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Parte 1



Aquello que estoy a punto de narrar, simplemente no lo podrán creer. Pensarán con casi absoluta certeza que no son más que los desvaríos de una persona con claras tendencias psicopáticas, acaso las palabras de un homicida frustrado, o tal vez, de alguien que padece una profunda esquizofrenia. En cualquier caso, una persona con un estado de salud mental deplorable. Pero lo primero que quiero aclarar, es que no me interesa lo que los lectores puedan pensar al respecto, ni si han de creer la historia que estoy a punto de contarles. Haber tomado la decisión de hablar sobre esto me ha llevado ya varias horas, y siento que, aunque no tenga una razón específica para hacerlo, servirá de alguna forma para liberarme al fin de esto que me está carcomiendo por dentro, porque solo yo sé cuánto necesito contárselo a alguien.



Verán, siempre he sido una persona común, ordinaria, un tipo promedio si pudiese decirse de una forma más elegante. Físicamente no soy un adonis, mi rostro sufre un acné constante, que parece permanecer impertérrito a los distintos tratamientos que he intentado realizar, se va y vuelve, una y otra vez. La verdad es que soy un muchacho flaco como cualquier otro, mi característica principal siempre ha sido el anonimato, en el colegio, por ejemplo, nunca he sido un estudiante que se destaque de alguna forma, ni por ser el mejor alumno ni por ser el peor. Aunque debo confesar que cada año escolar que he pasado lo he hecho sufriendo, ya que odio matemáticas y todo lo que tenga que ver con números o fórmulas, pero al final siempre paso, copiando o por pura piedad de mis profesores.

Soy ese compañero que cuando falta a clases nadie extraña, esa persona que te cruzas caminando en la calle y que a los pocos segundos olvidas, soy como el extra en una película, ese que toma café solo en una mesa del fondo mientras los actores principales discuten los asuntos importantes en primer plano.

Tampoco destaco de forma alguna en mi familia, mis primos y tíos apenas me conocen y mis padres suelen estar tan ocupados discutiendo e insultándose, que no tienen tiempo para saber mucho de mí. Vivo encerrado en mi habitación, malgastando el tiempo, tratando de buscarle algún sentido a mi existencia. Siempre he pensado que nací sin talentos y si es que tuviese alguno, probablemente debe haber estado arraigado en lo más profundo de mi ser. Mi vida a lo largo de estos últimos años, ha sido una danza entre el porno, la música y la masturbación. No le encontraba sentido a mi vida, probablemente mis momentos de mayor inspiración o lucidez mental ocurría en los recreos, donde solía estar acompañado por el Jano y el Willy —los únicos compañeros que se me acercaban y que son perdedores tanto o más que yo—, observando a aquellas mujeres que nunca podríamos poseer. Yo siempre miraba a Ayleen, casi siempre la veía sonriendo, otros días un poco seria, a veces estudiando preocupada para una prueba, otras, caminando con sus amigas. A veces la seguía a su casa, y me quedaba un rato esperando que se cruzara por una de las ventanas. Pasaba horas sentado frente a su domicilio sin que nadie se percatara, en algunas oportunidades, cuando tenía suerte, la veía salir a comprar al negocio de la esquina una vez que se había cambiado la ropa escolar. Tan solo verla me erizaba la piel.

De alguna manera yo me había obsesionado con ella. Su imagen, su perfecta y espectacular imagen inundaba mis sueños y mis fantasías en todo nivel. Siempre fui un desconocido para ella, hasta la semana pasada quizás solo me había divisado en los paupérrimos actos de colegio en los que debía participar para ganar alguna nota, pero por lo demás, no había nada en nuestro camino que nos uniera, nada que hiciera pensar a alguien que alguna vez podría terminar siendo la mujer de alguien como yo. Ella estaba preparada para la grandeza, sin ninguna duda sería cortejada por doctores, ingenieros, abogados, cualquier tipo exitoso que la mereciera y no un pelafustán como yo.

Recuerdo que la noche del jueves me había recostado en la cama y miraba a través de la ventana y veía como las nubes comenzaban a inundar el firmamento. En mi computador, El muro de Pink Floyd me hacía deleitarme con Comfortably numb. Estaba como en una especie de trance, se me erizaban los vellos de los brazos al escuchar cada nota de la melodía y, con la luz del dormitorio apagada, sentía como si en ese momento me fusionara con la música y dejase mi forma física y navegara a través de la oscuridad. De pronto, una fuerte luz azul iluminó toda la ventana. Me sobresalté y lo primero que pensé fue que quizás era un helicóptero persiguiendo o buscando a algún delincuente (algo cada vez más habitual en este barrio). Me levanté de la cama y de memoria encendí la luz, cuando lo hice me di cuenta de que el fuerte resplandor me había dejado ciego, comencé a parpadear y a recuperar la vista y cuando lo hice habían aparecido ante mí, cinco pequeños ancianitos y di un grito sordo. Cuatro de ellos tenían tomadas las manos y uno estaba al frente como si los estuviera representando. Todos vestían un camisón blanco, andaban descalzos, poseían una tez muy pálida y sus ojos eran grises. Medían aproximadamente un metro y llevaban su piel cenicienta marcada a los huesos del rostro. Sus cabellos todos muy cortos, eran tan blancos como sus camisones. Al mirarlos se notaba que todos tenían algún tipo de parentesco, todos se parecían mucho entre sí, pero al mismo tiempo eran todos distintos, como esas familias de sangre fuerte en las que los hermanos solo se diferencian por pequeños rasgos.

