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Oscuro1

Vivíamos en una privada. Nueve casas alineadas y cercadas por un muro de concreto. Un zaguán gris, del que no se encargaba ningún portero, cubría la entrada principal. Más allá del muro había un terreno baldío, donde la hierba había crecido de más y los árboles exhibían ramas contorsionadas.

En la niñez no me interesó el extraño resplandor amarillento que, de cuando en cuando, se apreciaba del otro lado del muro, haciendo brillar macabramente las copas de los árboles. Me dedicaba a jugar con una partida de amigos. Eran violentos, tendían a introducir golpes y vejaciones ya en el fútbol, ya en las “coleadas”. Los vi provocar el accidente de un vecino que estrenaba una bicicleta. El infeliz cayó de cabeza en el suelo y no se movió. Los otros rieron por lo bajo, y dejaron de hacerlo cuando supieron que su víctima sufriría de problemas motrices por el resto de su vida.

A causa de aquel accidente se impusieron reglas para los condóminos. Ay de quien permitiera que sus hijos jugaran sin vigilancia, y de quien no los metiera en casa a las seis de la tarde en punto. Poco a poco, los lazos de amistad fueron quebrándose. Cada niño empezó a retraerse o a preferir la compañía de videojuegos. La adolescencia los cambiaría otra vez. Su violencia resurgiría, acompañada por el culto a la maldad.

Nunca fui una blanca paloma. De niño expuse el alcance de mi rebeldía mediante actos, y más tarde volqué en la soledad el catálogo de mis fantasías, demasiado estrambóticas para ser comentadas, no digamos hechas realidad. El carácter de mis padres y la extrema disciplina que, basada en el miedo, me imponían en el colegio religioso donde estudiaba a la sazón, ejercían un importante ascendiente en mi proceder.

A la postre me limité a hablar sólo cuando era preciso, así como a consumir mis escasos ratos libres en medio de lecturas y raras meditaciones. Busqué como nunca la soledad en mi adolescencia, cuando el prurito de yacer con una fémina amenazaba con enloquecerme. Cerca estuve de inutilizar mi diestra. No había a la mano candidatas que pudieran llenar el vacío que me aquejaba. Descartaba la posibilidad de emprender un noviazgo; no quería sino un blanco humano para disparar mis múltiples manías. Pero el tiempo pasaba y mi esperanza decrecía; en la escuela me rodeaban sólo hombres y en la privada no había vecinas de buen ver. La repulsión que me causaban las gordas de la séptima casa o las ebrias de la quinta, apenas era paliada por una severa sesión de ciertas lecturas, que me obligaban a pensar en la mujer como algo simétrico y proporcionado.

Mi casa tenía dos pisos. La azotea contaba con un cuarto destinado a una sirvienta. La vocación de ama de casa de mi madre impedía que aquel cuarto se ocupara. Yo empecé a visitarlo cuando me aficioné al tabaco; con tal de evitar regaños, me refugiaba allá y tosía a placer, mientras el cigarrillo se consumía lentamente entre mis dedos. Pero mis padres percibían sin falta el olor que despedía mi ropa y, previo regaño, me obligaban a entregar cajetilla y encendedor. Me resignaba entonces a sufrir algún castigo ridículo.

Empecé a estudiar la preparatoria en otro colegio religioso. Dócilmente me preparé a pasar tres años rodeado de fulanos, evadiendo el alcance de la Orden —siempre necesitada de reclutas— y fantaseando con mujeres que nunca se materializaban. Mis condiscípulos no eran tan sumisos como yo; el ámbito que compartían conmigo no los privaba de sacarle provecho a su edad. Consiguieron novias en otros colegios y se metieron irremediablemente en problemas. El caso de Rejón fue distinto. Se acostó con su propia sirvienta y la embarazó. Conmocionada, su familia tomó cartas en el asunto; arregló el aborto de la joven y, para beneplácito de la Orden, obligó al muchacho a ingresar en un escolasticado poblano.

Aquella historia me fascinó.

También hubo cambios en la privada. En menos de tres meses, cuatro casas se vaciaron y volvieron a ocuparse, mientras que otros vecinos, a quienes yo había visto crecer, se casaron y abandonaron a sus ancianos padres. Uno de los nuevos inquilinos me llamó la atención. Era un birmano alto y serio, culto en apariencia. A primera vista resultaba antipático, pero poco a poco cautivó a los demás condóminos. Me mantuve lejos de su alcance. Su mirada presagiaba malas intenciones.

