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23:00 P.M

Hacía mucho frío, el viento soplaba muy fuerte. Por suerte, yo llevaba una camiseta de interior y un jersey de lana y encima un abrigo de piel, lo que me proporcionaba más termostato corporal. No podía creer la valentía de mi amigo Christopher, ¡estaba totalmente loco! Solo llevaba una camiseta azul de manga larga, pero remangada. Decía que tenía algo de calor; yo, de solo verlo, me ponía nervioso. Estábamos en la puerta del instituto esperando a nuestro amigo que al parecer se retrasaba.

¿Dónde demonios estará?, dije en voz baja mientras titiritaba de frío. Mis dientes rechinaban. Pudimos oír el ruido de un coche con la música alta desde lo lejos: ya estaba aquí, ya era hora de que apareciese. Se disculpó por la tardanza y, tras eso arrancó el coche, y nos fuimos de allí.

Él conducía demasiado deprisa. Si hubiésemos llegado a encontrarnos con la policía, hubiéramos tenido un serio problema.

Álex, el conductor kamikaze, tomó una desviación para salir a la carretera. Su manera de conducir me ponía un tanto nerviosa. Nos preguntó si queríamos alcohol, en los asientos de atrás tenía bolsas repletas de vodka, ginebra, Martini y demás. Sí, era un loco fiestero pero era buena persona en el fondo.

Quería que esa noche de Halloween fuera especial, no la quería ensombrecer con bebidas alcohólicas ni nada por el estilo. Álex efectuó un giro rápido con el volante y el coche se movió tan deprisa que dejó la señal de las ruedas desgastadas en el asfalto, tomó la siguiente desviación y aceleró: el auto llegó a alcanzar los 120 km/h. 

Nos dirigíamos a un pueblo abandonado en el que había un parque de atracciones que fue precintado por la policía de aquel entonces. Ya estábamos llegando, podía ver el gran cartel de: "Bienvenidos a Ayslum". El nombre me resultó de lo más raro, no sé, había algo que no encajaba... ¿pero qué?

Una vez allí, aparquemos el coche enfrente de dicho parque. Mi amigo sacó las llaves de la ranura, y el motor y las luces dejaron de funcionar. Habíamos llegado a ese sitio que yo misma descubrí por Internet. En la web decía que fue abandonado por motivos desconocidos.

En la misma puerta que permitía el paso al parque de diversiones había una placa amarilla con letras escritas en negrita que decía "PROHIBIDO ENTRAR". Lo ponía en letras bien grandes, pero ya saben: lo prohibido da morbo, ¿no?

Saltamos la valla, ya estábamos dentro. Era impresionante. Todos esos viejos columpios estaban cubiertos de polvo, nadie los echaba en falta. No podía creerlo: sentía como si hubiera estado ahí la noche anterior, había soñado que estaba ahí mismo pero sola, Christopher y Álex no me hacían compañía. Mis ojos brillaron al ver todo lo que tenía delante de mí, lo que más me gustaba desde pequeña era la noria. Quise montarme en ella. Invité a mis amigos a que hicieran lo mismo que yo. Éstos estaban felices de verme a mí. Álex tenía las manos metidas en los bolsillos como de costumbre y Christopher de brazos cruzados como siempre.

Los dos se me acercaron. Estaba tan feliz. ¡Me iba a subir con ellos en la noria! Sonreía como nunca, procedimos a subirnos escalemos hasta lo más alto con cuidado de no caernos. A decir verdad, tenía un poco de vértigo pero traté de no mirar abajo y seguí escalando. Me aferré a los hierros oxidados como un koala recién nacido a su madre. A mis amigos parecía gustarle aquello; a diferencia de mí, subían con muchísima facilidad. Una vez arriba, abrimos la puertecilla de hierro descolorida y entramos en este orden: primero yo, después Álex y por último Chris. 

La cabina era un poco pequeña pero cabíamos perfectamente. Cerré la puertecilla con mucho cuidado, acto seguido les di un fuerte abrazo. Me fascinaban los lugares abandonados. Había estado en miles pero ninguno se podía comparar a Asylum.

Yo fui la que saqué el tema. Le pregunté a mis amigos si les parecía extraño el nombre. Álex movió la cabeza en señal de negativa; después de preguntarle a él le pregunté a Chris: éste nos contó una leyenda urbana que solo él sabía, nos dijo que hace unos años atrás hubo un pequeño manicomio o asilo donde mataban y torturaban a gente senil.

Al escuchar la historia se me pusieron todos los vellos de punta así que decidí abrazarme a Álex. Estábamos en lo más alto de aquella noria inmóvil, escuchando la historia de una residencia en la que muchísimas personas habían sufrido todo tipo de vejaciones.

El joven siguió contando los hechos con expresiones y señales. De lo que más habló fue de una persona de unos sesenta años de edad que hacía experimentos humanos con las pobres víctimas; yo, del miedo, cerré los ojos. Ya no sabía si quería estar en un sitio como ese. Mi fiel amigo me dio un beso en la frente. Me sentí realmente reconfortada, ¿qué me podría pasar si estaba con dos chicos dispuestos a defenderme? "Nada", pensé. Algunas veces el mal no está en el exterior, ya saben a lo que me refiero.  Algunas veces el mal es invisible, no lo puedes ver, es como un lobo que se disfraza de cordero. Sienten esa sensación que sentí yo en su momento, ¿verdad? De que algo malo va a pasar y no pueden hacer nada para remediarlo.

Volviendo al tema, Chris se quedó callado. Nosotros lo miramos, esperando a que prosiguiera. Una sonrisa diabólica se dibujó en su rostro: se llevó la mano al bolsillo y sacó un cuchillo.

A mí me tenía más cerca, por lo que yo fui su primera víctima. Me apuñaló en el vientre con tanta fuerza que acabé perdiendo la vida en escasos minutos. Tras eso se lanzó a por su amigo y le hizo un corte profundo en la garganta.

Antes de morir escuchamos su confesión: la persona que trabajaba haciendo experimentos humanos, el que los transformaba en criaturas deformes y salvajes, era su abuelo.

Mi amigo y yo habíamos sido vilmente traicionados por Christopher. Éste le quitó las llaves del auto a su amigo y se bajó varios minutos después, tomó el auto y se marchó a toda prisa.

Nunca confíen en nadie, háganme caso...

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