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—Pase por favor, señor Thomassen —dijo la secretaria. El hombre respondió con un leve “gracias” mientras caminaba hacia la puerta. Su reloj de pulso marcaba la 1:25 de la tarde. A pesar de su nerviosismo, hizo su mayor esfuerzo por caminar con seguridad, aparentando normalidad.

—Siéntese señor… ¿Thomassen? —le dijo el sargento—. Dígame, ¿qué es eso tan importante que usted considera de “seguridad nacional”? —añadió en un tono un tanto irónico.

El Sr. Thomassen no pudo ocultar más su nerviosismo. En un movimiento rápido y brusco, levantó el sobre que contenía su filmación y fotografías, y dijo en un tono entrecortado:

—Tengo pruebas, señor, de que hay oscuras fuerzas experimentando con nosotros. Logré filmar a un hombre en Providence que entra a una cafetería una y otra vez, haciendo exactamente lo mismo cada vez. Si me permite… —dijo el Sr. Thomassen mientras caminaba hacia el televisor e insertaba la cinta de video en el reproductor.

El sargento no hacía nada más que observar, tocando de vez en cuando su tupido bigote. “Otro loco”, pensó para sí.

Comenzó el vídeo. En el televisor se observaba una cafetería vista desde la esquina contraria de la calle; gente caminando, algunas veces deteniéndose a charlar, y en la siguiente escena se observaba a un hombre vestido de traje que entraba a una cafetería. El Sr. Thomassen sabía que sólo disponía de unos minutos, por lo que adelantó la cinta hasta el momento en el que el hombre de traje salía de aquel lugar. El reloj de la videograbadora marcaba las 12:24 p.m. Dejó correr la cinta en modo rápido y en la pantalla se observaba cómo el hombre de traje entraba y salía una y otra vez de la cafetería, repitiendo sus movimientos de manera idéntica. El reloj de la videograbadora avanzaba, marcaba las 12:27 y el hombre de traje entraba, las 12:30 y salía, 12:33 y regresaba a la cafetería para salir tres minutos más tarde. El filme avanzó hasta que el reloj de la pantalla marcó las 3:45, momento en el que terminó la grabación.

—En ese momento se me terminó la cinta; pero le tengo otras tres grabaciones de personas que hacen exactamente lo mismo, una y otra vez durante todo el día: la Sra. Miller, de Ohio, sale de su casa, entra a su auto y se va. Cinco minutos después la misma Sra. Miller vuelve a salir de su casa e irse en su auto. El joven Blake, en Kentucky, llega a un bar en su auto y se lo deja al valet parking. Tres minutos después llega el mismo auto, sale el mismo joven y el mismo valet parking vuelve a llevarse el auto. La última grabación muestra a un sujeto que intercepta a una mujer en un callejón para robarle el bolso, el sujeto sale corriendo y la mujer tras de él. Poco tiempo después vuelve a aparecer la misma mujer y el mismo sujeto le vuelve a robar el bolso, saliendo a toda prisa con la mujer persiguiéndolo. Todos los casos se repiten una y otra y otra vez. ¿Se da usted cuenta, sargento? Creo que oscuras fuerzas realizan experimentos con algunos de nosotros, juegan con el espaciotiempo seleccionando personas y haciéndolas repetir las mismas acciones por toda la eternidad… pero yo los descubrí. Creo saber cómo y qué lugares eligen para sus experimentos —terminó. En ese momento era ya imposible ocultar su semblante de nerviosismo, inquietud y miedo.

—¿Tiene idea de lo que tiene usted aquí, señor? —dijo el sargento en un tono serio, haciendo referencia a las filmaciones del Sr. Thomassen.

—Sí señor, sí la tengo —respondió Thomassen.

—¡Patrañas! —le dijo el sargento—. Buen día —añadió mientras le señalaba la puerta.

—¡No son Patrañas! —vociferó Thomassen al tiempo que se levantaba bruscamente de su silla—. ¡Debe usted creerme! ¡Esas pobres personas están condenadas a hacer lo mismo durante toda su vida! ¡Debemos detenerlos!

—Seguridad, tengo un demente en mi oficina. Vengan por él.

Dos corpulentos policías entraron a la oficina, sujetaron al Sr. Thomassen por los brazos y lo llevaron hacia la puerta.

—¡¿Qué hacen?! ¡Suéltenme! ¡Debemos detenerlos, debemos detener…! Oh no, ¡no! ¡Por esa puerta no, por esa puerta no! —gritaba mientras era sacado por la fuerza de la oficina.

“Vaya demente”, pensó el sargento.

—Que pase el siguiente, señorita —le dijo a su secretaria por el intercomunicador.

El sargento miró hacia la ventana. Afuera era la 1:41, el sol brillaba con cierta intensidad bajo el cielo despejado de aquella tarde de martes. Estaba impaciente por salir del trabajo y llegar a casa.

El reloj del sargento volvía a marcar la 1:25 p.m. Un hombre de aspecto introvertido entró a su oficina. Debajo del brazo llevaba un sobre amarillo.

—Siéntese señor… ¿Thomassen? —le dijo el sargento—. Dígame, ¿qué es eso tan importante que usted considera de “seguridad nacional”? —volvió a añadir, con el mismo tono un tanto irónico.