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URBANIA, 20 de agosto de 1885.

Había ansiado, durante años y años, estar en Italia, encontrarme cara a cara con el pasado; ¿y eso era Italia? Podría haber llorado, sí, llorado, por la desilusión que sentí cuando por primera vez deambulé por Roma, con una invitación en mi bolsillo para cenar en la embajada alemana, y con tres o cuatro vándalos de Berlín y Munich pisándome los talones y diciéndome dónde podía degustar la mejor cerveza y el mejor sauerkraut, y de qué trataba el último artículo de Grimm o de Mommsem.

¿Es esto una locura? ¿Una falsedad? ¿No soy yo mismo un producto de la civilización moderna y septentrional? ¿No es debido mi viaje a Italia a ese vandalismo científico tan moderno, que me ha proporcionado una bolsa de viaje porque he escrito un libro como tantos otros atroces libros de erudición y crítica artística? Es más, ¿no estoy yo aquí en Urbania con el expreso convencimiento de que, dentro de algunos meses, podré producir otro libro similar? Os imagináis vos, vos miserable Spiridion, vos, un polaco que al crecer ha adquirido el semblante de un pedante alemán, doctor en filosofía, catedrático incluso, autor de un ensayo –premiado– sobre los déspotas del siglo XV, ¿os imagináis que con vuestras cartas ministeriales y vuestras galeradas guardadas en el bolsillo de vuestro abrigo negro, tan profesional, podréis alguna vez conducir vuestro espíritu en presencia del Pasado?

Demasiado cierto. ¡Ah! Pero olvidémoslo, por lo menos alguna vez: igual que lo he olvidado esta tarde, cuando los bueyes tiraban lentamente de mi calesa, serpenteando por valles interminables, arrastrándome por laderas interminables, con el susurrante e invisible torrente al fondo, en lontananza, y con sólo los picos grises y rojizos en derredor, escalando hasta esta ciudad de Urbania, olvidada de los hombres, cuyas torres y almenas se alzaban en la cordillera de los Apeninos. Sigillo, Penna, Fossombrone, Mercatello, Montemurlo –el nombre de cada uno de estos pueblos, tal y como lo comentó el conductor, me traía a la memoria algún gran acto de traición de días pasados.

Y cuando las enormes montañas cerraron la puesta del sol y los valles se llenaron de sombras azuladas y de niebla, sólo un girón de amenazador humo rojizo se rezagaba entre las torres y cúpulas de la ciudad en lo alto de las montañas, y el sonido de las campanas de la iglesia flotaba en el precipicio que descendía de Urbania. Casi estaba seguro de que a cada curva del camino aparecería un grupo de jinetes, con picudos yelmos y calzados claveteados, con sus armaduras y pendones centelleando a la luz del atardecer. Y entonces, y no hace de esto ni dos horas, al entrar en la ciudad con el crepúsculo, al atravesar las calles desiertas, con tan sólo una candileja humeante aquí y allá, al pasar junto a una capilla o frente a un puesto de frutas, o bien ante un fuego que encendía la negrura de una herrería: al pasar bajo las almenas y torretas del palacio... ¡Ah, eso era Italia, eso era el Pasado!

21 de agosto. ¡Y esto es el Presente! Cuatro cartas de recomendación por enviar, y una hora de conversación cortés que debo soportar con el Viceprefecto, el Síndico, el Director de Archivos, y el buen hombre a quien mi amigo Max me ha enviado para buscar alojamiento...

22–27 de agosto. He pasado la mayor parte del día en los Archivos, y la mayor parte de mi tiempo allí, aburrido hasta la inanición, con el director de los mismos, quien hoy ha disertado sobre los comentarios de Eneas Silvio durante tres cuartos de hora sin detenerse a recuperar el aliento. De este tipo de martirio (¿cuáles no serán los sentimientos de un caballo que antes ha sido de carreras a quien ahora hacen tirar de un cabriolé? Puedes entenderlos, son los de un polaco que se ha convertido en un catedrático prusiano) me escapo dando largos paseos por la ciudad. Esta urbe se compone de un puñado de casas negras apiñadas en lo alto de una elevada montaña, de callejuelas largas y estrechas que descienden por sus laderas ondulantes, como cuando nos deslizábamos por las colinas en nuestra infancia, –en la mitad de la imponente estructura de ladrillo con todas sus torres y almenas– el palacio del Duque de Otrobuono, desde cuyas ventanas se divisa el mar entre un torbellino de melancólicas montañas grises. Y luego está la gente, hombres cetrinos, de barbas cerradas, que cabalgan como bandoleros, envueltos en capas de rayas verdes sobre sus mulas cargadas a rebosar; o musculosos muchachos que vagan sin rumbo, cabizbajos, como los bravos en multicolor de los frescos de Signorelli; los hermosos donceles, como tantos jóvenes de Rafael, con ojos bovinos, y las inmensas mujeres, Madonnas o Santa Isabeles, según el caso, con las túnicas plegadas a sus tobillos y los cántaros de bronce a la cabeza, mientras suben y bajan por las empinadas cuestas. No hablo mucho con esta gente; temo que mis ilusiones se hagan añicos. En la esquina de una calle, enfrente del precioso pórtico de San Francesco de Giorgio, hay un anuncio en azul y rojo que representa a un ángel descendiendo para coronar a Elías Howe con motivo de sus máquinas segadoras; y los clérigos de la viceprefectura, que cenan en el palacio, donde yo también voy a cenar, vociferan sobre política, Minghetti, Giroli, Túnez, acorazados, etc., y cantan fragmentos de la Fille de Mme. Angot, que imagino que se ha estado representando aquí recientemente.

No; hablar con los nativos es evidentemente un experimento peligroso. Excepto, posiblemente, con mi buen patrón, el Signor Notaro Porri, quien es igual de instruido e inhala considerablemente menos rapé (o mejor dicho, se lo cepilla del abrigo más a menudo) que el Director de los Archivos. Se me ha olvidado anotar (y creo que debo señalar, en la vana creencia de que algún día estos pedazos de papel me ayudarán, como una marchita rama de olivo o una lámpara toscana de tres pabilos sobre mi mesa, a traerme a la mente, en esa odiosa Babilonia que es Berlín, estos felices días italianos), se me ha olvidado precisar que me alojo en la casa de un anticuario. Mi ventana da a la calle principal y a los soportales de la plaza del mercado donde, en medio de las marquesinas, se alza la pequeña columna que sostiene a Mercurio. Apenas si alcanzo a ver, inclinada sobre los desportillados aguamaniles y los barreños de albahaca dulce, clavos y caléndulas, una esquina de la torreta del palacio y el desdibujado azul de las colinas más lejanas. La casa, cuya parte trasera se adentra en el barranco, es un lugar extraño en todos los sentidos, con habitaciones encaladas, de paredes sobre las que lucen Rafaeles, y Francias y Peruginos, que mi patrón lleva sistemáticamente a la posada principal cuando recibe a un extraño; y lleno de viejas sillas labradas, sofás de la época del Imperio, doradas y repujadas cómodas nupciales y armarios que contienen retales antiguos de damasco y frontaleras de misa bordadas que impregnan el lugar de olor a incienso rancio y a cerrado; todo ello presidido por las tres hermanas solteras de Porri –Sora Serafina, Sora Lodovica y Sora Aldagisa– las tres Parcas personificadas, con ruecas y gatos negros incluidos.

Sor Asdrubale, como llaman a mi patrón, también es notario. Echa de menos el gobierno pontificio porque tuvo un primo que llevaba la cola a un Cardenal, y está convencido de que si, sobre una mesa para dos, se encienden dos velas fabricadas con el sebo de un hombre muerto y se realizan ciertos ritos –en torno a los cuales no se muestra demasiado explícito– se puede, en Nochebuena y otras fechas similares, convocar a San Pascual Bailón, quien escribirá los números ganadores de la lotería detrás de un plato ahumado, si previamente se le abofetean ambas mejillas y se rezan tres avemarías. La dificultad estriba en encontrar el sebo de hombre muerto para hacer las velas y también en abofetear al Santo antes de que desaparezca.

–Si no fuera por eso –dice Sor Asdrubale– el gobierno habría tenido que suprimir la lotería hace siglos, ¡eh!

9 de septiembre. Esta historia de Urbania no carece de encanto, aunque ese encanto (como de costumbre) haya sido ignorado por nuestros Dryasdusts. Incluso antes de venir aquí, me sentía atraído por la extraña figura de una mujer que aparecía en las áridas páginas de las historias de Gualterio y del Padre de Sanctis sobre este lugar. Esta mujer es Medea, hija de Galeazzo IV Malatesta, Señor de Carpi, esposa primero de Pierluigi Orsini, Duque de Stimigliano, y con posterioridad de Guidalfonso II, Duque de Urbania, predecesor del gran Duque Roberto II.

La historia y carácter de esta mujer recuerdan a los de Bianca Cappello, y también a Lucrecia Borgia. Nacida en 1556, la prometieron a la edad de doce años a un primo, un Malatesta de la familia Rímini. Como esta familia había descendido mucho en la escala social, se deshizo el compromiso, y fue prometida un año después a un miembro de la familia Pico, y casada por poderes a la edad de catorce años. Pero como esta unión no satisfacía ni sus ambiciones ni las de su padre, se declaró nulo el matrimonio por poderes –aduciendo algún que otro pretexto– y se alentaron las pretensiones del Duque de Stimigliano, un gran feudatario umbro de la familia Orsini. Mas el novio, Giovanfrancesco Pico, que estaba locamente enamorado de ella, ya que la dama era encantadora y de naturaleza sumamente afable –según reza una vieja crónica anónima– se negó a aceptar la nulidad y llevó su caso ante el Papa intentando llevarse a la novia por la fuerza. Pico aguardó emboscado la litera en la que ella se dirigía a una villa de su padre y la llevó a su castillo cerca de Mirandola, donde respetuosamente la cortejó, insistiendo en que tenía derecho a considerarla su esposa. Pero la dama escapó descolgándose hasta el foso por una cuerda hecha con jirones de sábanas, y descubrieron a Giovanfrancesco Pico apuñalado en el pecho a manos de la Madonna Medea da Carpi. Era un apuesto joven de sólo dieciocho años.

Habiéndose deshecho de los Pico, y anulado el matrimonio por el Papa, Medea da Carpi contrajo solemnemente matrimonio con el Duque de Stimigliano, y partió a vivir a sus dominios cerca de Roma.

