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-Abuela, cuéntame otra historia de cuando eras joven.

-No, Juanito, ya es muy tarde.

-Por favor, abuela, amo tus historias y más las de terror.

-Bueno. Te contaré la historia del charro negro.

Hace muchos años, en las afueras de nuestro pueblo, no había carreteras, luz eléctrica ni automóviles; cuando yo era joven y antes de casarme con tu abuelo, vivía en con mi prima en casa de mi tía. Teníamos diferentes labores: alimentar a los animales, limpiar la casa, preparar las tortillas y traer agua del pozo, esta en particular era la que menos nos gradaba. El pozo estaba muy retirado de la casa, siempre tratábamos de que esa fuera nuestra primer labor del día, no nos gustaba acercarnos de noche y es que, algunos años atrás, tres muchachas desaparecieron misteriosamente y una de ellas fue mi prima.

Antes de morir, mi abuelo me platicó que en el pueblo vivía un señor llamado Don Julio. Era un charro de profesión, muy hábil en su caballo; también tenía mucho dinero y vivía feliz con su esposa; sin embargo, en el pueblo se escucharon rumores de que Don Julio tenía por amante a otra mujer, y para las leyes de Dios y de los hombres, eso era un pecado; Don Julio era muy diestro en su caballo, era muy diestro con las mujeres, pero no lo era con las armas. Fue asesinado por aquel furioso esposo y a su entierro mucha gente asistió. Mi abuelo me contó que lo vistieron con un elegante traje de charro, de un color negro como la noche. Muchas mujeres lloraron su pérdida. Muchas otras no. Cualquiera pensaría que Don Julio quedaría en el pasado tras la desaparición de su esposa; para su mala fortuna, ellos no tuvieron hijos...

-¿Qué le pasó a su esposa, abuela?

-Nadie lo sabe con certeza, pero muchos creen que el hombre que mató a Don Julio la asesinó.

-¿Por qué?

-Cosas horribles pasaron después de que ella murió. El hombre que dio muerte a Don Julio se llamaba Don Rodrigo; él fue el primero en notar todas las cosas extrañas que sucedían. Tres días después de la desaparición de Doña Socorro, la mujer de Don Julio, su caballo, ese hermoso y gran caballo negro que Don Julio montaba con tanto orgullo, desapareció. Por la madrugada, a partir de las cuatro de la mañana, hora en la que muchos hombres y mujeres ya estaban despiertos, se escuchaba el trotar de un caballo, la gente se inquietaba mucho, y es que en los pueblo abunda la superstición. Los que lograban oír los ruidos, miraban en todas direcciones y no veían nada. La inquietud creció cuando los ruidos se convirtieron en visiones de un gran charro montado en su enorme caballo, caminando sin rumbo y desapareciendo al amanecer.

La primera en desaparecer fue Doña María, la esposa de Don Rodrigo. En el pueblo tenía fama de mujer fácil...

-¿Qué es una mujer fácil, abuela?

-Una mujer que se va con cualquier hombre, déjame terminar.

Todo mundo sabía su reputación y muy pocos, incluido mi abuelo, sabían que ella había inventado la historia en la que decía que Don Julio era su amante. Esto lo sabíamos por que su amante era el hermano de Don Rodrigo, amigo de mi abuelo. Se lo confesó pocos días después de que Doña María desapareciera, temiendo ser la próxima víctima, pero, aunque muchos no soportaban a María, nadie deseaba su desaparición o su muerte. Lo único que supimos fue que un anciano que se despertaba muy temprano por las madrugadas la vio por última vez, subiendo con un hombre, que no era su esposo, a su caballo. Don Simón, el anciano, contó esto y toda la gente especuló que ella había abandonado a su esposa; sin embargo, los más supersticiosos no dejaron de decir que era obra del charro negro que se aparecía en las madrugadas. Sin duda, sembraron dudas en la población, dudas que se convirtieron en miedo cuando la hija de Don Rodrigo, Anita, desapareció de igual forma que su madre. A los pocos días, Don Rodrigo se suicidó y no se escuchó más del charro negro por años.

Regresando a la historia del pozo, en la víspera de la muerte de Don Julio, todos oímos por las madrugadas aquel sonido de los casco de un caballo que caminaba alrededor de las casas de aquellos que tenían hijas de quince años en adelante. Los sucesos de años atrás habían dejado una huella en la población y no se nos permitía salir por las noches. Sin embargo, en el pueblo había dos muchachitas que eran muy rebeldes para la época. Salían con hombres mayores y bebían alcohol a su corta edad. Los padres, personas ambiciosas, miraban a otro lado, ya que ellas cada noche traían dinero a casa. Si agregas a eso que su familia no era creyente de las leyendas del pueblo por no ser de ahí, tienes la combinación perfecta para una tragedia, y es que una noche, ambas niñas caminaban de regreso a casa, ya en la madrugada. Esto lo sé por lo que contaba la gente y porque tu abuelo lo vio todo. Él en ese entonces ya tenía veinte años y trabajaba desde muy temprano en casa de su papá, fabricando lanchas. Fue cuando escuchó los gritos; corrió a ver qué sucedía y al mirar solo distinguió un caballo y su jinete que se alejaban a toda velocidad. En el suelo estaba una de las niñas, quien, casi muda de la impresión y muy pálida, solo balbuceaba: "El diablo se la llevó".

