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No sé que tan normal se le considere, pero el sábado pasado me levanté a las cinco de la mañana para ir a hacer ejercicio —puse el despertador a las cuatro, pero soy un wevon y no me dormí exactamente temprano, por lo que no lo escuché— en mi bicicleta por toda la ciudad.

Puente
Si puedo decir una verdad universal acerca de mí, esa es que me gusta pasear en bici. Más que gustarme, soy un enloquecido de la bici, el rock cristiano (y no cualquiera, solo la estación THE EFFECT) y los sábados soleados. Dame las tres cosas juntas y Dinamarca es desdichada en comparación. No es extraño verme llegar a casa rojo como tomate y empapado de sudor, eso no me detiene. Generalmente buscaba inscribirme en una materia que impartiera clase en sábado y así tener una excusa para andar desde temprano (claro que la materia ni se sentía: apenas si ponía atención), pero ya que estoy de vacaciones, el sábado tan solo porque ¿qué más puedo decir?

Por todo lo que acabo de escribir, sabrán que es cierto cuando les digo que a las cinco cuarenta estaba llegando al Chamizal (un parque nacional en la frontera con EU), y a las siete estaba en mi camino al camino Real, una carretera parte del anillo envolvente de CD. Juárez que viaja entre los cerros desde oriente a poniente de la ciudad. Subir en bici es particularmente difícil (al menos, a mi me lo parece), pero la vista desde allá arriba no se puede comparar. Además, me gusta ese recorrido, es desértico y adrenalínico. Hice una parada en el mirador Hidalgo para descansar y prepararme para la subida que me llevaría al descenso hacia los Ojitos, que era donde yo salía de ese camino para ir a mi casa. A lo largo de esta supercarretera, se han construido tan solo algunas salidas para las colonias más importantes; en mi viaje a la salida de los Ojitos, no pasaba más que por una de esas salidas que era la que llevaba a colonias superiores, como Galeana y otras que no conozco bien. Estaba llegando a las nueve cuarenta a esta salida.

Como el calor se empezaba a sentir (bien) aproveché también para descansar en la sombra del puente que pasaba sobre la carretera, el cual servía de entrada y salida. No me anduve con formalidades y me recosté sobre el concreto de la inclinación bajo el puente; incluso subí hasta la mitad, donde estaba más helado puesto que era la parte menos expuesta a la radiación solar. Quedé como a dos metros de la loseta y de las vigas, que retumbaban cada que los carros pasaban sobre mí, en intervalos regulares. Era tan fresco y tan cómodo que se podía dormir ahí, lejos del resplandor abrazador del sol, contemplando como ardía la arena y las rocas sin tener que estar necesariamente expuesto. Claro que no me iba a dormir —traía mi credencial universitaria, pero la policía municipal tampoco era tan flexible como para permitir que un estudiante se durmiera en donde le placiera— pero me permití cerrar los ojos y sumergirme en una agradable serenidad. Los autos pasaban a intervalos regulares bajo el puente, y menos regulares aún sobre él, pero llegó el momento en que dejaron de pasar por un buen rato. Fue entonces cuando la escuché: un sollozo.

Me arrancó de mi trance al instante. Busqué a mi alrededor, pero no vi nada ni nadie. Lo descarté como un error y volví a apoyar la cabeza en el concreto. Pero había sido tan real, hasta había hecho eco en... Entonces volvió a escucharse el sollozo, y esta vez más claro y alto. El eco se escuchó sepulcral y profundo bajo el puente. Alguien lloraba, y era una mujer.

Se me erizó el vello corporal, puedo apostar que de todas partes. Me quedé en mi lugar y busqué en todas direcciones. Como no vi a nadie, se me ocurrió que quizá quien estaba llorando estaba sobre el puente en lugar de debajo de él. Miré hacia arriba —obviamente no para buscarla, no puedo ver a través del concreto— y, desgraciadamente, la vi. No a ella propiamente dicho, en realidad: de una de las vigas del puente, apenas perceptible pero definitivamente ahí, colgaba un mechón de cabello largo. Al caer en cuenta de esto, el llanto de la mujer se multiplicó en llanto de varias mujeres, todas llorando a su propia penosa y silenciosa, pero espantosa manera. Todas parecían contenerse, pero yo igual me estaba muriendo.