Dos años más tarde, Pierluigi Orsini fue apuñalado por uno de sus ayudas de cámara en su castillo de Stimigliano, cerca de Orvieto; y las sospechas recayeron sobre su viuda, sobre todo cuando después del suceso, hizo que dos sirvientes mataran al asesino en sus propios aposentos; pero no antes de que hubiera declarado que ella le había inducido a asesinar a su amo prometiéndole su amor. Las cosas se pusieron tan mal para Medea da Carpi que huyó a Urbania y se arrojó a los pies del Duque Guidalfonso II, declarando que había propiciado la muerte del ayuda de cámara sólo para salvar su honor, que éste había mancillado, y que era totalmente inocente de la muerte de su esposo. La extraordinaria belleza de la Duquesa viuda de Stimigliano, que tenía tan sólo diecinueve años, trastornó completamente al Duque de Urbania. Mostró una implícita creencia de su inocencia, se negó a entregarla a los Orsini, parientes de su difunto marido, y le asignó unas magníficas estancias en el ala izquierda del palacio, entre las que se encontraba la habitación que contaba con una magnífica chimenea decorada con cupidos de mármol sobre un fondo azul. Guidalfonso se enamoró perdidamente de su hermosa huésped. El Duque, hasta entonces tímido y de carácter doméstico, empezó a ignorar públicamente a su mujer, Maddalena Varano de Camerino, con quien –a pesar de no hater tenido hijos– había tenido excelentes relaciones; no solamente rechazó con desdén las admoniciones de sus consejeros y de su señor feudal, el Papa, sino que llegó hasta el punto de tomar medidas para repudiar a su esposa, basándose en un pasado imaginario de mala conducta. La duquesa Maddalena, no pudiendo soportar este trato, se escapó al convento de las hermanas descalzas de Pesaro, donde languidecía mientras Medea da Carpi reinaba en su lugar en Urbania, sembrando la discordia entre el duque Guidalfonso y los poderosos Orsini, quienes continuaban acusándola del asesinato de Stimigliano, así como los Varano, parientes de la injuriada duquesa Maddalena: hasta que al final, en el año 1576, el Duque de Urbania, habiéndose quedado viudo de pronto, y no precisamente en circunstancias poco sospechosas, se casó públicamente con Medea da Carpi dos días después del fallecimiento de su desdichada esposa. No nació hijo alguno de esta unión; pero el duque Guidalfonso estaba tan encaprichado que la nueva Duquesa le persuadió para que nombrase heredero del Ducado (después de haber obtenido –tras muchas dificultades– el consentimiento del Papa) al niño Bartolommeo, el hijo que tuvo con Stimigliano, pero a quien los Orsini negaban como tal, aduciendo que era hijo de Giovanfrancesco Pico, con quien Medea había estado casada por poderes y a quien en defensa de su honor –según decía ella– había asesinado; esta investidura del Ducado de Urbania en un extraño y un bastardo se perpetraba a expensas de los derechos evidentes del cardenal Roberto, el hermano menor de Guidalfonso.

En mayo de 1579, el duque Guidalfonso murió repentinamente y de forma misteriosa, ya que Medea había prohibido todo acceso a sus habitaciones, no fuera que, en su lecho de muerte, se arrepintiera y restableciera a su hermano en sus derechos. La Duquesa inmediatamente hizo que su hijo, Bartolommeo Orsini, fuera proclamando Duque de Urbania, y ella misma Regenta; y, con la ayuda de dos o tres jóvenes sin escrúpulos, en especial un tal capitán Oliverotto da Narni, de quien se rumoreaba que era su amante, se hizo con las riendas del gobierno con un rigor extraordinario y terrible, enviando un ejército contra los Varano y los Orsini, quienes fueron derrotados en Sigillo, y exterminando sin piedad a cualquier persona que se atreviese a poner en duda la legalidad de la sucesión. Mientras tanto, el cardenal Roberto, que había colgado los hábitos y olvidado los votos, se dirigió a Roma, a Toscana, a Venecia –e incluso al Emperador y Rey de España– implorando ayuda contra la usurpadora. En pocos meses había logrado virar la corriente de simpatía contra la Duquesa–Regenta; el Papa declaró solemnemente ilegal la investidura de Bartolommeo Orsini, y publicó la sucesión de Roberto II, Duque de Urbania y Conde de Montemurlo; el Gran Duque de Toscana y los venecianos prometieron secretamente su ayuda, pero sólo si Roberto era capaz de hacer valer sus derechos por la fuerza. Poco a poco, una tras otra, las ciudades del ducado pasaron a manos de Roberto, y Medea da Carpi se encontró rodeada en la ciudadela montañosa de Urbania, como un escorpión se encuentra rodeado de llamas. (Este símil no es mío, sino de Rafaello Gualterio, historiador de Roberto II.) Pero, a diferencia del escorpión, Medea se negó a suicidarse. Es absolutamente maravilloso cómo, sin dinero ni aliados, pudiera, durante tanto tiempo, mantener a sus enemigos acorralados; y Gualterio lo atribuye a esa fascinación fatal que había llevado a la muerte a Pico y a Stimigliano, y que había transformado al otrora honrado Guidalfonso en un villano y que era tal que, de todos sus amantes, no había ninguno que no prefiriese morir por ella, incluso después de haber sido tratado con ingratitud y de haber sido desbancado por un rival; una habilidad que Messer Raffaello Gualterio claramente atribuía a un pacto diabólico.

Por último, el ex–cardenal Roberto venció, y en noviembre de 1579 entró de forma triunfal en Urbania. Su acceso al poder estuvo presidido por la moderación y la clemencia. Ni un solo hombre fue ajusticiado, si exceptuamos a Oliverotto da Narni, que arrojándose sobre el Duque, intentó apuñalarlo cuando descabalgó en palacio, y que murió a manos de los hombres del Duque gritando «¡Orsini, Orsini! ¡Medea, Medea! ¡Viva el duque Bartolommeo!» mientras agonizaba, aunque se dice que la duquesa le trató con ignominia. El pequeño Bartolommeo fue enviado a Roma con los Orsini; a la Duquesa se la recluyó con respeto en el ala izquierda del palacio.

Se dice que ella, altivamente, solicitó ver al nuevo Duque, pero que él sacudió la cabeza y, con sus modales clericales, citó un verso sobre Ulises y las Sirenas; y es notable que se negara firmemente a verla, llegando incluso a salir bruscamente de su aposento un día en que ella entró furtivamente allí. Al cabo de unos pocos meses, se descubrió una conspiración para asesinar al duque Roberto que, evidentemente, había sido pergeñada por Medea. Pero el joven, un tan Marcantonio Frangipani, de Roma, negó, incluso bajo las más severas torturas, que ella estuviera implicada; así que el Duque Roberto, que no quería emplear la violencia, simplemente transfirió a la Duquesa de su residencia en Sant'Elmo al convento de las Clarisas en la ciudad, donde era estrechamente custodiada y vigilada. Parecía imposible que Medea pudiese intrigar nunca más, ya que ciertamente ni veía ni era vista por nadie. Sin embargo, consiguió enviar una carta y su retrato a un tal Prinzivalle degli Ordelaffi, un joven de tan sólo diecinueve años, de la noble familia de los Romagnole, quien estaba prometido a una de las muchachas más bonitas de Urbania. Inmediatamente rompió su compromiso y, poco después, intentó matar al Duque de un tiro mientras estaba arrodillado en misa el día de Pascua de Resurrección. Esta vez el Duque estaba decidido a obtener pruebas contra Medea. Prinzivalle degli Ordelaffi fue privado de alimentos durante varios días y después sufrió las más atroces torturas, para ser finalmente condenado. Cuando iba a ser desollado con pinzas candentes y descuartizado por los caballos, le dijeron que podría obtener la gracia de una muerte inmediata si confesaba la complicidad de la Duquesa. El confesor y las monjas del convento, que estaban en el lugar de la ejecución, fuera de la Porta San Romano, presionaron a Medea para que salvara al desgraciado, cuyos gritos oía, confesando su propia culpabilidad. Medea pidió permiso para ir a un balcón donde pudiera ver a Prinzivalle y ser vista por él. Contempló la escena fríamente; entonces, arrojó su pañuelo bordado a la pobre criatura mutilada. Él pidió al verdugo que le limpiara la boca con el pañuelo y a continuación lo besó mientras gritaba que Medea era inocente. Después, tras varias horas de tormentos, expiró. Esto fue demasiado para la paciencia del duque Roberto: Dándose cuenta de que mientras Medea viviese, su propia vida estaría en perpetuo peligro, pero renuente a causar un escándalo (todavía conservaba algo de su naturaleza clerical) mandó que estrangularan a Medea en el convento y, cosa notable, insistió en que fueran mujeres –dos infanticidas a quienes conmutó la condena– las encargadas de la ejecución.

«A este clemente príncipe», escribe Don Arcangelo Zappi en la biografía del Duque publicada en 1725, «sólo se le puede acusar de un único acto de crueldad, tanto más odioso cuanto que él mismo, antes de ser liberado de sus votos por el Papa, profesó las sagradas órdenes. Se dice que cuando provocó la muerte de la infame Medea da Carpi, era tal el temor que sentía a que sus extraordinarios encantos sedujeran a cualquier hombre, que no sólo empleó mujeres como verdugos, sino que además se negó a que la asistiera ningún monje o sacerdote, forzándola a morir sin confesión y rehusándole el beneficio de cualquier penitencia que su inflexible corazón hubiera podido albergar».

Tal es la historia de Medea da Carpi, Duquesa de Stimigliano Orsini y después mujer del Duque Guidalfonso II de Urbania. Fue ajusticiada tan sólo hace doscientos noventa y siete años, en diciembre de 1582, cuando apenas tenía veintisiete. Durante su breve vida condujo a cinco de sus amantes a una muerte violenta, desde Giovanfrancesco Pico a Prinzivalle degli Ordelaffi.

20 de septiembre. Gran iluminación de la ciudad en conmemoración de la toma de Roma hace quince años. Excepto Sor Asdrubale, mi patrón, que sacude la cabeza ante los piamonteses, como les llama, los de aquí son todos Italianissimi. El Papa los mantiene muy subyugados desde que Urbania cayera en manos de la Santa Sede en 1645.