Tu abuelo llamó a los padres de las niñas. Ella pasó mucho tiempo sin decir una palabra. Fue hasta un mes después que se quitó la vida y dejó solo una nota que decía:

"Mamá, Papá, lo siento. No puedo más, no dejó de tener pesadillas de ese horrible charro negro, su diabólica cara se me aparece todas las noches y me llama, ya no puedo vivir así"

A la mañana siguiente, la niña fue encontraba colgada en su habitación. De alguna manera la nota se hizo pública y el horror llenó el pueblo. Nadie podía salir de casa después de la puesta del sol, pero mi prima no hizo caso; una noche, en la cual debía ya haber traído agua del pozo desde en la mañana, se le hizo fácil salir a buscarla. Había perdido todo el día platicando con José, su pretendiente y no había agua en la casa. Era bien sabido que su padre, mi tío, era muy estricto y que la reprendería, fue por eso que decidió salir justo en la puesta del sol, antes que su padre llegara.

Cuando noté su ausencia y la ausencia del agua. supe lo que sucedía y corrí tras ella. Ya era de noche cuando llegué al pozo, pero mi prima no estaba, solo encontré la cubeta que ella llevaba en sus manos; estaba en el suelo, tirada como cualquier cosa. Entonces lo escuché, el galopar del caballo detrás de mí. Miré y vi a aquel que todos llamaba en charro negro. Estaba muy oscuro y no pude ni quise ver su cara, ya que cuando la luz de la luna lo iluminó yo cerré los ojos. Él me hablaba y me llamaba pero yo no respondía, estaba paralizada, esperando a que se fuera, pero eso no se compara con el horror que sentí al escuchar la voz de mi prima, la cual estaba ya arriba del caballo. Entonces los vi. Aquel hombre sin rostro humano, deforme en la oscuridad, pero con unos ojos azules como el mar y tenebrosos como la noche, y, a mi pobre prima, montada detrás de él, sujetando su cintura y con una mirada que reflejaba la falta de alma en ella.

La mirada del charro me seducía, yo no quería pero cada vez me acercaba más a él; justo cuando estuve a punto de tomar su mano, una voz me salvó.

"Amable caballero que rondas por las noches, no es mi intención ofenderlo, pero la bella dama que tan gustoso espera, me acompaña en esta velada."

Cuando miré, vi que se trataba de tu abuelo. Él me vio salir de mi casa cuando fui tras mi prima y me siguió. Lo siguiente fue lo más espantoso que pudo pasar.

"Noble campesino... -dijo el Charro-.Tus palabras no ofenden a mi persona. No soy digno de una dama que ya ha encontrado a su amor. En vida no tomé lo que mío no era y en muerte no será diferente; sin embargo, aquella dama que monta mi corcel, ha decidido ya su destino, mía será hasta el fin de mi camino."

El charro desapareció y yo caí de rodillas al suelo. Tu abuelo me regresó a casa y contamos lo que había sucedido. La perdida de mi prima fue devastadora, pero con el paso de los años todo quedó atrás; mis tíos murieron, yo me casé con tu abuelo y todo se olvidó o, al menos eso parece, ya que algunos todavía recuerdan al charro y otros aún afirman escucharlo en las fechas de la muerte de Don Julio, y lo único que tu abuelo recuerda es ver al charro despedirse de él, tomando su sombrero y haciendo una reverencia, yo para ese momento ya había cerrado los ojos y abrazaba a tu abuelo con tanta fuerza que mis brazos quedaron marcados en su piel.

-¿Habrán pasado qué? Unos cien años de la muerte de Don Julio en este pueblo que me vio nacer y unos diez años desde que mi abuela me contó esta historia, y ahora, a mis veintitrés años, visité de nuevo mi pueblo. Mi abuela ya duerme, son casi las cuatro de la mañana. Rayos, ya revisé mi celular y sí, exactamente cien años han pasado.

No puedo dormir, veía anime en mi laptop, pero ahora se me apetece un cigarro. No puedo fumar en la casa, pero la baqueta parece un buen lugar. En Jonuta a las cuatro de la mañana ningún alma camina por las calles, o al menos ninguna viva; y no puedo evitar tirar mi cigarro y ver con sorpresa como a unos tres metros de mí y sin que yo lo haya notado, un gran caballo, montado por un gran charro negro, de hermoso sombrero, me mira: "Te pareces mucho a tu abuelo, gran hombre él", dice, y se marcha no sin antes despedirse con una reverencia de su sombrero.

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