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El tren que me llevaba a casa después de mi trabajo pasaba todos los días a las 9:30 P.M., la estación en la que estaba siempre se encontraba sola, habían como 3 o 4 personas cuando subía al tren, las ruedas hacían bastante ruido cuando el tren andaba, las vías estaban demasiado oxidadas, algo que se notaba a simple vista.

Aquella noche fría, cuya fecha no recuerdo, mi abrigo se había roto por una broma del trabajo, habían deshilado una parte y la amarraron a la puerta para que cuando saliera, mi abrigo se rompiera.

Mi reloj marcó las 9:28 P.M.

Hacía bastante frío y el tren aún no llegaba, el viento pegaba en mi cara lentamente, sentía como algunos mechones se sacudían al ritmo del viento, de vez en cuando silbaba, pero mis labios se habían secado aquella noche.

Mi reloj marcó las 9:40 P.M.

El frío comenzó a invadir mi cuerpo cada vez más, podía ver claramente cómo el vapor salía de mi boca en mi respiración agitada, sentía que me congelaba cada vez mas.

Hasta que un bello calor comenzó a envolverme.

Había una mujer muy bella de piel pálida, parada detrás de mí, colocando una manta caliente en mi espalda, quedando ella al descubierto en su vestido blanco de tela delgada.

-¿No tienes frío? - Pregunté, dirigiendo mi mirada a sus ojos de color claro.

-Todo está bien... - Respondió ella con una leve sonrisa.

Al parecer la chica tenía albinismo, sus labios se veían cortados dándole un fuerte color rojo, su cabello era tan blanco como la nieve, al igual que su piel, era un fino copo de nieve para mis ojos; era la primera persona, además de mi, en aquella estación de trenes.

Mi reloj marcó las 10:00 P.M.

-Ya viene el tren - dijo ella acercándose lentamente a la orilla de la plataforma.

El viento hacía que su vestido y su cabellera se alzaran a su derecha, era hermoso, mi corazón se aceleraba lentamente.

El tren se posó en frente de nosotros y sus ya oxidadas puertas se abrieron haciendo un crujido a causa del poco hielo atorado en las mismas, ambos entramos, el tren estaba totalmente vacío. Las puertas se cerraron y el tren comenzó a avanzar de manera un poco tosca.

Me senté primero, ella se sentó junto a mi, era un viaje un poco largo, pero por más de la mitad del viaje todo se mantuvo en completo silencio, cuando entramos al tren le devolví la manta, después de habernos sentado, de ahí, nada pasó.

La veía de reojo muy seguido, amaba como su cabello blanco cubría parte de su rostro y sentía su respiración.

Llegamos al fin, las puertas crujientes se abrían de nuevo, me puse de pie, y a su vez, ella también lo hizo, ambos bajamos y comenzamos a caminar; nuevamente, ella colocó su manta en mi espalda.

-Conservarla, te hará bien - dijo ella.

Me di cuenta de que estaba siguiéndome, lo comprobé al dar una vuelta a la manzana, sus pasos estaban detrás de los míos, pero por extraña razón no le dí importancia.

Mi reloj marcó las 11:00 P.M.

Comencé a bostezar antes de llegar a la casa, había sido un día bastante duro, mi apetito se había ido.

Ya faltaba poco, mi casa se encontraba en las orillas de la ciudad, caminaba unas cuantas cuadras después de la estación de trenes, y mis caminos siempre fueron de soledad, excepto ese día, el día en el que la mujer de nieve me seguía, la mujer que aceleró mi corazón por primera vez.

-¿Dónde vives? - Pregunté mientras dirigía mi mirada atrás de mi.

Nunca obtuve mi respuesta, aquella chica ya no estaba cuando hice esa pregunta, desapareció sin decir nada, me extrañé un poco y llegué a mi casa.

Mi reloj marcó las 11:20 P.M.

Saqué las llaves para abrir la puerta de mi casa, mis dedos se entorpecieron un poco y las llaves cayeron al suelo, aún tenía la manta puesta, junté las llaves, el vidrio en la puerta de mi casa se empañaba mientras las llaves entraban en la cerradura forzadamente, a causa de que estaba algo congelada.

Finalmente pude entrar, caminé hasta mi habitación, en el piso superior de mi casa, me quité la manta y la coloqué cuidadosamente sobre el cajón al lado de mi cama.

Pasé mucho rato tratando de dormir, pero no dejaba de pensar en aquella mujer de nieve, que me acompañó y me acobijó para soportar el cruel frío de aquella noche.

