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Me acuerdo con horrorosa claridad de aquella semana en que le mentí a mi familia entera y tuve a mi abuela muerta refrigerada por tres días. Los acontecimientos superaron en creces las expectativas que tenía para ese fin de semana en particular y para el resto de mi vida en general. Y todo comenzó con un cumpleaños de quince.

   Tengo una familia numerosa y unida, aunque algunos viven más lejos de lo que quisiera. Tal es el caso de mis tíos paternos, que tienen una casa muy bonita en Córdoba. El resto vivimos en Buenos Aires, desperdigados por la capital y en provincia. Así y todo siempre intentamos reunirnos para los eventos importantes, porque somos conscientes de que la familia es el mayor tesoro y debemos protegernos entre nosotros.

   Mi prima Luli, que vive también en Córdoba, cumplía los quince años el sábado y casi toda la familia había colaborado para organizarle la fiesta más hermosa de todas, incluyendo una inversión descomunal de dinero que tomaría la forma de entradas y platos principales y manteles y globos y luces y un DJ sobrevalorado, entre muchas otras cosas. Pero el problema empezó el jueves por la tarde, cuando mi abuela no se murió. En realidad veníamos esperando el adiós hacía varios meses, desde que había caído enferma y el médico nos había asegurado que no le quedaban muchas semanas. Después de todo ya andaba por arriba de los noventa años y a uno le causa menos tristeza cuando la sentencia de muerte la firma la naturaleza. Creo que hay cierta correspondencia entre el deceso y la vejez, que pocos se atreverían a cuestionar. Ese jueves la familia entera iba a reunirse para viajar en micro a Córdoba y celebrar los quince de Luli. La equis estaba marcada en el calendario hacía meses y nadie se había preocupado por el cuidado de la abuela porque no creímos que llegara tan lejos. Pero lo hizo.

   Mi mamá, como buena hija, dejó a mi abuela a cargo de Marcela, una tía política que no tenía interés en viajar a Córdoba. Y el resto partió felizmente ese jueves por la noche. El único miembro de la familia que se quedó en Buenos Aires, además de la tía Marcela, fui yo. Las eventualidades de la vida me habían llevado a comprometerme con un evento televisivo ese mismo viernes, así que no tenía otra opción que tomarme un avión el sábado para llegar a tiempo a la fiesta. Soy actor aficionado y tenía que filmar una publicidad, pero lo que me despertó a la madrugada no fue la alarma del reloj sino una llamada desesperada de la tía Marcela.
– Se murió la abuela, Germán -me escupió antes del hola o el disculpame la hora.
– ¿Qué pasó, tia? -le pregunté más por hacer tiempo para despabilarme que por la sorpresa. Automáticamente me levanté de la cama y sacudí la cabeza para despertarme de verdad.
– Se murió, boludo. La fui a ver y no respiraba. No sé qué hacer, Germán -y dijo otra vez mi nombre con intensidad, como si pronunciarlo la hiciera sentir menos sola-. Está ahí, en la pieza, y no sé qué hacer. ¿Me entendés que se murió y la estoy viendo?
– Bueno, tía… Ya voy para allá. Llamá a la ambulancia mientras…
Y corté la comunicación. Sabía que si la prolongaba un poco más, la tía se iba a poner a recordar momentos vividos con la abuela y yo estaba demasiado dormido para seguirle la conversación. Pero entonces caí en la cuenta de que la casa de la abuela estaba a dos horas de distancia en colectivo y que yo no tenía efectivo, porque todo mi dinero estaba en la caja de ahorro.
– Facu -llamé por teléfono a mi mejor amigo-, perdón la hora… Pero necesito que me hagas el favor de tu vida.

   Por suerte Facu estaba despierto jugando a los videos con otros amigos, con tantas cosas en la cabeza me había olvidado de que se iban a juntar y yo no iba a ir porque tenía que descansar para filmar la publicidad. En cuestión de minutos escuché la bocina del auto y salí corriendo hasta la puerta del copiloto porque, además de todo, estaba garuando. Facu es una de esas personas que siempre está al pie del cañón, pero que no habla más de la cuenta. En medio de la desesperación de no saber qué hacer, contar con su silencio durante todo el trayecto me resultó más reconfortante que cualquier frase de Paulo Coelho que pudiera haber intentado citar.

