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Qué difícil es cuando se nos mezcla en la mente el pasado con el presente, no sabemos qué es real y qué ficticio.

Estábamos frente a frente, nadie interfería entre el espejo y yo, la verdad se reflejaba en mi figura; todo había transcurrido rápidamente, el granuja de Luis tenía la innoble costumbre de terminar una amistad por cualquier miserable causa, su principal amor era el dinero.

Terminé de vestirme elegantemente, y le dije al espejo:

-Espejito, espejito, ¿quién es la más bella?

No me contestó el muy maldito, pero yo ya intuía la respuesta, y siempre supe que si pudiese hablar, no me defraudaría.

El vestido negro me quedaba ceñido al cuerpo, y el amplio escote sobre la espalda me daba un look demasiado sexy..., me calcé unas fastuosas y altas sandalias, y me sonreí complacida con mi nueva figura.

-¿Qué tal? ¡Me veo como una princesa en camino al reinado!

Después de tantas semanas de stress y depresión, me era urgente y muy necesario alejarme lo más posible del silencio mortificante de aquel frío departamento, y de la pertinaz rutina de mi trabajo en la oficina. Consagraría aquella noche en dar una vuelta por algún desconocido lugar, a tomarme una copa, a fines de olvidar lo ocurrido últimamente, pero recordé nuevamente a Luis y lo mal que se portó conmigo.

Luego de abandonarme sin una explicación, se había dedicado a mancillar mi nombre y robarme unos pocos pesos que le había prestado para que no le remataran su vivienda. El desorden que le producían sus intervenciones lúdicas (casino, turf, quinielas, etc.) hacía que no hubiese dinero que pueda descansar en sus bolsillos. Con nostalgia recordé aquellas reuniones, llenas de camaradería y alegría, donde alardeaba de sus hazañas irrelevantes, con cábalas que nunca eran más que presunciones fantasmales.

Quedaron también algunas fotos que compartimos con amigos extraños, aliados de las vastas reuniones que realizábamos los viernes a la noche. Era un granuja, que no merecía ni mi amor ni mi sufrimiento por él. Tampoco ninguno de mis amigos de la oficina me había dicho nada, y se limitaron a alejarse de él, muy cortésmente. Los amigos de Luis no merecían tampoco mi amistad, pero aún así no podía evitar sentirme triste, y desilusionada por el tiempo perdido.

En fin, todo pasa… Suspiré y buscando mi abrigo de pseudo-piel de castor del armario, salí confiada en que sería “mi gran noche”.

Café concert

Ya en la calle, me incorpore al mundo loco de las ilusiones perdidas, donde se corre detrás de esperanzas casi imposibles de realizar pero yo me sentía feliz, era libre, y nada me ataba al enloquecido día que transcurría a mí alrededor.

Caminé sin cesar, en medio de aquel tumulto endemoniado de callejuelas durante casi una hora, y sin siquiera saber cómo ni cuándo, me encontré frente a un edificio iluminado con luces de colores, y una gran marquesina que decía: Café concert “La Taza Rota”.

En un marco de vidrio algo sucio, podía leerse un preámbulo que anunciaba la actividad del mismo:

“Aquí encontrarás un trago o plato especial, un admirable espectáculo en el que el artista se desdobla una y mil veces en varios personajes y nos invita al tránsito interesante de ver la vida con una lente muy diferente; que combina baile humor, delirio y buenos sabores”.

En realidad no me acordaba haber pasado por allí..., o de repente sí lo había hecho, pero ya lo había olvidado. Leí con algo de ensueño… El lugar se veía muy elegante, con sus vitrales art decó y su bella puerta de madera tallada tenía una apariencia alegre y festiva, justo lo que estaba buscando para pasar un buen rato... ¿Qué hacía un Café concert así, en aquel lugar tan lúgubre y olvidado? ¿Dónde me encontraba? Había caminado somnolienta e inconsciente, y no pude reconocer la zona, tampoco pude extraviarme en solo 60 minutos de trayecto desde mi departamento, pensé.

Bueno, de todas maneras había encontrado lo que buscaba. Abrí la puerta con cierto resquemor y mis ojos se encontraron con un ambiente agradable y muy animado, con extravagantes y selectas pinturas por doquier y un cantante elegantemente vestido, que entonaba imitando ha Frank Sinatra: “New York, New York”, la célebre canción compuesta por Jhon Kander y Fred Ebb.

Muchas parejas bailaban lentamente al son de la angelical música, mientras otras disfrutaban la melodía en sus mesitas, bajo las copas de cristal, que eran bañadas con exquisito y costoso champagne. Me apoye en una mesa cercana a la puerta, y observe estupefacta el bello espectáculo musical, era justamente lo que mi noche aspiraba. Lentamente me dirigí a la barra, y me senté en uno de esos taburetes giratorios que rotan a los laterales, y permiten escudriñar todo el ambiente.

Se acercó un sonriente barman, y le solicité un “Bloody Mary”, con una medida adicional de vodka. Bebí lentamente, perdida en mis pensamientos, mientras el cantante entonaba (¡era previsible!) “El beso de la mujer araña”; una voz me sobresaltó a mis espaldas:

-¿Bailamos? -me dijo con un susurro tierno y gentil.