Me limité a vivir monótonamente, dispuesto a no gozar nunca de un solo placer. 

Pero el destino tenía planes para mí. Programó que mi madre enfermara, de ahí que fuera preciso contratar a una sirvienta. Yo había probado ser un pésimo trabajador doméstico; atendiendo órdenes de mi padre, intenté fregar pisos y adecentar baños, pero mi labor fue tan mala que produjo más mugre y una ráfaga de insultos paternos. La sirvienta se llamaba Petra y era provinciana. Descreí del mito de que las criadas han de ser feas. Petra me atrajo rabiosamente. Le destinaron el cuarto de la azotea.

Se mostró como una diligente trabajadora, con mucho tino para complacer a sus empleadores; además de limpiar la casa hasta dejarla como taza de plata, cocinaba deliciosamente. Mi apetito despierta cuando evoco sus postres.

Evadía mis miradas, procuraba no cruzar palabra conmigo. Entendí que la incomodaban mis intentonas de seducción. ¿Se debía ello a que ya contaba con alguien? Lo creí probable, y dejé de dudarlo al pillarla varias veces a las afueras de la privada, charlando con un sujeto de traje a rayas y pelo engominado. Hablaban no como amantes, sino como planificadores de empresas ilícitas. De inmediato supuse que se habían confabulado para desfalcarnos. No hablé al respecto con mis padres porque no nos llevábamos bien. Preferí utilizar a Petra para que confesara. Mi plan era simple: hacerla mía y obligarla a callar lo que sufriera conmigo, so pena de ser denunciada junto con su cómplice. Yo me las daba de conocedor del derecho. Decidido a triunfar, invertí todo mi tiempo libre en conquistar a Petra.

Entretanto, el birmano había sometido a casi todos los vecinos. Inauguró en su casa una especie de academia esotérica. Nunca supe qué enseñaba exactamente, pero cuando me aventuré a espiar su sala vi a diez personas boquiabiertas, con la mirada perdida y la cabeza oscilante, mientras el birmano pronunciaba términos incomprensibles. En otra ocasión, atestigüé que el grupo salía de la casa y seguía al birmano a algún punto fuera de la privada. Me aventuré a seguirlos y descubrí que se internaban en el terreno baldío, entre los árboles retorcidos y la alta hierba. Fueron a sumarse a una asamblea numerosa, integrada por blasfemos. Hasta entonces supe el porqué del resplandor que rielaba sobre los árboles. El fuego consumía a los recién sacrificados. 

Creí haber soñado cuando me vi de vuelta en casa sin saber cómo. Subí a mi habitación y me topé con Petra. Criticó el desorden en que yo vivía, me ignoró y termino de limpiar. Se fue, dejándome admirar, por enésima vez, su exquisito contoneo. No debía desaprovechar aquella ocasión. La seguí cautelosamente, y me extrañó escuchar una voz masculina partiendo del cuarto de servicio. Asomé un ojo al interior y los vi, discutiendo como siempre. Ahora el diálogo perdió civilidad. El trajeado se violentó cuando Petra rechazó un paquete envuelto en una tela verdosa. No bien ella recibió la primera bofetada, me exalté. Irrumpí en el cuarto y enfrenté al pelado.

—¿El junior? —preguntó, mirándome de arriba abajo.

—Lo siento por tu traje —repliqué antes de mi primer puñetazo.

Que mis músculos desmerecieran junto a los suyos no influyó en el curso de la pelea. Me defendí del contraataque y soporté como un hombre el dolor de la paliza. Choqué contra los muros, el suelo y la cama, pero no dejé de levantarme y corresponder a tanta violencia del mismo modo. Por un momento dejé de ser humano y me convertí en una bestia. El instinto primigenio me poseyó y me hizo vencer.

Lamí la sangre de mis nudillos y comprobé el estado de mi rival. Me sorprendió que no estuviera muerto. No se levantaría pronto, de modo que nadie me interrumpiría en mi siguiente paso. Petra quería no sé si agradecer mi intervención, pero le propiné un bofetón para que no hablara; cayó en la cama, me abalancé sobre ella y la mancillé. Su resistencia fue inútil. Dejó de sentirme por culpa de un desmayo. Encendí un cigarrillo para relajarme y reflexionar; ella y el trajeado estaban listos para atracarnos. Yo lo había impedido. Pero no tenía tiempo para celebrar mi heroicidad. Podía llamar a la policía para que se llevaran al cómplice, pero acerca de Petra no sabría qué decir. Alegar que el trajeado la había violado era una opción, pero no debía descontar que los exámenes practicados a la víctima rindieran resultados que comprometieran mi libertad. Al rato resolví matar a mi infortunado oponente, cortarlo en trozos y disponer de ellos de alguna manera, y conservar a Petra como esclava sexual. 