28 de septiembre. Llevo algún tiempo yendo a la caza de retratos de la duquesa Medea. La mayoría de ellos, me imagino, deben haber sido destruidos, tal vez por el temor del duque Roberto II a que, incluso después de muerta, esta terrible belleza le jugara una mala pasada. Sin embargo, he podido encontrar tres o cuatro: uno, una miniatura en los Archivos, que se dice fue la que envió al pobre Prinzivalle degli Ordelaffi para enamorarlo; un busto de mármol en el trastero de palacio; una gran representación pictórica de una escena, posiblemente de Baroccio, que muestra a Cleopatra a los pies de Augusto. Augusto es el retrato idealizado de Roberto II, con su redonda cabeza de pelo muy corto, la nariz un tanto torcida, barba recortada y la cicatriz habitual. Cleopatra, a pesar de su vestimenta oriental y de su peluca morena, me parece que quiere representar a Medea da Carpi; está arrodillada, descubriendo su pecho para recibir el golpe del vencedor, pero en realidad para cautivarlo y él se aleja con un extraño gesto de aborrecimiento. Ninguno de estos retratos parece muy bueno, excepto la miniatura. Es ésta un trabajo exquisito, y con ella y con lo que el busto sugiere, es fácil reconstruir la belleza de ese terrible ser. El tipo es ése tan admirado en el Bajo Renacimiento y, en alguna medida, inmortalizado por Jean Goujon y los franceses. El rostro es un óvalo perfecto, la frente tal vez sea un punto demasiado redonda, coronada de minúsculos rizos ensortijados, como la lana, el pelo castaño brillante; la nariz un poco en demasía aguileña, los pómulos quizá excesivamente bajos; los ojos grises, grandes, prominentes, bajo unas cejas exquisitamente curvadas y los párpados tal vez algo demasiado estirados hacia los lados; también la boca, de brillante carmesí y delicado dibujo, está un tanto comprimida, con los labios apretados sobre los dientes. La boca y los párpados estirados le confieren un extraño refinamiento y, al mismo tiempo, cierto aire de misterio, una seducción un tanto siniestra. Parecen tomar, pero no dar. La boca, con un mohín infantil, parece como si pudiera morder o succionar como una sanguijuela. La tez es deslumbradoramente blanca, con la perfecta transparencia del lirio rosáceo de las pelirrojas; la cabeza, con el cabello peinado en trenzas muy pegadas a ella y elaborados rizos, amén de adornada con perlas, se asienta como la de la antigua Aretusa sobre un largo y flexible cuello de cisne. Una curiosa belleza, a primera vista un tanto convencional, de aspecto artificial, voluptuosa pero fría, que cuanto más se contempla más turba y hechiza la mente. La dama lleva alrededor de su cuello una cadena de oro, en la que hay intercalados unos pequeños rombos, también de oro, con el lema o retruécano (la moda de los lemas franceses es corriente en esta época) «Amour Dure–Dure Amour». El mismo lema aparece en el hueco del busto y gracias a él he podido identifcar en este último el retrato de Medea. A menudo examino estos trágicos retratos, preguntándome cómo sería ese rostro que condujo a tantos hombres a la muerte, cuando, sonriendo o hablando, fascinaba a las víctimas, haciéndolas pasar del amor a la muerte –«Amour Dure–Dure Amour», como reza su lema– amor que dura, qué duro amor; sí, ciertamente, no hay más que pensar en la fidelidad y en la suerte que corrieron sus amantes.

13 de octubre. Literalmente, no he tenido tiempo de escribir una sola línea de mi diario en todos estos días. He pasado todas mis mañanas en esos archivos y las tardes paseando con este espléndido tiempo otoñal (las cimas más altas están levemente coronadas de nieve). Los atardeceres los paso escribiendo esa confusa crónica del Palacio de Urbania que el gobierno me ha encargado para mantenerme ocupado en algo inútil. De mi historia no he podido escribir todavía una palabra... Por cierto, debo anorar una curiosa circunstancia mencionada en una biografía manuscrita anónima del duque Roberto con la que me he topado hoy. Cuando este príncipe hizo que erigieran una estatua ecuestre de su persona, esculpida por Antonio Tassi, el discípulo de Gianbologna, en la plaza de la Corte, encargó en secreto que le hicieran, según refiere el anónimo manuscrito, una estatua de plata de su genio tutelar o ángel –«familiaris ejus angelus seu genius, quod a vulgo dicitur idolino»–, cuya estatua o ídolo, después de haber sido consagrada por los astrólogos –«ab astrologis quibusdam ritibus sacrato»–, fue colocada en la cavidad del pecho de la efigie esculpida por Tassi para que, tal como dice el manuscrito, su alma pudiera descansar hasta el día de la Resurrección. Este pasaje es curioso y se me antoja que un tanto enigmático; ¿cómo podía el alma del duque Roberto esperar la Resurrección de los muertos cuando, como católico que era, debería haber creído que, tan pronto como se separase ésta del cuerpo, iría al Purgatorio? ¿O se trata de alguna superstición semi–pagana del Renacimiento (ciertamente de lo más extraña en un hombre que había sido cardenal), que relacionaba el alma con un genio tutelar que podía ser obligado, mediante ciertos ritos mágicos («ab astrologis sacrato», dice el manuscrito al hablar del idolillo) a permanecer en la tierra de manera que el alma durmiera en el cuerpo hasta el día del Juicio Final? Confieso que la historia me desconcierta. Me pregunto si alguna vez existió tal ídolo, o si existe aún hoy, en el cuerpo de bronce de la efigie.

20 de octubre. Últimamente he estado viendo mucho al hijo del viceprefecto. Es un joven amable con cara de enamorado y que tiene un lánguido interés por la historia y la arqueología de Urbania, de la que no sabe nada en absoluto. Este joven, que ha vivido en Siena y Lucca antes de que ascendieran a su padre y lo trasladaran aquí, usa pantalones extremadamente largos y ajustados, que casi le imposibilitan doblar las rodillas, cuellos altos y monóculo, y unos guantes de piel de cabrito que lleva metidos en el bolsillo superior de la chaqueta. Habla de Urbania como Ovidio podría hablar del Ponto y se queja (cosa que no es de extrañar) de la barbarie de los jóvenes, los oficiales que cenan en mi pensión y aúllan y cantan como locos, y de los nobles que conducen calesas y dejan al descubierto tanta carne de la zona de la garganta como una dama en el baile. Esta persona, a menudo me entretiene con sus amores, pasados, presentes y futuros; de seguro que me cree extraño por no tener historias semejantes con que entretenerle a cambio; me señala las sirvientas y modistillas bonitas (o feas) cuando vamos por la calle, suspira profundamente o canta en falsete detrás de cada mujer joven de belleza medianamente tolerable y, finalmente, me ha llevado a casa de la dueña de su corazón, una condesa grande, de oscuro bigote, con voz de pescadero; ahí, me dice, me encontraré con lo mejor de Urbania y con algunas mujeres bonitas. ¡Ah, cielos, demasiado bonitas! Me encuentro con tres habitaciones enormes, a medio amueblar, de suelos de baldosas desnudos, lámparas de petróleo y cuadros espantosamente malos sobre paredes enteladas de azul, y, en medio de todo ello, todas las noches, una docena de damas y caballeros sentados en círculo vociferándose los unos a los otros las mismas noticias de hace un año; las damas más jóvenes, vestidas de amarillos y verdes chillones, se abanican mientras mis labios conversan, escuchando detrás de sus abanicos las dulzuras de los oficiales, con cabellos peinados como erizos. ¡Y éstas son las mujeres de las que mi amigo espera que me enamore! En vano aguardo una merienda o cena que no llega, y me voy a casa deprisa, decidido a dejar a un lado al beau monde de Urbania.

Es bastante cierto que no tengo amor, aunque mi amigo no lo crea. Cuando vine por primera vez a Italia buscaba los romances; suspiraba, como Goethe en Roma, ansiando que se abriese una ventana y por ella apareciera una criatura maravillosa, «welch mich versengend erquickt». Tal vez era porque Goethe era alemán, acostumbrado a las Fraus alemanas; pero, después de todo yo soy polaco, y estoy acostumbrado a algo muy diferente de las Fraus; en cualquier caso, a pesar de todos mis esfuerzos en Roma, Florencia y Siena, nunca pude encontrar una mujer por la que volverme loco, ni entre las damas que chapurreaban francés, ni entre las clases inferiores, tan agudas y frías como prestamistas; me aparto de la clase femenina italiana, con su voz estridence y sus chillones atavíos. De momento, estoy casado con la historia, con el Pasado, con mujeres como Lucrecia Borgia, Vittoria Accoramboni, o esa tal Medea da Carpi. Tal vez un día encuentre una gran pasión, una mujer con la que representar el papel de Don Quijote, como buen polaco que soy; una mujer de cuya zapatilla poder beber, y por cuyo placer morir; ¡pero no aquí! Pocas cosas me llaman tanto la atención como la degeneración de la mujer italiana. ¿Qué ha sido de tanta raza de Faustinas, Marozias, o Biancas Capello? ¿Dónde encontrar hoy en día (confieso que su recuerdo me atormenta) otra Medea da Carpi? Si me fuera tan sólo posible conocer a una mujer de belleza tan extremadamente distinguida, de una naturaleza tan terrible, aun sólo potencialmente, creo que podría amarla, hasta el día del Juicio Final, como cualquier Oliverotto da Narni, o Frangipani o Prinzivalle.

27 de octubre. ¡Menudos sentimientos los anteriormente expresados para un catedrático, para un humbre instruido! Yo consideraba a los jóvenes artistas romanos pueriles porque se gastaban bromas y gritaban por las calles, al volver del Café Greco o del sótano de la vía Palombella; pero, ¿no soy yo también igualmente pueril, yo, desdichado a quien llaman Hamlet y El Caballero de la Triste Figura?

5 de noviembre. No puedo liberarme del pensamiento de esta Medea da Carpi. En mis paseos, mis mañanas en los Archivos, en mis noches solitarias, me sorprendo a mí mismo pensando en esa mujer. ¿Me estaré volviendo novelista en vez de historiador? Y es que me parece que la comprendo tan bien; mucho más de lo que justifican mis hechos. Primero tenemos que dejar a un lado las modernas ideas pedantes sobre el bien y el mal. El mal y el bien en un siglo de violencia y traición no existen, y menos aún en criaturas como Medea. ¡Vaya usted a predicar sobre el bien y el mal a una tigresa! Sí, ¿acaso hay en el mundo algo más noble que esa enorme criatura, de acero cuando salta, de terciopelo cuando anda y estira su elástico cuerpo, y el pelo se le alisa, o cuando clava sus poderosas garras en su víctima?

