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Nunca voy a olvidar a esa niña, esa pequeña niña que siempre estaba feliz, pero sabía que en el fondo esa felicidad no era nada más que locura. Esa sonrisa era falsa, a la verdadera niña la vi un día... Lo recuerdo como si fuera hoy ese día, jamás se me olvidará.

Yo necesitaba un trabajo, pues debía mantener a mi familia. Un hombre muy gentilmente me pidió que lo ayudara en su empresa, y que además me pagaría por la ayuda.

Un día fui a su casa, terminaríamos ahí algunos planes para el negocio.

Estábamos sentados alrededor de una mesa, ocupando alguna habitación que él utilizaba para hacer este tipo de cosas. Conversábamos, como siempre hacíamos antes de planificar todo, o seguir con el trabajo.

—Creo que iré a buscar unas cuantas hojas, tengo algo escrito en ellas —dijo el señor.

—Yo los pueda ir a buscar, no se preocupe.

—Gracias, están en..., la puerta izquierda, al finalizar el pasillo. Tú sabrás bien dónde esta —se sentó nuevamente, y me dirigí al pasillo.

La casa era grande, tenía un pasillo amplio. Escuché una voz, al parecer de una niña pequeña. Pensé que era la hija del empresario y pasé a lo largo de la habitación.

Llegué a la habitación que me habían mandado y saqué los papeles que me había pedido. Regresé a la sala con normalidad. Pero en pleno discurso con el jefe, me distraje, y miré una fotografía de una niña pequeña. Era un cuadro con marco azul marino, y la fotografía era de la niña, con un vestido negro, una sonrisa y una muñeca bajo su brazo.

—¿Qué sucede? —me preguntó el jefe, notando que yo estaba observando la fotografía—¿Sucede algo malo?

—No... No hay nada malo. —hice una pausa, mi miré de nuevo la fotografía—¿Es su hija? —señalé el cuadro.

—Lo era... —hizo una pausa, y se entristeció—.Pero murió.

En ese momento me congelé. Callé, suponiendo que mi mente me estaba jugando una mala pasada.

Siguió él jefe con su discurso, hasta que terminó. Algunos se fueron a sus casas, y otros se quedaron para preguntarle al empresario alguna de sus dudas.

—Disculpe, ¿dónde está el baño? —le pregunté al jefe, interrumpiéndolo con su conversación.

—En el pasillo, cerca de la habitación a la que fuiste antes —me respondió, a lo que yo me acerqué al pasillo, inseguro de lo que iba a hacer.

Caminé por el pasillo, hasta escuchar sollozos de una niña pequeña, la puerta estaba entreabierta y el cuarto era el mismo en el que había escuchado las voces antes.

Abrí la puerta, lenta y cuidadosamente. La puerta crujió, pero seguí adelante.

Al abrir la puerta por completo, pude ver a la niña de espaldas, recostada en su cama: tenía el mismo vestido negro y el cabello oscuro de la foto. Seguía llorando, y a veces hasta hacía gritos ahogados. Me acerqué un poco más.

La niña volteó poco a poco, y vi que en su cara no había ojos, sino que eran botones. La niña sonreía y su cara estaba pálida. Bajé un poco la mirada, y vi que en sus brazos estaba la muñeca de la imagen, pero esta vez sin sus botones.

Ella se acercaba a mí, y yo retrocedía cada vez más.

—¿Por qué te alejas? ¿Me temes? —decía ella, y su voz retumbaba en mi cabeza una y otra vez. Luego de decir esto, empezó a reír a carcajadas. Su voz era aguda, una voz suave y aguda, que parecía bonita, pero las palabras que salían de ella no lo eran.

Siguió acercándose, hasta que su muñeca se deslizó entre sus brazos, y cayó en el suelo. La niña se puso a llorar, amargamente, haciendo que mis oídos dolieran. Luego ella se inclinó, y tomó de nuevo a la muñeca.

Al levantarse nuevamente, pude observar cómo ahora su muñeca tenía sangre en su vestido, por la cara e incluso por el cabello. Ella sonrió.

—¿Te gusta mi muñeca? —preguntó sonriente, para luego alzar a su muñeca hacía mí—Te la regalo. —me la entregó en las manos, luego se alejó unos cuántos pasos. Sonriente se acercó a su cama, y tomó a otra muñeca.

Mientras lo hacía, yo solo la miraba atónito. Miré a la muñeca que tenía en mis manos: no tenía sus botones, solo se le notaba la pequeña sonrisa en su rostro. Su vestido ensangrentado, además de algunas manchas y desgarros hechos.

—Antes de regalártela... —hizo una pausa. Se volteó nuevamente, y pude ver que la otra muñeca que tenía en su mano ahora tampoco tenía ojos—, tienes que hacer algo especial—tomó una aguja de una mesita pequeña, y un hilo que había al lado de esta. Se acercó hacía mí, con pasos lentos y cuidadosos—. ¿Quieres un cambio de imagen? Te verás aún mejor que mi muñeca, ¿sabes?

Se acercó hacía mí, hasta llegar enfrente, me miró con sus botones y sonrío nuevamente.

Nunca olvidaré ese día, ese momento que se volvió eterno para mí...

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