Cerré las manos en torno al cuello del vencido, pero me abstuve de estrangularlo cuando sentí que me observaban. No era Petra, sino el birmano, quien de algún modo había llegado hasta mi azotea. Me contemplaba desde el umbral, enfundado en un gabán negro y con las manos en los bolsillos. Di un respingo y miré hacia todas partes, quizá para dar con un proyectil que anulara al recién llegado.

—Lo tienes todo para unirte —dijo.

Denoté incomprensión. 

—Sabes conseguir víctimas —prosiguió—. Únete. Empieza a ser feliz.

Sus palabras me causaron una mezcla de horror y congoja. Nunca me había unido a nada. No era ése el motivo de mi desdicha. Me había hecho falta el complemento que ahora creía tener. Petra aplacaría mis tensiones, mis ansiedades, mis manías. El birmano debía de saber esto, y también que yo los había espiado a él y sus seguidores en un aquelarre. Me invitaba a ser uno de ellos, a pertenecer a su círculo. ¿Qué habría para mí? ¿Algo más de lo que Petra pudiera darme? El semblante del birmano excluía responder negativamente. Entre ser sacrificado o proveedor, valía más la segunda alternativa.

—Me uniré —dije.

Sonrió, replicó:

—Te ayudaré con ese hombre.

Se acercó a él, lo alzó fácilmente y lo puso sobre su hombro. Yo temía que me pidiera encargarme de Petra.

—Ella no —rogué.

—Es tuya. Nos acompañará después. Impide que escape.

La até a la cama y fui tras el birmano. Llegamos al terreno baldío. Desnudos e intoxicados, los congregados danzaban, cantaban y eran promiscuos. El trajeado perdió su distintivo atavío, fue puesto en el altar y, justo cuando recobró el sentido, el birmano lo sacrificó.

Fui más libre que nunca. Participé en todas las etapas del aquelarre, sin importar su grado de impiedad. Compartí varias mujeres, sacrifiqué a un niño, aprendí oraciones que no debo reproducir. El birmano me impuso la marca que llevaré para siempre, oculta durante el día. La marca me identifica como uno de ellos.

Los excesos me agotaron. Dormí desnudo en la hierba, entre dos árboles manchados de sangre y otros líquidos. Desperté a mediodía y volví a casa, ávido de gozar con Petra.

El zaguán estaba abierto de par en par y una ambulancia se había estacionado ante mi casa. Pensé que la salud de mi madre había empeorado. Me equivoqué. Los paramédicos habían subido a la azotea, donde mi padre había descubierto que Petra agonizaba. Sin embargo, los paramédicos no priorizaron las heridas que yo había infligido, sino el estado de intoxicación que consumía a la paciente. Tras haberse desatado a saber cómo, había ingerido una droga inidentificable, que al parecer había estado envuelta en una tela verdosa.

Recordé.

Ella no se ha recuperado. Languidece en una clínica para drogadictos desahuciados, mientras que yo me afano en disuadir a varios médicos del diagnóstico que les inspiré. No dudan de mi locura, por más que, arriesgándome a las represalias del birmano, he dado santo y seña de la sede de las misas y lo que en ellas se hace. Según ellos, en el terreno baldío nunca se ha escenificado ni una pastorela; su dueño, un próspero arquitecto, la vigila día y noche con cámaras de seguridad, para evitar la invasión de paracaidistas. En la tercera casa de la privada, donde me consta que vivía el birmano, cohabitan dos solteronas pacíficas. En cuanto a mi marca, se estima que la produjeron tatuadores particularmente desequilibrados.

Moriré aquí. En el Infierno le pediré cuentas al birmano. Entretanto, seguiré evocando a Petra y fantaseando sobre lo que pude haberle hecho en otras circunstancias. Noche a noche, con las manos sujetas por correas que me impiden satisfacerme al despertar, revivo lo que pasó en aquel cuarto y gozo de un descanso placentero. 

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