Quedé hecho una estatua, completamente inmóvil. Piensa en cómo te sentirías viendo una araña de un metro pendiendo de la loseta a dos metros sobre ti; ¿no te sentirías acaso como atrapado ya en su telaraña? Pues bien, el cabello colgaba exactamente sobre mí, y su dueña permanecía fuera de mi campo de visión, en algún lado sobre la viga. Y su ausencia era el veneno. ¿Y si decidía salir, dejarse ver, o caer sobre mí? Moría de un infarto, seguro. Ya me estaba preparando para morir mientras obligaba a mis músculos a actuar precavidamente. Rezaba para que nada surgiese de encima de la viga. Que se quedara ahí; que se quedara ahí; que se quedara ahí; que no saliera... Me eché a rodar por la inclinación con un rápido y repentino movimiento y en menos de cinco segundos fui a parar contra mi bici. Sin detenerme a mirar ni nada, me monté en ella y pedaleé más fuerte de lo que jamás lo he hecho, aún con los incontables ecos de sollozos resonando en mi cerebro. Sólo dejé de oírlos cuando, ya estando a poco más de cien metros del puente, sentí que finalmente me alcanzó el espectro innombrable de la mujer, furiosa de que hubiera escapado, y me eché al suelo gritando sintiéndola envolverme como una poderosa ráfaga de viento para que no me arrastrara de vuelta a su lugar sobre las vigas.

No me levanté hasta que vi al tractocamión, cuyo paso había generado las ráfagas de aire que yo había confundido con un fantasma, frenar a un lado de la carretera. El conductor bajó y, al ver que me ponía de pie, me preguntó si estaba bien, pues creyó que me había golpeado con una piedra o algo. Tras medio minuto de estar ahí parado, como un tonto, le dije que me había caído nada más, que estaba bien y que agradecía su interés. Él subió a su camión y se fue, mientras que yo me quedé en pausa. No me importaban las heridas que me había hecho en los brazos al caer de la bici, ni el calor abrazador del sol que se ha levantado ya, tenía toda mi concentración en la tarea de evaluar si lo que acababa de presenciar había sido real. Me pareció muy mal lugar para seguir pensando en ello, así que me alejé rumbo a la salida de los Ojitos.

No hablé de eso con nadie por la misma razón por la que le mentí al conductor: porque no sabía si había sido cierto. Se había visto bastante real, pero las locuras siempre se ven reales. No volví a pensar en ese asunto hasta hace cuatro horas. En la madrugada que me desperté, la televisión estaba encendida y en las noticias, anunciaban que las autoridades habían descubierto el cadáver de una joven de veinte años dentro de una bolsa, escondido en las vigas de un puente del Camino Real. La necropsia de ley había arrojado que la chica posiblemente había sido asesinada el fin de semana y que no llevaba más de dos días muerta. No se sabía nada de los culpables.

No fui a trabajar y me quedé a cavilar todo el asunto. Al final, no me quedaron más que conjeturas desesperadas. ¿Será acaso posible que no haya estado yo bajo ella a poco tiempo de que la hubieran dejado ahí? ¿Cuanto tiempo llevaba ahí su cadáver antes de que me llorara encima...? ¿Y qué si seguía viva? No, imposible, no la hubieran dejado viva a simple vista. ¿Habré pasado junto a los tipos que la dejaron ahí en mi camino hasta el puente? Ahora, lo más importante: ¿pude yo haber hecho algo por ella? Traía mi celular; suponiendo que hubiera llamado a la policía desde donde estaba y hubieran llegado pronto. ¿existía posibilidad de atrapar a los responsables, o de hacer algo por la chica? ¿Cuáles serán las consecuencias de haberme asustado tanto? Piensa que eres una chica cuya muerte fue violenta y que rompe las barreras físicas para que alguien escuche su sufrimiento y haga algo para remediarlo. Pero este alguien se asusta y sale huyendo sin hacer nada por ti, y si existía posibilidad de hacer algo, ya se ha esfumado. Si has hecho esto, respóndeme: ¿Estoy a salvo?

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