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Abrí los ojos mientras mi corazón latía con mucha fuerza y el sudor se escurría por cada parte de mi cuerpo.

—Una pesadilla —pensé mientras intentaba calmar mi respiración.

Me senté en el extremo de la cama mientras mis ojos intentaban adaptarse a la densa oscuridad, pero esta era tan profunda que sólo lograba ver el contorno de mis manos. Me levanté de la cama que seguía tibia por mi anterior estancia en ella. Miré por la ventana situada a un lado de la cama y observé el nublado cielo en busca de la figura redonda que lo adornaba todos las noches; comencé a cerrar las cortinas sintiendo la suave seda rozar mis manos cuando, por un instante, escuché un ruido parecido al de una hoja seca al ser pisada. Observé por la pequeña parte de la cortina que aún no estaba cubierta intentando observar algo fuera de lo normal pero solo logré observar la densa oscuridad. Cerré totalmente la cortina y me dirigí a la cama. Jalé la manta y me recosté sobre esta y me disponía a volver a dormir cuando justo en el momento en que cerraba los ojos escuché nuevamente ese sonido esta vez mas fuerte y claro.

Seguía escuchándolo, cada vez más y más aumentando mis nervios. Cerré fuertemente los ojos cuando en un instante dejaron de escucharse.

Abrí los ojos y suspiré relajándome; mi relajación no duró mucho al escuchar el tétrico rechinido de la puerta trasera al abrirse.

Pegué un brinco y mis ojos se abrieron demasiado por el temor y la sorpresa. Tomé el viejo palo de golf que mi padre me había regalado en uno de mis anteriores cumpleaños y lo sujeté firmemente mientras respiraba agitadamente. Duré unos minutos abrazando el frío palo de hierro hasta que de un instante a otro el silencio se apoderó nuevamente del ambiente. Me puse de pie lentamente mientras mis piernas temblaban. No podía dejar de pensar en el hecho de que alguien había entrado en mi casa. Sabía que tenía que llamar a la policía pero mi familia tuvo la magnifica idea de no regalarme un celular hasta cumplir los quince años. –Gracias…- Dije de manera irónica. Avancé lentamente hacia la puerta, giré el picaporte y la abrí de un ligero empujón. Sujeté el palo fuertemente y lo preparé para golpear a cualquier cosa no identificada.

Salí del cuarto entrando al largo pasillo que conectaba la sala con el comedor y la cocina. Escuché un sonido proveniente de la misma, tragué fuerte y comencé a caminar hacia la puerta. Al llegar observé con todo el cuidado posible a través de la pequeña ventanilla de la puerta y observé algo muy raro. Un hombre se encontraba incado en el centro de la cocina, parecía estar comiendo, los sonidos y movimientos lo delataban.

Era un joven bastante común, era delgado, no muy alto, el único detalle peculiar era su cabello blanco y su pálida piel. Su vestimenta era igualmente normal; una sudadera negra con capucha, unos pantalones de mezclilla azules y unos Converse negros. En un momento de descuido, mi palo se resbalo tocando ligeramente el suelo provocando un sonido metálico. Al parecer aquel tipo lo percibió ya que se detuvo y se puso de pie súbitamente. Giró la cabeza lentamente hacia mí y por un momento pude observar su rostro claramente. Los cabellos blancos caían a través de su frente y por debajo de la nariz se encontraba lo que parecía un pañuelo bastante tenso y de color negro; lo único que lograba distinguirse era una cremallera con forma de sonrisa justo donde debería estar su boca. Sus ojos eran blancos, casi no se podía distinguir el iris del resto, aunque uno se encontraba tapado por su cabello.

Levantó su mano y comenzó a moverla como si me estuviera saludando y entonces comenzó a correr en mi dirección.

El pánico se apoderó de mí e intenté correr en dirección contraria pero antes de poder dar un paso, él ya había pateado la puerta, golpeándome con ella. Caí al suelo, giré en un intento de cubrirme para evitar sus golpes pero estos jamás llegaron. Sólo tomó mis manos y las sujetó con su mano derecha poniéndolas sobre mi cabeza. Su mano izquierda se posicionó sobre mi boca, evitando que cualquier sonido saliera de ella. Lo mordí con todas mis fuerzas intentando hacer que me soltara pero parecía no importarle, sólo seguía en la misma posición mirándome fijamente. Mis ojos se comenzaron a llenar de lagrimas por la mezcla de sentimientos y por la impotencia que sentía al no poder defenderme. Con un ágil movimiento logró hacer que sus pies mantuvieran quietas mis brazos. Gemí de dolor al sentir lo fuerte que las pisaba. Con su ahora libre mano derecha comenzó a desabrochar lentamente la cremallera que formaba aquella sonrisa en su rostro. Al llegar a la mitad se detuvo, se acercó a mi oído y susurró una frase que me heló la sangre “-¿Puedo comerte?-“

Terminó de desabrochar la cremallera mostrando su enorme boca donde dentro se encontraban decenas de dientes manchados de sangre, que estaban afilados como navajas. Abrió la boca y se comenzó a acercar, sabía que era mi final, cerré los ojos fuertemente, sentía su aliento en mi cuello. Entonces, comencé a sentir sus dientes clavarse lenta y dolorosamente en mi cuello. La sangre salía de mi cuello y boca, sentía aquel sabor a hierro en mi boca, mientras lentamente perdía la conciencia.