Sí; yo puedo entender a Medea. ¡Imagínense a una mujer de belleza superlativa, de coraje y calma elevadísimos, una mujer de muchos recursos, de genio, educada por un padre que era un principillo insignificante, que conocía a Tácito y a Salustio, y las historias del gran Malatesta, de César Borgia y otros! –una mujer cuya única pasión fuera conquista y el mando– ¡imagináosla, a punto de ser desposada a un hombre del poderío del Duque de Stimigliano!, reclamada y raptada por alguien de tan poca monta como Pico, en su heredado castillo de bandolero, y teniendo que recibir el apasionado amor del tonto joven como un honor y una necesidad! La mera idea de violentar una naturaleza de esa índole es un ultraje abominable; y si Pico elige abrazar a una mujer así, arriesgándose a encontrarse con una afilada hoja de acero en sus brazos, pues bien, se lo merece. ¡Un joven cachorro –o si se prefiere, un joven héroe– que piensa que puede tratar a una mujer de ese tipo como si se tratase de cualquier mujerzuela de la plebe! Medea se casa con su Orsini. Un matrimonio –hay que señalar– entre un viejo soldado de cincuenta años y una niña de dieciséis. Reflexionad sobre lo que esto significa: significa que esta imperiosa mujer, pronto recibe el trato de cualquier otra posesión del Duque, que se le hace comprender, de forma ruda, que su obligación es dar al Duque un heredero, no consejos; que nunca debe preguntar «¿por qué esto o aquello?»; que debe hacer reverencias a todos los consejeros del Duque, a sus capitanes, a sus amantes; que, a la más mínima sospecha de rebelión, se ve sometida a sus insultos y sus golpes; a la más leve sospecha de infidelidad puede ser estrangulada o condenada a morir de hambre, o arrojada a una mazmorra. Supongamos que ella sabe que a su marido se le ha metido en la cabeza que ha mirado con demasiada intensidad a tal o cual hombre, que uno de sus lugartenientes o una de sus mujeres ha susurrado que, después de todo, el niño Bartolommeo podría lo mismo ser un Pico que un Orsini. Supongamos que ella sabe que debe atacar o ser atacada. Ella ataca primero, o busca a alguien que lo haga por ella. ¿A qué precio? El de una promesa de amor, de amor a un ayuda de cámara; ¡el hijo de un siervo! Vaya, el muy perro debe estar loco o borracho para creer que una cosa así sea posible; y esta misma creencia en algo tan monstruoso le hace acreedor de la muerte. Y luego, ¡se permite el lujo de chismorrear! Esto es mucho peor que lo de Pico. Y Medea se ve abocada a defender su honor una segunda vez. Si pudo apuñalar a Pico, ciertamente puede apuñalar a este otro individuo, o hacer que alguien lo apuñale.

Perseguida por los parientes de su marido se refugia en Urbania. El Duque, como todos los demás hombres, se enamora perdidamente de Medea y deja de lado a su mujer; incluso se puede llegar a decir que destroza el corazón de la esposa. ¿Es Medea la culpable? ¿Es culpa suya que cada piedra que cae bajo las ruedas de su carroza se haga añicos? Ciertamente que no. ¿Suponéis que una mujer como Medea pueda sentir la más mínima mala voluntad hacia la pobre y timorata duquesa Milena? ¿Cómo, si ignora su misma existencia? Suponer que Medea es una mujer cruel es tan grotesco como suponerla inmoral. Su sino es que tarde o temprano ha de triunfar sobre sus enemigos, en último caso para hacer que su victoria parezca una derrota; su mágica facultad es la de esclavizar a cuantos hombres se crucen en su camino; todos los que la ven, la aman, se convierten en sus esclavos. Y es el destino de todos sus esclavos el perecer. Sus amantes, con la excepción del duque Guidalfonso, encuentran una muerte prematura; y en esto no hay nada injusto. La posesión de una mujer como Medea es una felicidad demasiado grande para un mortal; acabaría volviéndole loco, acabaría incluso olvidando lo que le debe a ella; ningún hombre puede sobrevivir mucho tiempo si cree tener derechos sobre ella; es como una especie de sacrilegio. Y sólo la muerte, la celeridad en pagar con la muerte tal felicidad, pueden hacerle merecedor de ser su amante; tiene que estar dispuesto a amar y a sufrir y a morir. Ése es el significado de su lema «Amour Dure–Dure Amour». El amor a Medea da Carpi no puede marchitarse, pero su amante puede morir, es un amor constante y cruel.

11 de noviembre. Tenía razón, mucha razón en mi idea. He encontrado –¡qué alegría! tal era mi júbilo que he invitado al hijo del viceprefecto a una cena de cinco platos en la Trattoria La Stella d'Italia–. He encontrado en los Archivos, ignoradas por el Director, un montón de cartas, cartas del duque Roberto sobre Medea da Carpi, ¡cartas de la propia Medea! Sí, la propia caligrafía de Medea, de caracteres redondos y eruditos, llenas de abreviaturas, de aspecto algo griego, como corresponde a una princesa instruida que podía leer lo mismo a Platón que a Petrarca. Las cartas son de poca importancia, tan sólo borradores de cartas de negocios para que las copiara su secretario, de la época en que gobernaba al pobre y débil Guidalfonso. Pero son sus cartas, y puedo imaginarme casi que entre estos papeles que se caen a pedazos permanece la fragancia de los cabellos de una mujer.

Las pocas cartas del duque Roberto lo muestran bajo un nuevo prisma. Un clérigo agudo, frío, pero timorato. Tiembla ante el mero pensamiento de Medea –«la pessima Medea»– peor que su homónima de Colcos, como la llama. Su prolongada clemencia es fruto tan sólo del miedo que tiene a ponerle violentamente las manos encima. La teme como a algo sobrenatural; le hubiera gustado hacerla quemar en la hoguera. Después de carta tras carta, contándole a su amigote, el Cardenal Sanseverino de Roma, sus diversas precauciones durante toda su vida –que lleva una cota de malla debajo de su abrigo; que sólo bebe leche de una vaca ordeñada en su presencia; que sospecha de las velas de cera, por su olor peculiar; que teme salir a caballo por si alguien asusta al animal y le hacen caer para que se rompa el cuello– después de todo esto, y cuando Medea llevaba ya dos años en su tumba, le comunica a su corresponsal su temor de encontrarse con el alma de Medea después de su propia muerte y se ríe de la ingeniosa estratagema (preparada por su astrólogo y un tal Fra Gaudenzio, un capuchino), por la cual él tendrá asegurada la paz absoluta de su espíritu hasta que el alma de Medea esté finalmente «encadenada en el infierno entre los lagos de brea humeante y el hielo de Caina descrito por el bardo inmortal» –¡viejo pedante!– Aquí está la explicación de esa imagen de plata –quod vulgo dicitur idolino– que mandó soldar dentro de la efigie esculpida por Tassi. Mientras la imagen de su alma estuviera unida a la de su cuerpo, dormiría esperando el Día del Juicio Final, completamente convencido de que el alma de Medea estaría adecuadamente cubierta de pez y emplumada, mientras la suya –¡de hombre honrado!– volaría directamente al Paraíso. ¡Y pensar que hace dos meses tenía a este hombre por un héroe! ¡Ajá! Mi buen duque Roberto, ¡te desenmascararé en mi historia; y no habrá ningún tipo de idolinos de plata que te libre de que se rían de ti a carcajadas!

15 de noviembre. ¡Qué extraño! Ese idiota del hijo del Prefecto, que me ha oído hablar de Medea da Carpi cientos de veces, se ha acordado de pronto de que, cuando era un niño, en Urbania, su aya solía amenazarle con una visita de la Madonna Medea, quien cabalgaba por el cielo sobre un macho cabrío. ¡Mi duquesa Medea convertida en coco de niños traviesos!

20 de noviembre. He estado saliendo con un catedrático bávaro de historia medieval, enseñándole el país. Entre otros lugares visitamos Rocca Sant'Elmo, para ver la antigua villa de los duques de Urbania, la villa donde Medea fue confinada entre la subida al poder del duque Roberto y la conspiración de Marcantonio Frangipani, que causó su traslado al convento contiguo a la ciudad. Una larga cabalgada por lo alto de los desolados valles de los Apeninos, increíblemente desiertos ahora, con sus robledales rojizos, sus estrechos parches marchitos por la escarcha, con las postreras hojas amarillas de los álamos temblando y ondulándose azotadas por la Tramontana; las cimas de las montañas envueltas en espesas nubes; mañana, si continúa el viento, las veremos dispersarse alrededor de masas de nieve contrastadas contra el gélido cielo azul. Sant'Elmo es un caserío perdido de la cordillera de los Apeninos, donde la vegetación italiana empieza a ser sustituida por la septentrional. Se puede cabalgar millas y millas atravesando bosques de castaños de hoja caduca, con el aroma de las húmedas hojas que llenan el aire, el rugido del torrente, turbio por las lluvias otoñales, que surge entre el precipicio de más abajo; y, de pronto, los bosques de álamos deshojados son reemplazados, como en Vallonbrosa, por un cinto de coníferas densas y negruzcas, que nos llevan a un espacio abierto, a prados devastados por la escarcha, rocas de picos coronados de nieve recién caída, arriba, pero muy cerca de nosotros; y, en medio, un montículo, con un nudoso alerce a cada lado, la villa ducal de Sant'Elmo, como un cubículo de grandes piedras negras, un escudo de armas de piedra, ventanas enrejadas, y una escalinata doble en la parte delantera. Ahora está alquilada al propietario de los bosques circundantes, que la utiliza como almacén de álamos, leña y carbón de los hornos vecinos. Atamos nuestros caballos a las argollas de hierro y entramos: una anciana mujer, de cabellos desaliñados, estaba sola en la casa. La villa no es más que un refugio de caza construido por Ottobuono IV, padre de los duques Guidalfonso y Roberto, alrededor de 1530. Algunas de las estancias habían sido pintadas al fresco y revestidas de tallas de roble, pero todo esto había desaparecido. Tan sólo, en una de las habitaciones más espaciosas, seguía habiendo una gran chimenea de mármol, similar a las del palacio de Urbania, maravillosamente esculpida con cupidos sobre un fondo azul, con un encantador infante desnudo que sostenía unos jarrones a ambos lados, uno con capullos de clavero y el otro con rosas. La estancia estaba llena de gavillas de heno.

Volvimos a casa tarde, mi compañero con un humor excesivamente malo por la infructuosa expedición. Cuando nos internábamos en lo más espeso de los bosques de álamos nos vimos envueltos en una tormenta de nieve. La visión de la nieve cayendo lentamente, de la tierra y los arbustos blanqueados en derredor, me hizo sentir como si volviera a mi infancia en Posen. Cantaba y gritaba para espanto de mi compañero. Esto sería un punto en mi contra si se informara de ello en Berlín. Un historiador de veinticuatro años que grita y canta; ¡y todo esto cuando otro historiador blasfema contra la nieve y el mal estado de las carreteras! Toda la noche permanecí despierto contemplando los rescoldos de mi hogar de leña y pensando en Medea da Carpi enjaulada, en invierno, en la soledad de Sant'Elmo, con el gemido de los abetos y el rugido del torrente, mientras la nieve caía en derredor, a millas y millas de cualquier criatura humana. Se me antojaba que lo veía todo, y que yo, de alguna forma, era Marcantonio Frangipani, venido para liberarla, ¿o era tal vez Prinzivalle degli Ordelaffi? Supongo que era debido a la prolongada cabalgata, al desacostumbrado sentimiento punzante de la nieve que flotaba en el aire; o tal vez al ponche que mi catedrático insistió en que tomáramos después de la cena.

23 de noviembre. ¡Gracias a Dios, por fin se ha ido ese catedrático bávaro! Los días que pasó aquí me volvieron loco. Al hablar sobre mi trabajo, un día le conté mis puntos de vista sobre Medea da Carpi; a lo cual condescendió en responder que se trataba de los cuentos usuales debidos a la tendencia mitopoética (¡viejo idiota!) del Renacimiento; que cualquier investigación desacreditaría la mayor parte de ellas, como había desacreditado las leyendas que circulaban sobre los Borgia, etc.; que además, una mujer como la que yo había inventado era psicológica y fisiológicamente imposible. ¡Lo mismo podría decirse de catedráticos como él y de sus colegas!

