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Era la noche más hermosa, con la luna más divina. La noche perfecta; solo éramos unos críos ¿Qué hacíamos en aquel bosque? Ahora solo queda su voz.

Leo y Laura, mis mejores amigos, estábamos junto la hoguera, intentando calentarnos un poco. Ya que nos aburríamos mucho empezamos a contar historias de terror, como ninguna de las dos se sabía una, Leo comenzó a contar una:

-¿Vosotras sabéis quién es Black Hoodie?

-No -respondimos al unísono.

-Pues deberíais saber quién es. Cuenta la leyenda que en noches como estas sale el asesino del bosque, o más conocido como Black Hoodie. Siempre va vestido con colores oscuros para que sus pobres víctimas no le puedan ver en la oscuridad, con una máscara negra, bajo los ojos lleva dos líneas blancas, que según lo que he oído, eran sus lágrimas, que habían desteñido la máscara. Ataca a sus víctimas haciéndoles una incisura en la nuca, terminando rápidamente con su vida. Es rápido, fuerte e inteligente, conoce las debilidades de cada uno y sus puntos débiles. Se alimenta del caos, del sufrimiento, del dolor... algo así como un demonio. Este "ente" devora tu alma, empezando por todo lo que tú has conocido y amado; se mete en tu cuerpo de la manera más placentera posible y se lleva tu alma junto con todos tus sentimientos. Hay víctimas que recuerdan haber tenido sexo, otras que se besaron; sea de la manera que sea, no intentará agredirte para conseguir lo que quiere, siempre intentará persuadirte, enamorarte...

Leo se detuvo.

-¿Por qué paras? sigue, por favor.

-Perdonadme, pero tengo que ir al baño.

-O, sí, por supuesto. Vete.

-Ok. Vuelvo en cinco minutos.

Mientras tanto Laura y yo nos quedamos hablando sobre la historia de Leo, al quedarnos sin nada que decir, solo esperamos a Leo sin decir nada. Pasaron cinco minutos, nadie apareció. Diez minutos, nadie apareció. Veinte minutos, nos empezamos a preocupar. Treinta, estábamos muy preocupadas.

11:11.

Era de madrugada, empezamos a oír sonidos extraños, oímos un grito, se nos puso la piel de gallina, estábamos paralizadas. De repente, saltó de los arbustos un chico con sudadera negra, máscara y un cuchillo; nosotras, para protegernos nos pusimos las manos en la cabeza y empezamos a gritar. Después de unos segundos, el chico empezó a reír, entonces descubrimos que aquel chico era Leo, que nos dijo partiéndose de la risa:

-Parecíais tan estúpidas con las manos en la cabeza y gritando como niña...crck...grucklugrucklu

-Leo no hace falta que sigas... ¿fingiendo?

Contemplamos con horror cómo los balbuceos de nuestro amigo se convertían en llantos y gritos agónicos, en cuanto vimos que de su vientre salían viseras y sangre, mientras que sus ojos se deslizaban fuera de sus cuencas oculares, de donde ya solo emanaba un hilillo de sangre. Leo cayó de rodillas al suelo, dejando ver que detrás de él se hallaba una criatura con forma humana, de aspecto escalofriante y aterrador; llevaba el rostro cubierto por una máscara con dos líneas blancas que le caían de debajo de los ojos y una capucha negra, o al menos de un color muy oscuro.

Laura trató de escapar, yo me quedé quieta. Aquel monstruo la alcanzó en casi un instante, como si se hubiera teletransportado. Se notaba cuando corría que no hacía ni un solo ruido, y si lo hacía, sería un ruido tan suave que ni yo ni Laura lo podríamos oír; seguramente estaría acostumbrado a andar por aquellos bosques. La agarró de la muñeca y se la partió, en un microsegundo ya tenía puesto su cuchillo en el cuello de mi amiga, Laura intentaba forcejear inútilmente; cuanto más forcejeaba más dolor sentía. Me dijo que me diera la vuelta para que viera a mi amiga sufrir, no es que quisiera, pero de alguna manera me volteé a observar, y desgraciadamente vi como lentamente le sacaba los ojos y se los comía, Laura cayó al suelo inconsciente; no solo sirvió con torturarla, sino que la cogió del pelo y le hizo un corte en la nuca. No pude soportar ver eso y me desmayé.

Desperté días después en el hospital, mi madre estaba al lado mío.

-¿Dónde estoy?- sentía un fuerte dolor de cabeza.

Mi madre, con lágrimas en los ojos, me dijo:

-Cielo mío, ¿estás bien?

-Sí, supongo.

Me abrazó apasionadamente, al abrazarla descubrí con horror que en mi mano izquierda tenía un símbolo bastanta extraño, era un círculo, lo dividía en dos mitades una línea en diagonal de derecha a izquierda. Mi madre, más relajada, me dijo que nos iríamos a casa esta noche. No le conté nada sobre lo que pasó aquella noche, ni a ella, ni a nadie más.

Llegamos a casa. Me duché, me puse el pijama y me fui a la cama.

11:11

No podía dormir, por lo que fui al baño. Me miré al espejo, y ahí estaba, en el espejo; Black Hoodie.