lo que el sonido del abrelatas podría señalizar —venía corriendo siempre que lo escuchaba—.

Este condicionamiento se hizo útil más adelante. Para el final de nuestro tiempo en esa casa, Cajas se salía con mucha más frecuencia y corría debajo de la casa a un subsuelo al que ninguno de los dos queríamos seguirlo, puesto que era estrecho y probablemente estaba infestado de insectos y roedores. Ingeniosamente, mi mamá pensó en enganchar el abrelatas a un cable conector y lo deslizaba por el agujero al que Cajas se había metido. Después de un tiempo, emergía con sus maullidos ruidosos rastreando el sonido, y luego estaba horrorizado por cómo le habíamos jugado una trampa cruel —un abrelatas sin atún no tenía sentido para Cajas—.

La última vez que escapó debajo de la casa, fue de hecho nuestro último día en ella. Mi mamá había puesto la casa en el mercado y habíamos comenzado a empacar nuestras cosas. No teníamos mucho, y habíamos alargado el empaquetado por un tiempo, aunque yo ya había guardado toda mi ropa a petición de mi mamá —ella se daba cuenta de que yo estaba realmente triste por tener que mudarnos, y quería que la transición fuera de lo más fluida para mí, y supongo que tener mi ropa en cajas iba a reforzar la idea de que nos estábamos mudando—.Cuando Cajas se salió mientras subíamos algunas cosas en el camión de mudanza, mi mamá maldijo porque ya había empacado el abrelatas y no estaba segura de dónde lo colocó. Pretendí que fui a buscarlo para que no tuviera que ir debajo de la casa, y mi mamá —seguramente al tanto de mi pequeño timo— movió el tablero y se arrastró hacia el subsuelo. Regresó con Cajas bastante rápido y parecía estar muy desconcertada, lo cual me hizo sentir mucho mejor por haberlo esquivado.

Mi mamá realizó unas llamadas mientras yo estaba empacando un poco más, y luego entró a mi cuarto y me dijo que había hablado con el agente de bienes raíces, y que íbamos a empezar a mudarnos a la otra casa ese día. Ella dijo que eran noticias excelentes, pero yo había pensado que tendríamos más tiempo en la casa —en un principio, me había dicho que no nos mudaríamos hasta el final de esa semana, y apenas era miércoles—. Lo que es más, aún había unas cuantas cosas que no habíamos empacado, pero mi mamá dijo que a veces era más fácil reemplazar ciertas posesiones que acarrearlas por toda la ciudad. Ni siquiera me dio tiempo de subir el resto de mis cajas de ropa. Nos fuimos en el camión de mudanza.

Me las arreglé para mantener contacto con Josh por muchos años, lo cual fue sorprendente pues ya no asistíamos a la misma escuela. Nuestros padres no eran amigos cercanos, pero sabían que nosotros sí lo éramos, así que acomodaron nuestro deseo de vernos al llevarnos de ida y vuelta para fiestas de pijamas —a veces todos los fines de semana—. Para Navidad, nuestros padres incluso combinaron su dinero y nos compraron unos walkie-talkies muy buenos que habían sido publicitados con la capacidad de funcionar en un rango que se extendía más allá de la distancia entre nuestras casas. También tenían baterías que podían durar por días si el walkie-talkie estaba encendido pero fuera de uso. No siempre funcionaban lo suficientemente bien como para hablar a través de la ciudad, pero cuando nos quedábamos a dormir, los usábamos alrededor de la casa hablando en jerga de radio burlesca que habíamos captado de las películas. Gracias a nuestros padres, aún éramos amigos a la edad de diez años.

Un fin de semana, me estaba quedando en la casa de Josh y mi mamá me había llamado para decir buenas noches. Ella aún era muy vigilante, incluso cuando no podía vigilarme. Pero me había acostumbrado tanto que ni siquiera lo notaba, incluso si Josh lo hacía.

Mi mamá sonaba triste. Cajas había desaparecido.

Esto tuvo que haber sido un sábado por la noche, porque había pasado la noche anterior en la casa de Josh e iba a irme a casa el día siguiente. Cajas había desaparecido desde la tarde del viernes —di por sentado que ella no lo había visto desde que salió de casa para venir a dejarme—. Debió haber decidido que me contaría porque si Cajas no había regresado para cuando yo volviera a casa, me sentiría devastado no solo de su ausencia, sino de que mi mamá me lo hubiera ocultado. Me dijo que no me preocupara. «Volverá. ¡Siempre lo hace!».

Pero Cajas no volvió. Tres fines de semana después, me quedé con Josh de nuevo. Aún estaba triste por Cajas, pero mi mamá me dijo que había habido muchas ocasiones en las que las mascotas desaparecen del hogar por semanas e incluso meses, solo para regresar por su propia cuenta. Me había dicho que siempre saben en dónde está su hogar, y que siempre tratarían de regresar. Le estaba explicando esto a Josh cuando un pensamiento me golpeó con tanta fuerza que interrumpí mi propia oración para decirlo en voz alta:

—¿Qué tal si Cajas pensó en la casa equivocada?

Josh estaba confundido.

—¿Qué? Vive contigo. Él sabe en dónde está su hogar.

—Pero... creció en otro lugar, Josh. Fue criado en mi casa vieja, a unos vecindarios de distancia. Quizá todavía piensa en ese lugar como su casa, al igual que yo.