Mi reloj marcó las 12:00 P.M.

Tuve un curioso sueño, soñé con un copo de nieve cayendo desde una nube, y conforme llegaba al suelo se tornaba rojo; al caer, el suelo comenzó a mancharse de rojo mientras el llanto de una mujer comenzaba a sonar de fondo y copos blancos caían sobre el suelo rojo.

Mi reloj marcó las 8:00 A.M.

Mi despertador sonó, me desperté con torpeza cayendo de mi cama, me levanté a apagar la alarma, me di cuenta de que mi manta aún estaba ahí.

Me vestí para ir al trabajo, coloqué involuntariamente la manta en el interior de mi maleta y salí de mi casa hasta la estación solitaria de trenes.

En el tren dormí un poco, mi mente permaneció borrosa en transcurso del viaje hasta que la voz de mi parada sonó y me hizo reaccionar.

Mi reloj marcó las 9:30 A.M.

Llegué a mi trabajo con una sonrisa de motivación, mis compañeros de trabajo me veían con rencor, como normalmente lo hacían, pero a diferencia de los demás días, nadie me dijo nada, nadie me molestó en todo el día.

Hice mis labores tranquilamente.

Fue un día bastante agradable, pero, a pesar de eso, me intrigaba demasiado que no me hayan hecho bromas. Salí de mi trabajo tranquilamente, colocándome la manta en mi espalda, ya que de nuevo hacía frío; suspiraba con la esperanza de volver a ver a la bella mujer de nieve.

Mi reloj marcó las 9:28 P.M.

Llegué a la estación de trenes, había demasiado silencio, la bella mujer de nieve no estaba ahí.

El tren llegó justo a la hora, pero me quedé de pie unos segundos con la esperanza de que ella llegaría, pero al ver que las puertas estaban por cerrarse, corrí con torpeza y logré entrar, pero, antes de eso, mi manta calló al suelo, entre las puertas del tren y la estación de trenes, había perdido la manta.

Estaba desilusionado, traté de olvidar eso y cerré mis ojos, pasó un rato de silencio en el vacío tren, hasta que una voz muy bella me despertó.

-Te gusta mucho esa manta, ¿no?

Miré a mi derecha con la vista aún borrosa, notaba una silueta blanca mirándome, mi vista se aclaró y me di cuenta de que era ella, noté que tenía mi manta puesta, ella me sonrió con calidez y se recostó en mi hombro, a lo que mi obvia reacción, me puse rojo. Estuvimos así todo el viaje, ya que, al parecer, la chica se quedó dormida.

Mi reloj marcó las 10:20 P.M.

El viaje había terminado, ambos bajamos del tren y comenzamos a caminar, noté nuevamente que me seguía, y al llegar a mi casa me detuve, a su vez, ella lo hizo.

-¿Esta es tu casa? es muy linda - dijo ella detrás de mí.

-Si... ¿Y tú? ¿De dónde eres? - le pregunté.

Conduje mi mirada hacia donde ella, pero nuevamente ya no estaba, una sensación de ansiedad me invadió al sentir un beso en mi mejilla, ya que nuevamente estaba solo.

Entré a mi casa, cerré todo y, después de cenar, fui a dormirme, para mi desgracia, no podía dormir, no dejaba de pensar en esa sensación sin presencia que experimenté hace rato, no pude dormir en roda la noche.

Mi reloj marcó las 8:00 A.M.

El despertador sonaba, estaba quieto, mirando a la nada, tenía unas bolsas en los ojos, tenía tantas ganas de dormir, apagué mi alarma y me acobijé de cuerpo completo, hasta que, por fin, pude cerrar mis ojos y dormir.

Al parecer hoy no fui al trabajo.

Mi alarma sonó nuevamente.

¿Pasé todo un día dormido? Pensé al levantarme bruscamente de mi cama. Me preparé lo más rápido que pude y corrí a la estación de trenes para poder llegar temprano al trabajo; ahí estaba ella, mirando hacia donde yo estaba, esperando mi llegada.

Llegué con ella, al instante comenzó a abrazarme, y llorando, me decía:

-No vayas al trabajo hoy.

-Perdona - le respondí confundido - te veo más tarde.

La solté al darme cuenta de que el tren ya había llegado y sin nada más que decirle, me introduje en el tren.

Mi reloj marcó las 10:00 A.M.

Llegué a mi trabajo, noté que todos estaban serios, veía que algunos lloraban, todos me veían, pero nadie decía nada, me confundía demasiado, fui hasta mi asiento sin preguntar nada y comencé a hacer lo más rápido que podía todo el trabajo atrasado que no había hecho ayer.