24 de noviembre. No puedo sobreponerme al placer de haberme librado de ese imbécil; sentía deseos de estrangularle cada vez que hablaba de la Dama de mis Pensamientos –ya que en eso se ha convertido– Metea, ¡como el muy burro la llamaba!

30 de noviembre. Me siento muy conmovido por lo que acaba de pasar; estoy empezando a temer que el viejo pedante tenía razón al decir que era malo para mí vivir solo en un país extranjero, que me volvería morboso. Es totalmente ridículo que llegue a tal estado de excitación solamente por el descubrimiento fortuito del retrato de una mujer que lleva muerta trescientos años. Con el caso de mi tío Ladislao y de otros sospechosos de locura en la familia, realmente debería evitar el dejarme llevar por tan necia excitación.

Pero es que el incidente ha sido realmente dramático y ciertamente extraño. Podría haber jurado que conocía todos los cuadros de aquel palacio y especialmente los cuadros de Ella. De todas formas, esta mañana, cuando dejaba los Archivos, atravesé una de las muchas pequeñas estancias –gabinetes de forma irregular– que completaban los recovecos de este curioso palacio, cuyas torres se asemejan a un château francés. He debido de pasar por este gabinete antes puesto que la vista desde su ventana me resultaba totalmente familiar; especialmente la parte de torre redonda de enfrente, los cipreses del otro lado del barranco, el campanario de más allá y el horizonte del Monte Sant'Agata y el Leonesa, cubiertos de nieve, recortándose contra el cielo. Supongo que debe haber estancias gemelas y que entré en la que no debía; o tal vez habían abierto alguna contraventana o descorrido alguna cortina. Al pasar me llamó la atención el marco de un precioso espejo antiguo, incrustado en la pared marrón y amarilla. Me aproximé y, al mirar el marco, también clavé la vista, de forma mecánica, en el espejo. Me sobresalté y creo que casi dejé escapar un grito –(¡es una suerte que el catedrático de Munich no esté ya en Urbania!)–. Detrás de mi propia imagen había otra, una figura próxima a mi hombro, un rostro cercano al mío; y esa figura, ese rostro ¡eran los suyos!, ¡los de Medea da Carpi! Al punto me volví, tan blanco, creo, como el fantasma que esperaba ver. En la pared opuesta al espejo, un par de pasos detrás de mí, había un retrato. Destacándose sobre un fondo de azul duro y frío, estaba la figura de la Duquesa (pues se trataba de Medea, la Medea real, y mil veces más real, individual y poderosa que en los demás retratos) sentada y erguida en una silla de respaldo alto, sostenida, aparentemente, gracias al tieso brocado de las faldas que parecían más envaradas por los apliques de flores de plata bordadas y las hileras de perlas. El vestido, con su mezcla de plata y perlas, era de un extraño rojo mate, un siniestro color de extracto de adormidera. Por contraste, la carne de las manos alargadas y estrechas, del esbelto y delicado cuello y del rostro de frente despejada, parece nívea y dura como el alabastro. La cara es la misma de otros retratos: la misma frente redondeada, con los rizos exiguos y rojizos, como de lana; las mismas cejas de curvatura perfecta, apenas dibujadas; las mismas pestañas, tal vez demasiado pronunciadas sobre los ojos; los mismos labios, también un poco rígidos al marcar la boca; pero con una pureza de línea, un espléndido resplandor de piel y una intensidad de mirada inconmensurablemmte superiores a todos los demás retratos.

La Duquesa nos está mirando desde el marco, con una mirada fría e inexpresiva; y, sin embargo, sus labios sonríen. Una mano sostiene una rosa de un rojo indefinido; la otra, larga, estrecha, afilada en los extremos, juguetea con un grueso cordón de seda, oro y joyas que pende de la cintura; alrededor del cuello, éste blanco como el marfil y parcialmente oculto por el ajustado corpiño de un carmesí mate, cuelga un collar de oro, con el conocido lema en sus medallones alternos: «AMOUR DURE–DURE AMOUR».

Pensándolo bien, veo que simplemente no he podido haber estado antes en esta estancia o gabinete; me he debido equivocar de puerta. Pero, aunque la explicación es tan simple, todavía, y después de varias horas, me siento totalmente conmocionado, hasta en lo más profundo de mi ser. Si me sigo poniendo tan nervioso tendré que marcharme a Roma a pasar las Navidades. Siento como si algún peligro me acechase aquí (¿tendré fiebre?) y, sin embargo, no veo el momento de alejarme.

10 de diciembre. He hecho un esfuerzo y he aceptado la invitación del hijo del viceprefecto para ir a ver cómo se fabrica el aceite en una villa suya, junto a la costa. La villa, o granja, es un viejo lugar fortificado y flanqueado de torres, situado en la ladera de una colina entre olivos y mimbreras, que parecía una brillante llamarada naranja. Prensan las olivas en un sótano tremendamente oscuro, como una prisión. A través de la tenue luz blanca del día y del amarillento fulgor de humo de la resina que hierve en los recipientes, se pueden ver grandes bueyes blancos que giran en torno a una enorme rueda de molino, junto a difusas figuras que manipulan poleas y manivelas; se me antoja, en mi imaginación, una escena de la Inquisición. El Cavaliere me obsequió con su mejor vino y galletas. Me di largos paseos por la orilla del mar; había dejado Urbania envuelta en nubes de nieve; más abajo, en la costa, el sol brillaba en todo su esplendor; el sol, el mar, el ajetreo del pequeño puerto del Adriático, parecen haberme sentado bien. He regresado a Urbania convertido en otro hombre. Sor Asdrubale, mi patrón, curioseando en zapatillas entre las doradas cómodas, los sofás estilo Imperio, las tazas y platos viejos y los cuadros que nadie quiere comprar, me ha felicitado por la mejoría de mi aspecto.

–Trabaja usted demasiado –dice–, la juventud tiene que divertirse, ir al teatro, de paseo, tener amori... ya habrá tiempo suficiente para ser serio cuando se quede uno calvo.

Y se quita su grasiento gorro rojo. ¡Sí que estoy mejor! Y como resultado, nuevamente reasumo mi trabajo con placer. ¡Ya les daré su merecido a esos sabihondos de Berlín!

14 de diciembre. No creo haberme sentido nunca tan feliz con mi trabajo. Lo veo todo tan bien –ese artero y cobarde duque Roberto; esa melancólica duquesa Maddalena; ese débil, ostentoso y supuestamente caballeroso duque Guidalfonso; y, sobre todo, esa espléndida figura de Medea. Me siento como si fuera el historiador más grande de la época; y, al mismo tiempo, como si fuera un muchacho de doce años. Ayer nevó en la ciudad por primera vez, durante dos horas largas. Cuando paró, salí a la plaza y enseñé a los golfillos a hacer un muñeco de nieve; no, una muñeca de nieve; y se me ocurrió llamarle Medea. «¡La pessima Medea!» –gritó uno de los niños– «¿la que iba por el aire montada en una cabra?» «No, no», dije yo, «Era una dama preciosa, la Duquesa de Urbania, la mujer más bella que jamás haya existido.» Le hice una corona de oropel y enseñé a los chicos a gritar: «¡Evviva Medea!" Pero uno de ellos dijo: «¡Es una bruja! ¡Hay que quemarla!» Tras lo cual todos se apresuraron a buscar leña y con ella la derritieron.

15 de diciembre. ¡Qué asno soy! ¡Y pensar que tengo veinticuatro años y soy conocido en el mundo literario! En mis largos paseos he compuesto, para la música de una tonada (no sé lo que es) que todo el mundo canta y silba por la calle, un poemilla en un italiano horrible que comienza: «Medea, mia dea», evocándola en nombre de sus diferentes amantes. Voy por ahí canturreando entre dientes. «¿Por qué no soy yo Marcantonio? ¿O Prinvizalle? ¿O el de Narni? ¿O el buen duque Alfonso? Para poder ser amado por vos, Medea, mia dea», etc., etc. ¡Valiente tontería! Mi patrón, creo, sospecha que Medea debe ser alguna dama que conocí durante mi estancia en la costa. Estoy seguro de que Sora Serafina, Sora Lodovica y Sora Adalgisa –las tres Parcas o Norns, como yo las llamo– también lo creen. Esta tarde en el crepúsculo, mientras adecentaba mi habitación, Sora Lodovica me dijo: «¡De qué forma tan maravillosa ha empezado a cantar el Signorino!» Casi ni me había dado cuenta de que había estado vociferando: «Vieni Medea, mia dea», mientras la anciana señora se afanaba en encenderme el fuego. Me detuve. ¡Vaya una reputación que iba a adquirir! Eso pensé, y todo esto llegará a Roma y de allí a Berlín. Sora Lodovica estaba asomada a la ventana, metiendo el gancho de hierro del Farolillo que hay en la casa de Sor Asdrubale. Mientras despabilaba la lámpara antes de volverla a colgar fuera, dijo, con su peculiar mojigatería: «Hace mal en dejar de cantar, hijo» (vacila entre llamarme Signor Professore y apelativos afectuosos como «Nino», «Viscere mie», etc.). «Hace mal en dejar de cantar porque hay una joven allá abajo, en la calle, que acaba de detenerse a escucharlo».

Corrí hacia la ventana. Una mujer, envuelta en un chal negro, estaba parada bajo un arco mirando la ventana.

–¡Eh, eh! El Signor Professore tiene sus admiradoras! –dijo Sora Lodovica.

–¡Medea, mia dea! –grité tan alto como pude, sintiendo un placer infantil al desconcertar a la inquisitiva viandante. De pronto, se volvió para alejarse, agitando la mano en mi dirección; en ese momento Sora Lodovica colgó el farolillo en su lugar. Un haz de luz iluminó la calle. Sentí que me invadía un frío helador. ¡El rostro de la mujer de allá fuera era el de Medea da Carpi!

¡No hay duda de que soy un imbécil integral!

II


17 de diciembre. Gracias a mi necia charla y a mis canciones idiotas, siento como si todos conocieran mi locura por Medea da Carpi. El hijo del viceprefecto, o el auxiliar de los Archivos, o tal vez alguno de los amigos de la Contessa, está intentando hacerme una jugarreta. Pero ¡guardaos, damas y caballeros, que os pagaré con la misma moneda! Imaginaos mis sentimientos cuando, esta mañana, me encontré sobre mi escritorio una carta doblada y dirigida a mí con una curiosa caligrafía, que me resultaba extrañamente familiar y que, después de un momento, reconocí como la de las cartas de Medea da Carpi leídas en los archivos. Me conmocionó terriblemente. Mi siguiente idea fue que debía de tratarse del regalo de alguien que conocía mi interés por Medea –una carta auténtica de ella sobre la que algún idiota habría escrito mi dirección en vez de meterla en un sobre–. Pero estaba dirigida a mí, y no era una carta antigua; solamente cuatro líneas que rezaban como sigue:

«A SPIRIDION. –Una persona que conoce su interés por ella estará en la Iglesia de San Giovanni Decollato esta noche a las nueve. Buscad, en la nave izquierda, a una dama con un manto negro y una rosa en las manos.»

