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El amor: por tantos querido y por tantos odiado. Es curioso cómo algo que te venden como inofensivo y maravilloso, puede llegar a ser fatal. Puede hacerte sentir como la persona más afortunada de este planeta, pero también puede acabar con tu vida. Ese fue mi caso.

Yo solo era una chica de 16 años, inocente e ingenua. Vivía en mi propio mundo de fantasía, donde todo era perfecto, donde nada te hacía daño. Estaba enamorada del amor, de esas mariposas en el estómago, y soñaba con poder sentirlo. Soñaba con el amor a primera vista, con el cual encontrar a mi alma gemela. Soñaba en cómo viviríamos juntos toda la vida. Eran solo sueños. Mi vida hasta entonces había sido un cuento de hadas. En mi cielo, el Sol siempre brillaba; no había rastro de nubes. En mi mundo, todo era luz, todo era color; no existía la oscuridad. Y entonces fue cuando lo conocí.

No me enamoré a primera vista como esperaba. Era mi compañero de clase por aquel entonces. Era amable, era cariñoso, era divertido. Era el chico más maravilloso del planeta… o al menos lo parecía. Cuando quise darme cuenta, ya me había enamorado.

El día en que me confesó que ese amor era mutuo, fue el mejor día de mi vida. Creía que de verdad había encontrado a mi alma gemela, el que me acompañaría durante toda la vida. Con él a mi lado los colores eran más brillantes. Cuando estaba con él, el tiempo no pasaba, era mi felicidad.

Yo le amaba, él me amaba: era todo perfecto. Me entregué a él en cuerpo y alma. Un año más tarde, yo seguía tan enamorada (o quizás más) como al principio. Pero entonces todo cambió.

Cada vez le veía menos, apenas hablábamos. Echaba de menos nuestras risas, nuestros besos; le echaba de menos. Me sentía sola. Él se volvió más frío y distante, parecía que hubiera dejado de importarle. Me invadió la tristeza mientras las nubes cubrían mi cielo. Tras unos días sin saber de él, me llamó para que nos viéramos en su casa. Fui hacía allí esperanzada, esperando encontrarlo con los brazos abiertos y con una sonrisa en el rostro, como antes.

Su aspecto me sorprendió cuando me recibió en su puerta. Físicamente era igual: la misma estatura, el mismo pelo, la misma boca… Pero al mirarle a los ojos noté algo diferente; habían perdido el brillo que los caracterizaba. Con bosqueja me invitó a entrar. No era la primera vez que entraba a su casa, había estado allí miles de veces. En cambio, aquella vez, cuando puse un pie en su interior me recorrió un escalofrío. Estaba todo en silencio, parecía abandonada. Me sentía muy incómoda allí. Bajamos al sótano para charlar un rato. Él no parecía estar muy animado, le pregunté varias veces qué le sucedía, pero siempre me cambiaba de tema. Cuando ya se hizo tarde y me preparé para irme, me pidió que me quedara con él esa noche. Me negué ya que sabía que mis padres se preocuparían y me dirigí con mis cosas hacia la puerta. No le vi coger aquel jarrón ni tampoco le escuché cuando se acercó a mi espalda. Solamente sentí un golpe sordo en mi nuca, y luego un vacío. Perdí el conocimiento.

Al volver en mí, noté un dolor agudo en la cabeza, apenas podía pensar. Cuando quise moverme, me di cuenta de que estaba inmovilizada: estaba atada a una silla en su sótano. Le vi delante de mí. Esta vez apenas le reconocí. Sus ojos estaban otra vez iluminados, pero esta vez con un brillo de maldad. Se le dibujó una sonrisa grotesca en el rostro, no era el chico dulce del que yo me enamoré.

-¡Nunca escaparás! -susurró con una voz espeluznante y el miedo me dominó. Quería escapar, quería chillar; pero sabía que eso no serviría de nada. Así que me quedé en silencio-. ¿No vas a chillar? Qué chica tan buena… Pero si no te resistes no es divertido.

Empezó a golpearme. Me dio puñetazos en la cara, acabó rompiéndome la nariz. Me pegó en el estómago haciéndome quedar sin respiración. Aun así, conseguí quedarme impasible y eso lo enfureció todavía más. Cogió mi cabello y empezó a arrancarlo a mechones. Un líquido caliente y denso me goteó la espalda y empecé a marearme. Apenas podía verle, se me nubló la vista por la pérdida de sangre y por las lágrimas. Pero seguí sin chillar. Aún le amaba, aunque me estuviera torturando y matando de esa forma. Estaba tan perdidamente enamorada que estaba decidida a darle mi vida, si él así lo deseaba.

Entonces vi brillar un objeto en la oscuridad. Enfurecido a más no poder y con el cuchillo en alto, se abalanzó sobre mí para acabar con mi vida.

-Quiero que sepas, antes de morir, que nunca te he amado. Eras solo un juguete, no fuiste nada más para mí -esas fueron las últimas palabras que logré escuchar antes de sucumbir ante esa agonía. Incluso antes de que el cuchillo penetrara en mi corazón.

Un dolor agudo travesó mi pecho. Noté cómo me desgarraba por dentro. Sentía el latido de mi corazón cómo se ralentizaba. Y con una última exhalación, se hizo el silencio en mi interior. ¡Mi corazón se partió en dos! Cuando el frío metal del arma perforó mi corazón destrozado, ya era demasiado tarde. Mi alma ya no pertenecía a mi cuerpo. ¿Cuál fue la causa de mi muerte? ¡El amor! Y es que hay dos clases de amores: los amores de cuento y los amores que matan.

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