Casi terminaba todo, incluso mis labores de hoy, cuando mi jefe se me acercó y posó su mano en mi hombro.

-Tu compañero falleció el día de ayer - me dijo.

-¿Qué? ¿¡Cómo!? - le respondí sorprendido y asustado.

-Se suicidó.

Fruncí el ceño, me levanté y miré a mi jefe.

-Renuncio - le dije con voz molesta.

-¿Qué te pasa? - me dijo mi jefe con completa confusión.

No respondí a su pregunta, solo tomé mis cosas y salí, suponía que era otra broma de trabajo, ya estaba harto de eso; estaba a punto de cruzar la puerta cuando mi jefe me detuvo y con voz temblorosa, casi rompiendo en llanto, me dijo:

-Atente a las consecuencias de tus erróneos actos...

No le di importancia alguna.

Mi reloj marcó las 6:00 P.M.

Fui a la estación de trenes, en donde, para mi sorpresa, estaba ella, al parecer esperándome, ya que, al verme a lo lejos, corrió hacia donde estaba y me abrazó llorando.

-Te dije que no fueras - me dijo.

-¿Sabías esto? ¿Quién eres? - le pregunté.

Agachó su mirada al suelo y comenzó a caminar, desviándose a un lado de las vías del tren, y caminó en la dirección que las mismas llevaban. Me extrañé y comencé a seguirla.

-¿A dónde vas? - pregunté.

-El tren no pasa a esta hora - me dijo con una sonrisa.

Ambos caminamos a un lado de las vías del tren, yo detrás de ella, sin decir nada. Pasaron aproximadamente 2 horas, cuando comencé a notar a lo lejos la estación de trenes que me dejaba para caminar a mi casa.

Estaba cansado, pero ella se veía animada, "¿De dónde saca tanta energía?" pensaba. El sol había desaparecido a esa hora, pero las luces que aún salían después de la vista que mis ojos lograban percibir, coloraban el cielo de un degradado de amarillo a rosa y de rosa a azul, era una vista bastante hermosa.

-Te traje a casa - me dijo ella con su mirada agachada.

-¿Dónde vives? - le pregunté, la misma pregunta con la que siempre se iba de mi vista.

Ella comenzó a llorar.

-No tengo hogar... - me dijo con vergüenza.

Estuve pensativo un momento, miraba como sus cabellos se enredaban en su cara, pegándose en sus lagrimas, me preocupaba verla así.

-¿Por qué no vienes conmigo? - pregunté.

Ella, con una pequeña sonrisa, ascendió con la cabeza mientras se limpiaba las lagrimas.

Mi reloj marcó las 8:20 P.M.

Llegamos a donde mi casa juntos, abrí la puerta y ambos entramos, noté que la chica estaba temblando y su cara daba a entender que sentía nostalgia mientras observaba el interior de mi hogar. Cenamos juntos y nos preparamos para dormir, al tener solo una cama decidí que ella dormiría allí y yo en el sofá.

Pasó un rato cuando el silencio fue total en mi casa, ambos estábamos dormidos.

Mi despertador comenzó a sonar, logré captar su sonido desde la planta baja de mi sofá y subí corriendo de forma silenciosa para apagarlo y no molestar a la bella mujer de nieve, pero al llegar a la habitación me di cuenta de que no estaba, solo una nota en la cama, un papel blanco con una pequeña mancha color carmesí en la esquina superior derecha, la nota decía:

"Yo lo hice".

Me quedé extrañado un poco, bajé desilusionado a la sala de mi casa y pensé un rato, pero por más que lo hice, no podía comprender nada.

Mi reloj marcó las 2:00 P.M.

Pasaron los días después de eso y jamás volví a ver a la chica, creía que era mejor así, pero realmente quería verla, así que me arreglé y salí a la estación de trenes, donde supuse que la vería, pero al llegar, no estaba.

Caminé desilusionado por la zona y, después de un rato, encontré dos papeles juntos en el suelo que llamaron mi atención, los junté y tal fue mi impresión que caí al suelo, en cada papel había una foto, una de la chica y otra mía, con la nota de "Extraviado" escrita.

Miré al frente y, allí estaba la chica, llorando, con su vista a las vías del tren, caminé hacia donde estaba ella y miré hacia donde ella lo hacía.

Había dos cuerpos destrozados en las vías, dos cuerpos que reconocía fácilmente, mi cuerpo y el de ella...