FANDOM


Aquella noche no pude dormir, conciliar el sueño era una tarea difícil y no era el hecho que tuviera insomnio, cosa que nunca había experimentado, era un zumbido con un timbre que se tornaba cada vez más agudo. No había nadie más en casa embaldosada. Mis perros no ladraban, la vecina se hubiese molestado por eso. Y, por la ventana, poco a poco la luz de la luna iluminaba tenuemente mi habitación.

Daba vueltas por mi cama inútilmente con las almohadas para apaciguar aquel sonido irritante. Decidido a descansar, porque no había nada que temer en esa casa, me levanté, encendí la luz y desconecté todos los electrodomésticos: la radio, la televisión, la laptop, los cargadores, incluso, el teléfono; tenía el pensamiento que esos aparatos eran los que causaban tal chirrido.

Todo volvió a las penumbras. La luna ya había logrado iluminar en gran medida el patio y traspasar las blancas y delgadas cortinas de la sala. Aquel sonido… aquel incesante sonido… provenía de… las ventanas… los perros ya no ladraban… se hallaban sin vida… La luz de la luna en la ventana formaba la silueta de un ser lánguido e lúgubre que rasgaba con sus largos y huesudos dedos puntiagudos, ese ser era el causante del ruido. Aquel sonido adoptó un timbre tan intenso que hizo estallar en mil pedazos todos los focos de la casa, y, a continuación, los vidrios de esta. Petrificado, el estudiante de medicina se tira al suelo y a gatas se intenta alejar.

El joven derramaba sangre de las pequeñas heridas producidas por los trozos de vidrio reventados y de los fragmentos que estaban en el suelo. El ente, lentamente, se introducía por las delgadas rendijas, impasible. Se puso boca abajo, temblando, el sonido había terminado, pero su pesadilla estaba en pleno apogeo. Lo último que vio fue un cuerpo esquelético, como de metal, unido con trozos de tela teñida de negro. Un cráneo hueco, con una cavidad ocular, y, bajo esta, unos dientes como agujas que alargarían su tormento y lo empezó a morder por todas partes. Nadie escuchaba los pocos gritos que logró dar.

La noche siguiente llegan dos forenses al lugar a causa del olor putrefacto que rápidamente había invadido las casas vecinas. Los perros con perforaciones hasta sus huesos y marcas de largas uñas que habían logrado desparramar sus miembros por el patio. Y, en la sala saguinolenta, el hombre, acaecido con las mismas señales.

Uno de ellos nota en el suelo un hilo fino de sangre que lo llevaría debajo de la cama del estudiante. Ambos hombres retiran el colchón y las tablas de la cama. Al alzar las baldosas se hayan con una chica delgada con la cabeza destrozada de no más de 16 años, que era costurera y vivía en la casa de al lado. Había desaparecido en extrañas circunstancias, nadie hubiera imaginado que aquel estudiante era el asesino, supusieron.

Ambos cadáveres fueron trasladados a la morgue. En medio del camino, los forenses escuchaban cómo las paredes metálicas de la ambulancia resonaban con un chillido tormentoso que no quería dejar de sonar…