Para entonces ya había comprendido que era objeto de una conspiración, la víctima de una broma de mal gusto. Le di mil vueltas a la carta. Estaba escrita en un papel similar al que empleaban en el siglo dieciséis e imitaba extraordinariamente bien los rasgos caligráficos de Medea da Carpi. ¿Quién la habría escrito? Pensé en todas las personas posibles. Principalmente debía tratarse del hijo del viceprefecto, tal vez en connivencia con su amada condesa. Seguramente habían roto una página en blanco de una carta vieja; pero el hecho de que cualquiera de ellos pudiera haber tenido el ingenio de pergeñar tamaño engaño o la posibilidad de realizar semejante falsifcación me deja completamente atónito. Esta gente oculta mucho más de lo que podría haber imaginado. ¿Cómo devolverles la jugada? ¿Ignorando la carta? Es muy digno, pero poco ingenioso. No, iré: tal vez haya alguien allí, y podré a mi vez desconcertarles. Y, si no hay nadie, ¿cómo vencerles y desenmascararles por su estratagema tan imperfectamente ideada? Tal vez se trate de alguna locura del Cavaliere Muzio para llevarme en presencia de alguna dama que él haya designado como la indicada para ser la llama de mis futuros amori. Eso es lo más probable. Y sería demasiado idiota y profesoral rehusar una invitación de esa índole. ¡Debe merecer la pena conocer a una dama que sabe falsifcar cartas del siglo dieciséis, pues estoy seguro de que ese lánguido y elegantísimo Muzio no habría sabido. ¡Iré! ¡Por todos los cielos! ¡Les pagaré con su propia moneda! Ahora son las cinco –¡qué largos son estos días!

18 de diciembre. ¿Estaré loco? ¿O son realmente fantasmas? Esa aventura de la noche anterior me ha conmocionado hasta lo más profundo de mi alma.

Tal y como la misteriosa carta me instaba, salí a las nueve. Hacía un frío de muerte y el aire estaba lleno de neblina y aguanieve; no había ni una tienda abierta, ni una ventana con las contraventanas sin cerrar, ni una criatura visible; las calles estrechas, tan oscuras, esas costanillas escarpadas entre las elevadas murallas y bajo los arrogantes arcos que parecían aún más sombrías por la exigua luz de unas lámparas de aceite aquí y allí, con sus reflejos amarillentos parpadeando sobre las mojadas banderas. San Giovanni Decollato es una pequeña iglesia, o más bien un oratorio, que hasta ahora siempre había visto cerrada (como tantas otras iglesias que permanecen cerradas y que sólo abren sus puertas para las conmemoraciones solemnes), situada detrás del palacio ducal, sobre una pronunciada cuesta, y formando la bifurcación de dos empinadas callejas pavimentadas. Había pasado por el palacio cientos de veces, y apenas me había fijado en nada, excepto en el altorrelieve de encima de la puerta que representaba la cabeza entrecana del Bautista en la bandeja y la jaula de hierro cercana, en la que antiguamente se exponían las cabezas de los criminales; del decapitado, o, como le llaman aquí, del degollado Juan Bautista, que aparentemente era el patrón del hacha y el tajo.

Tan sólo me llevó unos cuantos pasos llegar desde mis aposentos a San Giovanni Decollato. Confieso que estaba nervioso; no en vano tiene uno veinticuatro años y es polaco. Al llegar a esa especie de pequeña plataforma que hay en la bifurcación de las dos escarpadas calles, me encontré, para mi sorpresa, con que las ventanas de la iglesia u oratorio no estaban iluminadas y que la puerta estaba cerrada. ¡Así que ésta era la bonita broma que me habían gastado!, ¡enviarme en una noche de frío glacial, de aguanieve, a una iglesia que estaba cerrada y que tal vez había permanecido cerrada durante años! No sé de lo que hubiera sido capaz en aquel momento de ira. Me sentí inclinado a forzar la puerta de la iglesia o a ir a sacar al hijo del viceprefecto de la cama (pues estaba seguro de que la broma había partido de él). Me decidí por esto último y ya me dirigía a su casa por el oscuro pasadizo que se encuentra a la izquierda de la iglesia, cuando de pronto me vi detenido por el sonido de un órgano próximo; sí, se trataba evidentemente de un órgano y de las voces de un coro y el murmullo de una letanía. ¡Así que la iglesia no estaba cerrada después de todo! Volví sobre mis pasos hasta lo alto de la colina. Todo estaba oscuro y en completo silencio. De pronto me llegó el débil sonido de un órgano y de voces. Escuché atentamente; venía de la otra callejuela, la que estaba en el ala derecha. ¿Habría tal vez otra puerta allí? Pasé debajo del arco y descendí un trecho en dirección al lugar de donde parecían provenir los sonidos. Pero no había puerta, ni luces, sólo las negras paredes, las negras banderas mojadas, con los tenues destellos de las parpadeantes lámparas de aceite; y lo que es más, había un completo silencio. Me detuve un momento y de nuevo se oyeron los cánticos; esta vez me parecieron llegar con mayor nitidez de la callejuela que acababa de abandonar. Volví: Nada. Y así, de un lado a otro, con los sonidos llevándome siempre de una dirección a otra, para volverme a dejar en el sitio de partida. Todo ello en vano.

Por fin, perdí la paciencia y sentí que me invadía un terror que sólo podía disipar una acción violenta. Si los sonidos misteriosos no procedían ni de la calle de la derecha ni de la de la izquierda, sólo podían venir de la iglesia. Medio enloquecido, me apresuré a subir los dos o tres escalones y me dispuse a forzar la puerta, haciendo un tremendo esfuerzo. Para mi sorpresa, se abrió con toda facilidad. Entré, y al detenerme un momento entre la puerta exterior y la pesada cortina de cuero, los sonidos de la letanía me llegaron con más claridad que antes. Levanté la cortina y me adentré en el templo. El altar estaba brillantemente iluminado con cirios y candelabros. Se trataba evidentemente de algún servicio religioso relacionado con la Natividad. La nave y los pasillos estaban, por contraste, más oscuros y sólo medio llenos. Me abrí paso a codazos por el pasillo derecho, hasta el altar. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, empecé a mirar a mi alrededor con el corazón acelerado. La idea de que todo aquello era una broma, de que simplemente me iba a encontrar con algún conocido de mi amigo el Cavaliere, me había abandonado. Miré en derredor. Todas las personas estaban cubiertas, los hombres con amplios mantones y las mujeres con velos y mantillas de lana. La nave de la iglesia estaba relativamente oscura y no podía distinguir nada con claridad, pero, de alguna manera, me parecía como si debajo de los ropones y velos, la gente estuviese extrañamente vestida. Me fijé en que el hombre de delante llevaba medias amarillas bajo el abrigo; una mujer cercana al lugar donde yo estaba, lucía un corpiño rojo cerrado por detrás con broches de oro. ¿Serían tal vez campesinos de zonas remotas que hubieran venido para las fiestas de Navidad, o es que los habitantes de Urbania se habían ataviado con trajes antiguos para alguna festividad navideña?

En medio de mi perplejidad, me llamó la atención una mujer que estaba en la nave lateral opuesta a la mía y cerca del altar, iluminada plenamente por las luces. Estaba toda ella vestida de negro, pero sostenía, de forma muy conspicua, una rosa roja, un lujo insospechado para la época de año en la que nos hallábamos y en un lugar como Urbania. Evidentemente, ella también me vio y, volviendose más hacia la luz, desabrochó su capa dejando ver un vestido de color rojo oscuro, con brillantes bordados de oro y plata. Volvió su rostro hacia mí. Todo el resplandor de los candelabros y los cirios cayó de lleno sobre él. ¡Era el rostro de Medea da Carpi! Me precipité hacia lo alto de la nave, empujando a la gente a un lado, de forma poco ceremoniosa o, según me pareció, atravesando formas inmateriales. La dama se volvió y caminó apresuradamente hacia la puerta. La seguí de cerca, pero por alguna razón no podía ponerme a su altura. Hubo un momento, ya junto a la cortina, en que se volvió de nuevo. Estaba a unos pasos de mí. Sí, era Medea. La misma Medea, sin engaño o ilusión, sin impostura. Con su rostro ovalado, los labios fruncidos, los párpados estirados en la comisura de los ojos ¡y su exquisita tez de alabastro! Levantó la cortina y se deslizó fuera. Yo la seguí; tan sólo la cortina me separaba de ella. ¡A tan sólo un paso de mí! Abrí la puerta bruscamente. ¡Tendría que estar sobre los escalones, al alcance de mi brazo!

Permanecí de pie fuera de la iglesia. Todo estaba vacío, tan sólo el pavimiento mojado y los reflejos amarillentos sobre los charcos; de pronto me sobrevino un frío helador. No podía seguir. Intenté volver a entrar en la iglesia. Estaba cerrada. Me marché a casa, corriendo, con los pelos de punta, y temblando de pies a cabeza, y seguí así durante una hora, como un maníaco. ¿Se trata de una ilusión? ¿Acaso me estoy volviendo loco? Oh, Dios, Dios, ¿me estaré volviendo loco?

19 de diciembre. Un brillante día soleado; todo resto de nieve ha desaparecido de la ciudad, de los arbustos y los árboles. Las montañas coronadas de nieve brillan contra el azul del cielo. Es domingo y el tiempo también es de domingo. Todas las campanas tañen anunciando la proximidad de la Navidad. Están preparando una especie de feria en la plaza de las columnatas, con puestos llenos de telas de algodón de colores y prendas de lana, brillantes chales y pañuelos, espejos, lazos y relucientes lámparas de peltre; todo el aparato que rodea a los buhoneros del «Cuento de Navidad». Las tiendas de porcinos están engalanadas con flores de papel verdes, con los jamones y los quesos adornados con pequeñas banderas y ramitas también verdes. Deambulé por fuera, para ver la feria de ganado, del otro lado de la puerta. Era un bosque de astas entrelazadas, un océano de mugidos y coces. Cientos de inmensos bueyes blancos, con cuernos de una yarda de largo y rojas borlas de adorno, muy juntos, en la pequeña piazza d'armi bajo las murallas de la ciudad. ¡Bah! ¿Por qué escribo estas tonterías? ¿De qué vale todo esto? Mientras me esfuerzo en escribir sobre campanas, festejos de Navidad y ferias de ganado, una idea da vueltas, como una campana, dentro de mí: ¡Medea! ¿La he visto realmente o me estaré volviendo loco?