   Una hora y media después llegamos a la casa de la abuela. Aunque Facu no hubiera sabido la altura exacta, el tumulto de gente que había en la puerta le habría indicado a cualquier conductor que se trataba de la escena de una tragedia: los vecinos cruzados de brazos y cabizbajos, los más prudentes bajo la protección de un paraguas desgarbado. La tía Marcela estaba pálida y con el pelo atado de cualquier forma, hablando con la señora que vivía al lado.
– Todavía estamos esperando la ambulancia, Germancito –me dijo a modo de saludo la tía-. Parece mentira, pero ninguno quiere quedarse adentro.
– Está bien, tía -le sonreí con cansancio-. ¿Cuándo hablaste por última vez con la abuela? Quiero decir, antes de que…
– Cuando cenamos, nene… Estaba bien, viste que a veces se iba un poco… Pero hoy estaba bien, me preguntó por vos y todo. Quería saber si ibas a ir al cumple de Luli…

   Pensar en el cumpleaños me hizo caer en la cuenta de que tenía sólo unas horas para volver a mi casa y prepararme para ir a filmar. Necesitaba que la ambulancia llegara lo antes posible. Como suele suceder en éste tipo de situaciones, sin embargo, pasó una hora más hasta que por fin apareciera. Entonces guié a los paramédicos hasta la habitación y miré desde lejos cómo se llevaban a la abuela de ahí. La tía y yo seguimos la ambulancia en el auto de Facu hasta el hospital correspondiente y pasamos el resto de la noche haciendo el papeleo de la obra social para determinar dónde se haría el funeral y dónde sería el entierro. Es increíble pensar todo lo que queda por hacer una vez que te morís. Y lo peor de todo es pensar que todos aquellos servicios suponen dinero del que ya no disponés. Estaba amaneciendo cuando comencé a entrar en crisis y le dije a la tía que necesitaba irme con urgencia y que tendría que terminar de firmar los papeles ella misma.
– Pero si ni siquiera tengo el mismo apellido, Germán -me dijo con los hombros hundidos-… Si vos no podés encargarte voy a tener que llamar a tu mamá.
– La puta que lo parió -dije en una especie de grito ahogado-. Me olvidé de mamá. No podemos decirles nada, tía. A ninguno.
Entonces nos quedamos mirando como si de pronto hubiéramos recordado que no podía haber funeral ni entierro mientras toda la familia estuviera en Córdoba. Pero tampoco podíamos arruinarle el cumpleaños a Luli, ni tirar a la basura todo el dinero que habíamos invertido en esa maldita fiesta. Además, aunque el mundo entero viniera a nuestro encuentro, la abuela se había muerto y eso era un hecho que no iba a cambiar. Entonces un pensamiento, tan claro como lo anterior, invadió mi mente:
– Se murió la abuela –dije en voz alta-. Y va a seguir muerta para la semana que viene.

   No perdí demasiado tiempo en explicarle a la tía Marcela cuáles eran mis planes porque sospechaba que no iba a entenderme mucho y por temor a que desaprobara mi idea. Lo que hice fue buscar a uno de los enfermeros de guardia y conversar sobre otras opciones. Me contactaron con una agencia que se hacía cargo de estas situaciones particulares y para cuando terminé de firmar los papeles, un trasporte privado se llevó a la abuela a una especie de almacén donde se podían refrigerar los cuerpos y así evitar la descomposición. Algo así como una morgue privada. Estaba tan cansado que ni siquiera me detuve a considerar las consecuencias éticas de lo que estaba haciendo.

   La tía Marcela estaba tan afectada, que no me quedó otra opción que llevármela a mi casa para que descansara un poco. Facu tuvo que conversar con ella todo el camino porque no se callaba, mientras yo intentaba dormir en el asiento trasero. Lo único que me faltaba era salir ojeroso en la publicidad.