Me di vuelta sonrojada, y me encontré un rostro moreno y un par de ojos verdes, que resaltaban en la penumbra de mortecinas luces. De mil amores, le conteste sin pudor, y nos internamos en la pista con las otras parejas, dejándonos seducir por aquella melodía agradable.

Me dejé abrazar por aquellos brazos fuertes, palidecía ante la mirada que comenzó a cautivarme, y a hacerme sentir cosquilleo en el estómago.

En uno de los giros que motivaba la danza, sentí que sus labios se acercaron a los míos, y nos encendimos en la locura de un beso. Mis piernas ya no me respondían, por lo que le supliqué que nos sentásemos hasta que pudiese volver en mí. Me tomó de la mano, y nos acomodamos mansamente en una mesita alejada del bullicio general.

Le pregunté su nombre y qué estaba haciendo en aquel lugar tan arcano, me respondió que se llamaba Dionisio; y en cuanto a estar oculto, bajo las lánguidas luces del local, se debía a que su novia lo había plantado por un magnate iraquí, que, con buena fortuna en sus arcas, mancilló todo el amor pasional que se habían dispensado.

-Dado que la separación se produjo en este recóndito lugar, vengo todas las noches, en espera de su arrepentimiento.

En los momentos en que me confesaba su triste historia, noté que su voz se apagaba y que sus manos temblaban, tal vez fuese por la nostalgia.

-Y tú... ¿Cómo lograste llegar a este lúgubre espacio olvidado por la mano de Dios? ¿Qué te trajo hasta aquí?

Su pregunta me produjo pavor. Quedé callada unos instantes, no sabía qué contestar.

-Es una respuesta imposible de contestar, no tengo ninguna idea de cómo.

También le conté mi desagradable experiencia con Luis, que había destrozado mi corazón y mi confianza con su adicción al juego. Luego decidimos brindar por encontrar nuevamente la felicidad.

El tiempo pasó rápidamente entre la charla y los brindis; cuando me di cuenta, era ya pasada la medianoche.

-¡Uy! Mañana tengo que ir a trabajar -le comenté y, buscando mi abrigo, me dispuse a partir.

Él se despidió de mí en la puerta, excusándose por no salir hacia el exterior para acompañarme.

-Es que no puedo salir de acá...- me dijo bromeando, y me ofreció el último beso de la noche.

Con esa sensación cálida en mis labios, y el corazón ya alborotado, salí del edificio y me encontré de nuevo en esa sucesión de calles oscuras y muy apretadas. Debía buscar la avenida principal, para encontrar un taxi libre, que me devolviese a mi departamento.

Mientras caminaba perdida en mis divagaciones, me tropecé con un señor mayor, que salía de unos de los portales.

-¡Lo siento, señorita! -me dijo sonriendo- ¡Venía usted muy distraída! -observó con prudencia, le sonreí y le pregunté cómo encontrar la avenida principal.

-Dos cuadras y de vuelta a la derecha -me contestó-. Pero, ¿qué hace una mujer tan linda como usted por acá y a estas horas?

-Bueno... es que me perdí, y luego encontré el Café concert “La Taza Rota” y se me ocurrió la buena experiencia de tomar una copa allí.

-¿El Café concert “La Taza Rota”? -me contestó sorprendido-. Pero si ese lugar hace ya muchos años que cerró sus puertas, ya no existe. Desde esa noche en que un elegante joven de ojos verdes, muy apuesto asesinó a su ex novia. Todo se convirtió en tragedia, recuerdo que decía que fue una cuestión de celos.

-También se comentaba que esporádicamente arribaba a cantar Frank Sinatra, ya que se le atribuía tener cierta sociedad, con los dueños del Café - argumentó el señor-. El asunto es que... el lugar se fue desprestigiando, cayó en desgracia, y “La Voz” jamás retornó ha deleitar a su exquisito público.

Lo escuché anonadada, y sin decir más, le di las gracias por su muy grata ayuda y me fui a buscar un taxi.

Esa noche soñé con aquellos ojos seductores, y esos tiernos besos robados. Había vivido una experiencia sin igual.

Al día siguiente, en la oficina, estuve bastante distraída y cuando dieron las 18 hrs., salí casi corriendo en busca del Café “La Taza Rota”, ya que aquella historia contada por aquel transeúnte, se mezclaba en mi cabeza, con mi experiencia de la noche anterior en aquel Café.

Sin pensarlo dos veces, me dirigí de nuevo ha aquel laberinto de las viejas callejuelas, y empecé a buscar ávidamente el dichoso lugar. Luego de dar infinitas vueltas durante un largo rato, me encontré con un destartalado local, con sus vidrios rotos y la puerta clavada con maderas, para evitar su acceso. Horizontalmente sobre el centro de la portada, lucía un rustico y polvoriento cartel que rezaba: “Clausurado”.

Sin saber qué decir ni qué pensar, di la media vuelta para buscar un taxi y dejar en paz aquel pasado que brillo de gloria.

Cuando estaba escapando de aquella experiencia tan nefasta, un mendigo harapiento de ojos verdes, sentado sobre la maltrecha acera, me preguntó:

-¿Busca a alguien, bella dama?

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