Dos horas más tarde. Esa iglesia de San Giovanni Decollato –según me ha informado mi patrón– jamás ha sido usada en todo el tiempo que él pueda recordar. ¿Habrá sido todo una alucinación o un sueño?, ¿tal vez lo habré soñado aquella misma noche? He salido otra vez a ver la iglesia. Ahí está, en la bifurcación de las dos empinadas callejuelas, con sus altorrelieves de la cabeza del Bautista sobre el pórtico. La puerta sí que parece no haber sido abierta durante años. Se pueden ver telarañas en los cristales de las ventanas; efectivamente, parece que –como dice Sor Asdrubale– sólo las ratas y las arañas se congregan en su interior. Y sin embargo, sin embargo, ¡tengo un recuerdo tan vivo, una conciencia tan clara de todo ello! Había un retrato de la hija de Herodías bailando, sobre el altar. Recuerdo su turbante blanco con un penacho de plumas escarlata y el caftán azul de Herodes. Recuerdo la forma del candelabro central. Se balanceaba despacio y una de las velas de cera casi se había doblado por la mitad por el calor y las corrientes de aire.

Cosas éstas, todas ellas, que puedo haber visto en otra parte, que he almacenado sin darme cuenta en la memoria y que han surgido, de alguna forma, en un sueño. He oído a los psicólogos referirse a cosas semejantes. Iré de nuevo: si la iglesia está cerrada es que se trataba de un sueño, una visión, el resultado de mi hipersensibilidad. Debo partir inmediatamente para Roma y ver a los médicos, porque temo estar volviéndome loco. Si, por otra parte –¡pufff! no hay por otra parte en este caso. Pero si la hubiera –en ese caso– realmente habría visto a Medea; y puedo verla otra vez; hablar con ella. El solo pensamiento de esta posibilidad hace que hierva mi sangre, no de horror, sino de... no sé cómo llamarlo. El sentimiento me aterroriza, pero es delicioso. ¡Idiota! Hay un pequeño recoveco de mi cerebro apenas inferior a un cabello, que no está en su sitio, ¡eso es todo!

20 de diciembre. He regresado a la iglesia. He oído la música. He estado dentro. ¡La he visto! Ya no puedo dudar más de mis sentidos. ¿Por qué habría de hacerlo? Esos pedantes dicen que los muertos están muertos y que el pasado es el pasado. Para ellos, sí, pero ¿por qué para mí? ¿por qué para un hombre que ama, que se consume de amor por una mujer? Una mujer que, en verdad –sí, voy a acabar la frase–. ¿Por qué no ha de haber fantasmas para aquellos que pueden verlos? ¿Por qué no puede ella regresar a la tierra si sabe que ahí hay un hombre que piensa en ella y sólo a ella desea?

¿Una alucinación? ¿Cómo? Si la vi, como veo este papel sobre el que escribo; de pie, allí, iluminada por toda la luz del altar. ¿Cómo, si oí el ruido de sus faldas, olí la fragancia de sus cabellos y levanté la cortina que se agitaba a su paso. De nuevo la perdí. Pero esta vez, mientras me precipitaba hacia la desierta calle iluminada por la luz de la luna, encontré sobre los escalones de la iglesia una rosa –la rosa que había visto en sus manos tan sólo un momento antes–, la palpé, la olí. Una rosa, una rosa de verdad, de color rojo y recién cortada. La coloqué en agua en cuanto regresé, después de haberla besado quién sabe cuántas veces. La puse en lo alto del armario. Y me propuse no mirarla en veinticuatro horas, no fuera que se tratase de una ilusión. Pero debo mirarla otra vez. Tengo que... ¡Dios mío, esto es horrible, horrible! Si hubiera encontrado un esqueleto no hubiera sido peor! La rosa, que anoche parecía recién cortada, llena de color y de fragancia, está marchita, seca –como algo guardado durante siglos entre las hojas de un libro– se ha deshecho como polvo entre mis dedos. ¡Horrible, horrible! Pero ¿por qué, Dios mío? ¿Acaso no sabía yo que estaba enamorado de una mujer que lleva muerta trescientos años? Si quería rosas frescas, florecidas tan sólo ayer, la condesa Fiammeta o cualquier costurera de Urbania me las podía haber proporcionado. ¿Y qué si la rosa se ha convertido en polvo? Si solamente pudiera estrechar a Medea entre mis brazos como sostuve la rosa entre mis dedos y besarla como besé sus pétalos ¿no estaría también satisfecho aunque ella se convirtiera en polvo al instante siguiente, incluso si yo mismo me convirtiera en polvo?

22 de diciembre, a las once de la noche. ¡La he visto una vez más! Casi he hablado con ella. ¿Me ha sido prometido su amor? ¡Ah, Spiridion! Tenías razón cuando pensabas que no estabas hecho para amori terrenales. Esta noche me he acercado a la hora acostumbrada a San Giovanni Decollato. Una luminosa noche de invierno; las elevadas casas y los campanarios recortados contra un cielo de un brillante azul intenso, tornasolado como el acero por miríadas de estrellas; la luna aún no había salido. No había luz en las ventanas; pero, tras un pequeño esfuerzo, la puerta se abrió y entré en la iglesia, con el altar, como siempre, iluminado en todo su esplendor. De ponto me asaltó la idea de que estos hombres y mujeres que estaban a mi alrededor, todos estos sacerdotes que cantaban y se movían por el altar, estaban muertos, que no existían... sólo yo. Toqué, como si fuera fortuitamente, la mano de mi vecino; estaba fría, como la arcilla mojada. Se volvió, pero no pareció verme; su rostro era ceniciento, con los ojos mirando fijamente, clavados, como los de un ciego o los de un cadáver. Sentí que debía salir fuera. Pero en ese momento, mis ojos se fijaron en Ella, de pie, como de costumbre, junto a los peldaños del altar, envuelta en un manto negro, profusamente iluminada por la luz. Se volvió; la luz caía de pleno sobre su rostro, ese rostro de rasgos delicados, de labios y párpados un tanto rígidos, con la tez de alabastro ligeramente teñida de rosa suave. Nuestras miradas se cruzaron.

Me abrí camino a lo largo de la nave hacia el lugar donde estaba de pie, como de costumbre, junto a los escalones del altar; se dio la vuelta rápidamente y caminó por el pasillo; la seguí.

Una o dos veces se rezagó y creí que iba a alcanzarla; pero de nuevo, cuando no hacía ni un segundo que la puerta se había vuelto a cerrar tras ella, al salir a la calle, ya se había esfumado.

Sobre la escalinata de la iglesia había algo blanco. Esta vez no se trataba de una flor, sino de una carta, y me apresuré a volver hacia la iglesia para leerla; pero ésta estaba cerrada a cal y canto, como si no se hubiera abierto durante años. No podía ver a la luz de las parpadeantes lámparas, me apresuré a volver a casa y, al llegar, saqué la carta de mi pecho. La tengo ante mí. La caligrafía es suya; la misma que vi en los archivos, la misma de la primera carta:

«A SPIRIDION.–Que vuestro coraje sea igual a vuestro amor y vuestro amor será recompensado. En la noche que precede a la Navidad, tomad un hacha y una sierra; segad sin miedo el cuerpo del jinete de bronce que se encuentra en la Corte, a la izquierda, y a la altura de su grupa. Serrad hasta llegar al interior del cuerpo y dentro de él encontraréis la efigie de plata de un genio alado. Sacadla y hacedla mil pedazos que esparciréis en todas direcciones, para que los vientos los dispersen. Esa noche, aquella a quien amáis vendrá a recompensaros por vuestra fidelidad.»

En el sello pardusco se lee el emblema

«AMOUR DURE–DURE AMOUR»

23 de diciembre. ¡Así que es verdad! Yo estaba destinado a algo maravilloso en este mundo. Al final he encontrado aquello por lo que mi alma ha estado penando. La ambición, el amor al arte, el amor a Italia, todas esas cosas que han estado ocupando mi espíritu y que, sin embargo, me han dejado totalmente insatisfecho, todas esas cosas no eran en realidad mi verdadero destino. He buscado la vida, ansiándola como un hombre en el desierto ansía un pozo; pero la vida de los sentidos de otros jóvenes, la vida del intelecto de otros hombres, ¡jamás ha saciado esa sed! ¿Será que la vida para mí significa amar a una mujer muerta? Solemos sonreír ante lo que denominamos supersticiones del pasado, a veces, olvidando que la ciencia de la que nos jactamos hoy puede que parezca otra superstición a los hombres del futuro. Pero, ¿por qué ha de estar en lo cierto el presente y no el pasado? Los hombres que pintaron los cuadros y construyeron los palacios de hace trescientos años estaban, sin duda, hechos de una fibra tan delicada y su razonamiento era tan agudo como el nuestro, nosotros que simplemente nos dedicamos a estampar algodón y construir locomotoras. Lo que me hace pensar esto es que he estado calculando mi natalicio con la ayuda de un antiguo libro que pertenece a Sor Asdrubale, y veo que mi horóscopo se corresponde casi exactamente con el de Medea da Carpi, tal y como está registrado por un cronista. ¿Lo explica esto todo? No, no, todo queda explicado por el hecho de que la primera vez que leí algo sobre la vida de esta mujer, la primera vez que vi su retrato, la amé, aunque escondí mi amor en aras del interés de la cultura. ¡Menudo interés cultural!

Tengo el hacha y la sierra. Le compré la sierra a un pobre carpintero de un pueblo a algunas millas de aquí: al principio no entendía lo que yo quería decir, y creo que pensó que estaba loco; tal vez sí que lo estoy. Pero si la locura significa la felicidad en la vida de uno, ¿qué hay de malo en ello? El hacha la vi abandonada en una leñera donde preparan los grandes troncos de los abetos que crecen en los Apeninos de Sant'Elmo. No había nadie en la leñera y no pude resistir la tentación. Tomé el objeto en mis manos, sentí su filo y la robé. Es la primera vez en toda mi vida que he actuado como un ladrón. ¿Por qué no entré en una tienda y compré un hacha? No lo sé; no pude resistir la tentación de su brillante hoja. Supongo que lo que voy a hacer es un acto de vandalismo. Ciertamente, no tengo derecho a destrozar la propiedad de esta ciudad de Urbania. Tampoco deseo ningún mal a la estatua ni a la ciudad. Si pudiese enyesar el bronce, lo haría de buena gana. Pero LA debo obedecer, LA debo vengar. Debo acceder a la imagen de plata que Roberto de Montemurlo hizo para que su cobarde alma pudiera dormir en paz, sin encontrarse con el alma del ser a quien más temía en este mundo. ¡Ajá! Duque Roberto, ¡tú la forzaste a morir sin penitencia e insertaste la imagen de tu espíritu en la estatua, para que mientras ella sufría las torturas del Infierno, tú pudieras descansar en paz hasta que tu bien protegida alma pudiera volar al Paraíso! ¡Tenías miedo de ella cuando ambos estuvierais muertos y te creíste muy listo al haber previsto todas las eventualidades! No es así, Serenísima Alteza, ¡tú también sabrás lo que es vagar después de muerto y encontrarse con aquel a quien has injuriado!