   Para el mediodía, sin embargo, ya había salido del set de filmación con nuevas propuestas de trabajo y bolsas con muestras gratis del producto que estaba promocionando. Cuando llegué a mi casa, encontré a la tía completamente dormida en mi cama. Seguía tan agotado, que simplemente me dejé caer a su lado y no me desperté hasta el otro día.
– Germán, Germán -escuché la voz de la tía entre sueños-… Vas a perder el vuelo.
Me tomó más de la cuenta despabilarme y ya era la segunda vez que la misma voz me despertaba con malas noticias. Esta vez, sin embargo, me llevó menos tiempo comprender sus palabras y me levanté sobresaltado. Aún tenía algunas horas para prepararme, así que desayunamos en silencio y sólo le pedí que no le dijera a nadie lo que había pasado, al menos hasta después del cumpleaños de Luli. Nadie más tenía que pasar por el estrés que nos estaba consumiendo a ambos. Por supuesto que la tía no estaba de acuerdo, pero ella también había aportado dinero para Luli y sólo cuando puse esa carta sobre la mesa fue que accedió a mi pedido.

   Por la tarde abordé el avión y mi hermano me fue a buscar al aeropuerto. En cuanto me vio, supo que algo había pasado.
– Ey, ¿te fue mal en la filmación? -me preguntó antes que nada.
– Se murió la abuela, boludo -solté sin más. Sin la tía Marcela, necesitaba otro cómplice.
Mi hermano estuvo de acuerdo conmigo en que no teníamos que decir nada y comprendió, como yo, que no nos quedaba otra opción que guardar el secreto por el bien común. La fiesta comenzó alrededor de las ocho de la noche y tuve que ponerme un traje oscuro con zapatos y todo. El vestido de Luli era rosado y extravagante. La familia entera estaba luciendo sus mejores prendas y sonrisas para las fotos y los videos. Yo mismo estaba poniendo en práctica mis dotes actorales para desviar la conversación cada vez que mamá comentaba lo raro que era que la tía Marcela no le respondiera los mensajes. Con el correr de las horas comencé a tomar de más y para la madrugada ya estaba completamente borracho. Déjenme decirles que eso de que al otro día no te acordás de nada, es pura mentira. Puede ser que el alcohol te desinhiba un poco, pero te acordás de cada palabra. Por eso sé que cuando me senté en la mesa a refrescarme mi papá, que estaba tan borracho como yo, dijo entre risas:
– ¡Si la vieja viera lo que gastamos, se cae muerta de una vez! -entonces mi mamá le pegó en el hombro, como suelen hacer las esposas cuando sus maridos dicen alguna idiotez. Lamentablemente yo no tenía ninguna pareja que me detuviera antes de que pudiera responderle:
– ¡No necesita ver nada! -grité antes de soltar la carcajada- ¡Porque ya se murió y la tengo en una heladera!
Los que estábamos borrachos nos reímos, pero había personas que no habían tomado tanto alcohol o que no compartían nuestro sentido del humor. Una de esas personas era mi mamá.
– ¿Qué decís, Germán? -me preguntó mientras me revoleaba una servilleta.
– ¡Se murió el jueves! ¡Qué querías que hiciera!

   Creo que tuvieron lugar dos o tres oraciones más por mi parte antes de que los demás comprendieran que no era ninguna broma y efectivamente la abuela estaba en una heladera esperando a que acabara el festejo, que terminó con mi mamá llorando desconsoladamente y mi papá mirándome mal, mientras mi hermano se hacía el desentendido.

   Recién para el domingo a la noche pudimos volver todos a Buenos Aires, algunos en avión y otros en micro. La tía Marcela había reunido el coraje necesario para organizar el funeral y llegamos todos a tiempo para despedirnos, aunque yo había hecho mi duelo varios días antes. Entre apuros, idas y venidas, ni siquiera tuve que cambiarme. Después de todo el traje me servía para celebrar la vida y la muerte.

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