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“Un sueño y eso es todo”. – Me repito a mí mismo. Pero la sensación no desaparece completamente. Esa mezcla entre incertidumbre, incredulidad y temor se me quedó grabada en la mente.

Trato de ser analítico, racional, despedazando las escenas, cuidando de no añadir algo que pudiese contaminar los recuerdos. Pero las cosas no mejoran, son iguales, quisiera hablar con alguien sobre el tema pero no quiero que me tachen de loco o de soñador. Si bien mi imaginación a veces se desborda, siempre tengo pleno control de ella.

3 noches de ansiedad nocturna. He leído páginas en la red. Algunas mencionan que es normal que suceda a veces, sobre todo por el estrés, por el ritmo de vida agitado que llevamos hoy en día. Pero estoy seguro de que mis niveles de estrés son muy normales. Sí, me he desvelado un poco últimamente pero es algo que siempre he hecho por temporadas, pero lo que pasó hace 3 noches fue diferente.

Si profundizo en ello y me dejo llevar por mi imaginación y la sugestión podría decir que es hasta “aterrador”. Sí, aterrador.

Recuerdo haber despertado en medio de la madrugada con una tremenda ansiedad, temblando, sudoroso, angustiado. Lo recuerdo bien porque ahora mismo siento algo de esa ansiedad. Es inexplicable. Me levanté de mi cama y fui a la nevera a tomar un vaso de agua helada.

No enciendo las luces, conozco perfectamente el camino y una luz de luna filtrada por una ventana me da más elementos para caminar sin tropezar. Abro la puerta de la nevera, la luz me deslumbra brevemente y tomo la garrafa de agua y bebo directamente.

La heladez del líquido cruza dolorosamente por mi garganta y se aloja en mi estómago. Siento perfectamente su recorrido. Un estómago frío siempre me ha ayudado a conciliar el sueño por extraño que parezca.

Coloco la garrafa de agua y cierro la puerta de la nevera, vuelvo sobre mis pasos y me recuesto a seguir durmiendo. No lo consigo, el sueño se ahuyentó por lo que estaba sintiendo. “Malditos nervios”, pensé. Y me dispuse a dormir por la fuerza. Debía levantarme temprano para trabajar por la mañana.

Un temblor se apodera de mis manos. Intento controlarlas pero ahora ambos pies lo hacen. Tiemblan y patalean sin mi consentimiento. Procuro no entrar en pánico y cierro los ojos. Me concentro en detener los temblores. Ahora es mi cabeza, se agita lado a lado violentamente. Como si alguien me sacudiese desde dentro.

Aún así permanezco tranquilo. La cabeza deja de temblar pero ahora es mi torso el que convulsiona. Me incorporo nuevamente. Siento un cosquilleo en las plantas de los pies y me muerdo los labios ya con la desesperación a flor de piel. Mi mente lucha por relajarse, pero esta maldita angustia, “Ansiedad” me digo, y ese término más “científico” me da cierta tranquilidad.

Procuro cerrar bien los ojos y relajarme. Los temblores continúan pero no hago caso, estoy determinado a dormir. No sé cuánto tiempo pasa, pero creo que bastante. Mi cuerpo se ha relajado más y casi no tiembla, hace frío y no me cubro con tal de no moverme.

Una heladez me recorre la piel, estoy semi-consciente pero me doy cuenta de lo que está pasando. No me muevo, sólo entreabro mínimamente mi ojo izquierdo. Y la veo.

Una “sombra” completamente negra y bastante delgada se desprende de mi cuerpo con rapidez y se pierde en la oscuridad de mi guardarropa. Me quedo profundamente dormido.

Hace 3 noches gané la batalla sobre el control de mi cuerpo. No sé si volverá a suceder. Pero no quiero imaginar qué pasará si pierdo.