¡Qué día tan interminable! Pero la veré de nuevo esta noche.

Las once de la noche. No, la iglesia estaba cerrada a cal y canto. El encanto se había roto. Hasta mañana no la veré. Pero mañana... ¡Ah, Medea! ¿Os amó alguno de vuestros amantes como yo os amo?

Todavía veinticuatro horas hasta el momento de la felicidad, el momento que al parecer he estado esperando toda mi vida. Y después de eso ¿que ocurrirá? Sí, lo veo cada vez más claro a cada minuto que pasa; después de esto, no habrá nada más. Todos los que amaron a Medea da Carpi, los que la amaron y sirvieron, murieron: Giovanfrancesco Pico, su primer esposo, al que apuñaló en el castillo antes de huir; Stimigliano, que murió envenenado; el ayuda de cámara que administró el veneno y al que mandó asesinar; Oliverotto da Narni, Marcantonio Frangipani y el pobre muchacho de los Ordelaffi que ni tan siquiera había visto su rostro y cuya única recompensa fue aquel pañuelo con el que el verdugo enjugó su rostro cuando no era más que una mata de miembros rotos y carne desgarrada; todos tenían que morir y yo moriría también.

El amor de una mujer como ésa es más que suficiente, y es fatal «Amour Dure», como dice su lema. Yo también moriré. Pero ¿por qué no? ¿Acaso podría seguir viviendo para amar a otra mujer? No. ¿Podría seguir llevando la misma vida después de la felicidad de mañana? Imposible. Los otros murieron y yo también debo morir. Siempre tuve el presentimiento de que no viviría mucho tiempo. Una gitana en Polonia me dijo una vez que en la línea de mi vida había otra que la cruzaba y que eso significaba una muerte violenta. Podía haber perecido en un duelo con algún compañero de estudios, o en un accidente de ferrocarril. No, no, ¡mi muerte no será de esa clase! La muerte ¿acaso no está muerta ella también? ¡Y qué extrañas posibilidades me sugiere este pensamiento! Entonces, los otros, –Pico, el ayuda de cámara, Stmigliano, Oliverotto, Frangipani, Prinzivalle degli Ordelaffi– ¿estarán todos allí? Pero me amará a mí más que a ellos, ¡a mí, que la he amado después de haber permanecido trescientos años en la tumba!

24 de diciembre. Ya lo he arreglado todo. Hoy a las once salgo de casa. Sor Asdrubale y sus hermanas estarán profundamente dormidos. Les he preguntado. Su miedo al reúma les impide asistir a la Misa del Gallo. Afortunadamente no hay iglesias entre la casa y la Corte. Cualesquiera que sean los movimientos que se produzcan en Nochebuena, supondrán un escape. Las habitaciones del viceprefecto están en el otro ala del palacio. El resto de la plaza está ocupada con dependencias del estado, archivos, los establos vacíos y las cocheras de palacio. Además, haré mi trabajo con rapidez.

He probado mi sierra con un sólido jarrón de bronce que compré a Sor Asdrubale. El bronce de la estatua, hueco y corroído por el óxido (incluso he encontrado algunos agujeros) no puede resistir mucho. Sobre todo, después de darle un golpe con el afilado borde del hacha. He puesto en orden todos mis papeles por deferencia al Gobierno que me ha enviado aquí. Siento haberles defraudado con mi «Historia de Urbania». Acabo de darme un largo paseo para pasar este día interminable y mitigar mi impaciencia. Se trata del día más frío que jamás hemos sufrido. El brillante sol no calienta lo más mínimo, sino que, al hacer brillar la nieve en las cimas de las montañas y al hacer que el cielo resplandezca como el acero, consigue aumentar más bien la impresión de gelidez. Las pocas personas que se aventuran a salir están enfundadas hasta las narices y llevan braseros de cerámica bajo sus abrigos. De la figura de Mercurio penden largos carámbanos. Uno se puede imaginar a los lobos descendiendo por la seca maleza y asediando esta ciudad. De alguna manera este frío me proporciona una inmensa calma y parece transportarme de nuevo a mi niñez.

Al caminar por las calles irregularmente pavimentadas, empinadas y resbaladizas por la escarcha, con la vista de las montañas nevadas contra el cielo, y al pasar por la escalinata de la iglesia, regada de boj y laurel, con ese leve aroma a incienso, me pareció recuperar –no sé por qué–, casi sentir, la sensación de aquellas Navidades de antaño, en Posen y Breslau, cuando, siendo un chiquillo, caminaba por las anchas calles mirando los escaparates donde empezaban a encenderse las velas de los árboles de Navidad, preguntándome si yo también, al volver a casa, entraría en una estancia maravillosa llena de luces luminosas, nueces doradas y cuentas de cristal. Están colgando las últimas hileras de esas cuentas metálicas, rojas y azules, enzarzándolas a las últimas nueces doradas de los árboles de allí, en mi hogar del norte; están encendiendo las velas azules y rojas; la cera empieza a derretirse sobre la preciosa pícea de verdes ramas; los niños esperan con sus corazones palpitantes detrás de la puerta, para que les digan que el Niño Dios ha nacido. Y yo, ¿a qué estoy esperando? No lo sé: todo parece un sueño. Todo a mi alrededor es vago e insustancial, como si el tiempo se hubiera detenido, nada pudiera suceder, mis propios deseos y esperanzas estuvieran todos muertos, y yo mismo absorto en no se sabe qué pasiva tierra de ensueños. ¿Deseo que llegue la noche? ¿Lo temo? ¿Llegará alguna vez? ¿Siento algo? ¿Existe algo en torno a mí? Al sentarme me parece estar viendo aquella calle de Posen, la calle ancha con los escaparates iluminados por las luces de Navidad, con velas en las verdes ramas de los aleros que apenas rozan los escaparates.

Nochebuena, a medianoche. Lo he hecho. Me he deslizado silenciosamente. Sor Asdrubale y sus hermanas estaban profundamente dormidos. Temí haberles despertado porque el hacha se me cayó cuando pasaba por delante de la habitación principal en la que mi patrón guarda sus curiosidades para la venta. Chocó contra una vieja armadura que ha estado restaurando. Le oí lanzar una exclamación, medio en sueños. Apagué mi luz y me escondí en las escaleras. Salió de su estancia en camisón, pero, al no ver a nadie, se volvió a la cama. «Algún gato, sin duda», dijo. Cerré suavemente la puerta de la casa al salir. El cielo tenía un aspecto tormentoso, como la tarde anterior, iluminado a la luz de la luna llena, pero atravesado por vapores de color gris parduzco. A veces la luna desaparecía por completo. No había ni un alma fuera. Las lúgubres casas sólo se enfrentaban a la luz de la luna.

No sé por qué di un rodeo hasta la Corte, pasando por delante de la puerta de una o dos iglesias, por las que salía el débil resplandor de la Misa del Gallo. Por un momento, sentí la tentación de entrar en una de ellas, pero algo parecía detenerme. Me llegaron retazos de Himnos de Navidad. Me di cuenta de que estaba muy tranquilo y me apresuré hacia la Plaza de la Corte. Al pasar delante del Pórtico de San Francesco, oí pasos detrás de mí. Parecía como si me siguieran. Me detuve para dejar pasar a la otra persona. Al acercárseme, aminoró el paso. Cruzó muy cerca de mí y murmuró: «No vayáis: soy Giovanfrancesco Pico". Me di la vuelta pero había desaparecido. Un gran frío se apoderó de mí, pero continué mi camino.

Detrás del ábside de la catedral, en una estrecha calleja, vi a un hombre apoyado en una pared. La luz de la luna le iluminaba plenamente. Me pareció que su rostro, adornado con una barba puntiaguda, estaba bañado en sangre. Aceleré el paso, pero al pasar junto a él, me dijo: «No la obedezcáis; volved a casa: soy Marcantonio Frangipani». Me castañetearon los dientes, pero me adentré en la estrecha callejuela, con la azulada luz de la luna proyectada sobre las blancas murallas.

Por fin vi la Corte delante de mí. La plaza estaba inundada por la luz de la luna, las ventanas de palacio parecían brillantemente iluminadas y la estatua del duque Roberto, con un brillo verduzco, parecía avanzar hacia mí sobre su caballo. Me interné en la sombra. Tenía que pasar debajo de un arco. Había allí una figura que sobresalía de la muralla y me cerraba el paso con su brazo extendido y enfundado en una capa. Intenté pasar. Me cogió por el brazo y su contacto se me antojó glacial. «No pasaréis», gritó, y al salir de nuevo la luna, vi su rostro de una blancura espectral, cubierto con un pañuelo bordado. Parecía un niño. «¡No pasaréis!», gritó, «¡No la poseeréis! ¡Es mía y sólo mía! ¡Soy Prinzivalle degli Ordelaffi!». Sentí su gélido contacto, pero con mi otro brazo di ciegos golpes con el hacha, que llevaba bajo la capa. El hacha se clavó en la pared y sonó contra la piedra. Se había esfumado.

Me di prisa. En efecto. Seccioné el bronce. Lo serré haciendo una gran ranura. Saqué la imagen de plata y la hice mil pedazos. Esparcí los últimos fragmentos en torno mío y, entonces, la luna, se ocultó de repente. Se levantó un gran vendaval que rugía por toda la plaza. Me pareció como si la tierra se agitara. Arrojé el hacha y la sierra y fui corriendo a casa. Me sentí perseguido, como si me acosasen cientos de jinetes invisibles.

Ahora estoy tranquilo. Es medianoche, ¡un minuto más y ella estará aquí! ¡Paciencia, corazón! Lo oigo latir, espero que nadie acuse al pobre Sor Asdrubale. Escribiré una carta a las autoridades proclamando su inocencia por si algo me sucediera... ¡La una! El reloj de palacio acaba de dar... «Por la presente certifico que, si algo me sucediera esta noche, a mí, Spiridion Trepka, nadie, sino yo mismo, ha de ser considerado...» ¡Pasos en la escalera! ¡Es ella! ¡Por fin, Medea, Medea! ¡Ah! ¡AMOUR DURE–DURE AMOUR!


NOTA.– Aquí acaba el diario del difunto Spiridion Trepka. Los principales periódicos de Umbría han informado al público que en la mañana de la Navidad del año 1885, la estatua ecuestre de bronce de Roberto II ha aparecido brutalmente mutilada y que el profesor Spiridion Trepka de Posen, en el Imperio Germánico, ha sido descubierto muerto, de una puñalada en el corazón, a manos de desconocidos.

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