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La alegría de tener hijos no tenía conforme a esta pareja. Un varón de 14 años en plena pubertad y un pequeño crío de año y medio, cuya felicidad se desenvolvía en romper todo a su camino, no eran lo suficiente para formar una familia feliz. Hacía falta una niña, y después de tantos fracasos se decidió que la adopción podría ser una opción.

Este deseo los llevó hasta un orfanato dirigido por monjas. La directora de este le presentó a la pareja varias niñas de entre 3 a 9 años. Todas muy lindas y excepcionalmente especiales, pero la madre centró su atención en una que no fue presentada. Aquella niña arrinconada en una esquina, abrazando un triste muñeco de trapo, mirando fríamente a todos los niños que jugaban y reían en el enorme patio del orfanato.

La niña en cuestión estaba sucia y demacrada, esto le provocó mucha incertidumbre y extrañeza a la pareja, así que le preguntaron a la monja que los atendía:

—Disculpe, ¿qué sucede con aquella niña? Se ve muy sola y algo descuidada, ¿no cree?

—Oh… esa es Angie, por favor, no le preste atención, aquí le damos amor a todos los chicos que nos traen, pero ella es un caso especial —explicó la monja—. Desde que llegó aquí, nunca ha hablado, nunca llora, no hace preguntas, y siempre está sola. Los demás niños le temen, dicen que desde que llegó tienen horribles pesadillas y que, cuando están cerca de ella, sienten como si estuvieran enfermos. Por más que limpiemos y tratemos con la niña, siempre está callada y su cuerpo siempre sucio.

—¿De verdad? Siento mucha pena por ella, creo que deberíamos llevarla. ¿No crees mi amor? —preguntó la esposa.

—Sí cariño, creo que es solo una niña que necesita amor… —contestó el esposo.

—Bueno, es su deseo, pero cuídenla mucho —dijo la monja. Después les indicó repentinamente—. Y una cosa más. No dejen que haga muñecos de trapo.

—¿Qué quiere decir con eso? —preguntó la pareja.

—Pueden llevársela —la monja no respondió a su pregunta pero volvió a advertir—, solo recuerden lo que les dije…

Así pues, la pareja adoptó a Angie. Camino al auto, los demás niños corrieron a ocultarse y observaron con miedo la escena desde su escondite. Lo último que vieron en ese momento fue la puerta trasera del auto cerrándose con ella dentro.

Ana y Carlos, los esposos, solo podían sentir pena por ella, pero por más que le hablaron en el camino a casa, Angie no contestaba y solo miraba por la ventana, acariciando a su muñeco de trapo. El padre, al ver el juguete, recordó lo que le dijo la monja, pero pensó que solo eran exageraciones.

No había pasado mucho tiempo desde que la niña había llegado a su nuevo hogar. Las cosas se pusieron extrañas de repente. No apareció esa esperada felicidad. Las discusiones familiares comenzaron, todo era diferente, pero Angie parecía no tener nada que ver, a excepción de esa sonrisa que aparecía cada vez que ocurría algo malo. Además el hermano mayor comenzó a quejarse de tener pesadillas seguido y cuando despertaba juraba haber visto a la pequeña parada frente a la puerta, pero al levantarse notaba que jamás estuvo ahí.

Algo muy peculiar sucedía. A pesar de que la niña era frecuentemente aseada, siempre se le veía sucia y maloliente. Como si de un vagabundo se tratase. De la misma manera que la monja les había dicho.

Ana estaba muy preocupada. Un día, estando sola en casa, mientras su esposo y su hijo mayor no estaban, entró a la habitación de Angie mientras esta dormía a plena luz del día, y entre sus cosas, solo habían muñecos de trapos. No sabía en qué momento los había hecho, a simple vista se notaban que eran más de 30 muñecos. Estaba sorprendida, y aprovechando que Angie aún dormía, revisó con más detenimiento, descubriendo que los muñecos parecían niños. Había otro muñeco, poco más grande que los otros. Vestía un atuendo blanco y negro similar al de una monja.

Ella recordó las palabras de la monja, pero antes de poder seguir analizando su extraño hallazgo, Angie estaba repentinamente despierta y sentada en la cama, observando fijamente a Ana a los ojos, con mirada fría y desafiante.

—Angie, dime… ¡¿Qué es todo esto?! —preguntó asustada la madre.

Jamás obtuvo respuesta de la niña, a pesar de insistir. Las respuestas debían ser obtenidas de una manera u otra. Ana subió a su auto y partió hacia el orfanato, dejando a la niña sola. A lo lejos se divisaba una enorme columna de humo. El orfanato estaba en llamas, y todo aquel que se encontraba dentro moría. Al llegar, los bomberos intentaban apagar el fuego y a pesar de las dudas, nadie pudo averiguar la causa del incendio.

Ana estaba completamente horrorizada, decidió regresar. En su retorno sintió una presencia. Angie aparecía y desaparecía en ratos. Realmente había algo extraño con la dulce niña.

Al llegar a casa, buscó a la niña por todas partes. No estaba. Su único rastro estaba en el patio. Todos los muñecos que había hecho se encontraban en llamas. Esto llevo a Ana deducir cómo funcionaba la maldad de la niña. Decidió salir de la casa para buscarla.

En su búsqueda terminó en un lote abandonado. Dos muñecos de trapo yacían en el suelo, similares a su esposa e hijo, sus cabezas estaban degollladas. Ana se echó al suelo y comenzó a unir las cabezas torpemente pensando en lo peor. De repente, entró una llamada a su teléfono. Era un número desconocido:

—Señora Ana de Martínez, soy el oficial Juan Rivera. Lamento decirle que su esposo e hijo han sufrido un terrible accidente, necesitamos que usted…

Ana no pudo seguir escuchando. Dejó caer el teléfono y rompió en llanto amargamente. Deseaba encontrar a la niña lo antes posible. Y claro que su deseo se cumplió. La niña se encontraba de pie frente a ella, sonriendo con tal satisfacción que denotaba el odio en los ojos de Ana.

La mujer se levantó y se abalanzó hacia Angie logrando derribarla. Con una mano sujetó su cuello y con la otra tomó una roca. Comenzó a golpear a la niña, gritando. Lentamente fue desfigurando su rostro y la llevó a dar su último aliento.

Angie, por supuesto, nunca lloró, ni un pequeño gemido de dolor salió de la boca de la pequeña. Se mantuvo sonriendo hasta la muerte.

Después de esto, Ana enterró a la pequeña lo más rápido que pudo y regresó a casa cubierta de tierra y sangre, caminando torpemente como si de un zombie se tratase. Regresaba para cuidar lo único que le quedaba. El pequeño crío de un año y medio.

La pesadilla no terminó. Angie tuvo tiempo para una última cosa antes de ser asesinada. Cuando Ana llegó a casa, encontró al pequeño sentado en un charco de agua junto al enchufe de la luz, atado a un cable de alta tensión, con un conector de luz en una mano y un muñeco de trapo similar a ella totalmente despedazado en la otra. Detener al pequeño fue imposible, su intento de salvarlo terminó llevando a ambos a la muerte.

Unas horas después, en aquella oscura noche, en aquel lote abandonado, la tierra comenzó a moverse y dejó salir a una niña, quien en total suciedad se levantó y comenzó a caminar hasta perderse en la penumbra oscuridad.

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