Quise abrir la puerta y correr, gritar fuerte o lo que fuera, pero me quedé hipnotizado por la mirada del anciano líder.

—No temas Jeremías, no hemos venido a hacerte daño. —me dijo con una voz tierna, como de esos abuelitos que aman a sus nietos.

—¿Quiénes son ustedes? —pregunté asustado y al mismo tiempo pensando en que no tenía ninguna otra pregunta que hacer.

—Lo importante por el momento muchacho, no es quienes somos nosotros, sino quién eres tú.

No supe que decir y permanecí en silencio, de alguna forma aquella respuesta parecía haber alimentado mi ego y quedé mirándolo a la espera de lo que tuviera que decir.

—¿Quieres saber quién eres? —me preguntó con una sonrisa maliciosa en el rostro, como si ya hubiese captado lo interesado que yo estaba ante su respuesta.

Asentí y de pronto él respondió:

—Eres nadie.

—¿Cómo?

—Eres nadie, eso eres.

En cada momento mientras me hablaba, los ancianos al fondo se susurraban en el oído. Sufrí una especie de decepción, tristemente aquellas palabras me hicieron demasiado sentido, sufrí una especie de profundo despertar y luego una tristeza enorme recorrió todo mi ser. Observé al anciano líder que tenía clavado sus ojos grises en los míos y le escuché decirme:

—Ven Jeremías, déjame mostrarte algo.

Alargó su pequeña y huesuda mano hacia mí como una invitación. Me acerqué lentamente y se la tomé. La mano estaba muy fría y de pronto ese mismo frío comenzó a recorrer todo mi cuerpo. El palpitar de mi corazón se aceleró, mi cuello se tensó, sentí un hormigueo en la nuca y luego de eso, me sentí como en medio de una serie de flashes, luces blancas potentes rellenaban todo mi dormitorio. A mi lado el rostro del anciano líder se mezclaba con las luces y por momentos lo veía desaparecer, todo era un caos, pero de un momento a otro sentí una inmensa tranquilidad. Cerré los ojos y me dejé llevar por esa exquisita sensación de paz.

No sé bien cuanto tiempo permanecí en aquel estado, pero me pareció bastante, al menos un par de horas. Cuando abrí los ojos todo a mi alrededor había adquirido un brillo especial, fue como haber cambiado la imagen de un vhs a la de un blueray. Mi dormitorio era el mismo, pero yo podía ver cada trozo de pared, cada pequeño insecto, cada telaraña y casi cada partícula de polvo sobre mi escritorio. El disco de Pink Floyd seguía sonando en los parlantes de mi computador y aquello me hizo pensar en el tiempo en el que estuve en trance, ya que si bien había estado escuchando Comfortably numb cuando todo eso había comenzado a sucederme, ahora escuchaba The show must go on y bien sabía yo que aquel era el track siguiente, por lo que calculé que no podían haber pasado más que algunos segundos, o tal vez uno o dos minutos desde que el frío me había trasladado hasta aquella sensación de paz.

Escudriñé mi dormitorio asustado, los ancianitos seguían a mi lado. Encima de mi cama vi mi cuerpo recostado con los ojos cerrados y sin emitir movimiento alguno. Pensé que era factible que estuviese soñando, aquella situación no podía ser real bajo ningún punto.

—Tranquilo hijo —me dijo el anciano líder, pero esta vez sin siquiera mover la boca. Su voz la sentía como dentro de mí, clara y pulcra.

—¿Qué me ha pasado?, ¿quiénes son ustedes?, ¿qué es esto?

Ahora si parecía como si las preguntas salieran de mi a borbotones.

—No tengas miedo y escúchame.

—¡Por favor, explíquenme esto! —grité, pero sin escuchar mi voz, apuntando a mi cuerpo que seguía estático sobre la cama.

—Ese que apuntas no eres tú.

—¡Cómo no voy a ser yo!

—Es necesario que te calmes Jeremías. Piensa si alguna vez te habías sentido tan bien como ahora.

Por segunda vez sus palabras me hicieron demasiado sentido. Me sentía excelente, a pesar de la confusión y la intriga estaba en un estado físico totalmente placentero. Sentía que brillaba, me observaba las manos, los dedos, las uñas, todo me parecía nuevo, aquello que me estaba ocurriendo sin duda me hacía sentirme más vivo que nunca.

—Acostúmbrate a la sensación hijo, no tengas miedo, necesitamos decirte algo importante, pero antes necesitamos que estés calmado.

Me obligué a tranquilizarme y para ello canté un par de líneas junto a Roger Waters y una vez que me sentí tranquilo, miré al anciano líder y le dije:

—Estoy listo, escucho.

A espaldas del anciano líder los demás seguían tomados de la mano y me miraban con los ojos desorbitadamente grandes. El anciano líder se acercó a mí, me observó y desplegó una gran sonrisa.

—Toma asiento y escúchame con mucha atención…