—Ahora te voy a retirar la mordaza. Te portarás bien y te quedarás callado, ¿verdad?

Asentí, saboreando la sal y el cobre absorbidos en el trapo en mi boca. Había gritado lo más que pude la primera vez que este monstruo me permitió hablar, pero él solo suspiró, decepcionado.

Eso fue hace tres semanas.

Te acostumbras a las golpizas rápidamente, a ser torturado. No¡ se lo desearía a nadie, pero es un detalle importante que debes entender cuando te digo que los peores psicópatas jugarán con tu mente, no con tu carne.

Podía lidiar con el dolor físico lo suficientemente bien, pero los juegos eran otra historia.

—Ahora dime, ¿en dónde te gustaría el corte de hoy?

Meneó un cuchillo y presionó la punta en su dedo, sacando una gota de sangre. Tragué grueso, rompiéndome la cabeza para recordar la parte del cuerpo con la menor cantidad de nervios.

—Anda, si no escoges pronto, me veré forzado a decidir por ti. No querrías eso de nuevo, ¿o sí?

Negué con la cabeza, recordando el tajo en mis costillas que impulsaba fuego con cada aliento.

—Mi… Mi pierna. ¡La espinilla! —solté, mi corazón martilleaba.

Él asintió lentamente, inclinándose, y comenzó a deslizar la hoja por el costado de mi pantorrilla derecha, presionando con fuerza a medida que el metal me rodeaba. Ardía, pero se coagularía dentro de poco y no me mataría.

Como era rutina, mi captor me agradeció, me alimentó, reemplazó la mordaza y vació mi orinal antes de irse por el resto del día.

Esto se repitió durante semanas. Meses. Perdí la noción del tiempo y podía sentir cómo olvidaba recuerdos de mis amigos y familia. Todas y cada una de las heridas fueron ubicadas en donde ordené.

No estaba seguro de si la frustración vencía a la cortesía en los días que sí contraatacaba. Perdía la comida y me dejaba parado en mi propia mugre por lo que quedaba del día, y despertaba más tarde sin hambre o sed. Al día siguiente, él me extendía palabras reconfortantes mientras removía la intravenosa de mi muñeca debilitada, y yo seleccionaba otro lugar para que me marcara.

Un año más tarde —pudo haber sido siete meses o dos años y medio, la verdad—, una persona más se unió a mi prisión. Forcejeó con las esposas que lo retenían y se retorció hasta que guardó silencio, exhausto. ¿Cuántos más podrían sufrir nuestro destino?

¿Cuántos ya habían sucumbido?

Soportó más cortes situados en lugares desafortunados de los que pude contar antes de que dejara de gritar apenas la mordaza era retirada. Dos meses, supuse. Hasta que, finalmente, permitió que nuestro torturador terminara su pregunta.

—¿En dónde te gustaría el corte de hoy?

Tosió y escupió antes de responder.

—¿Por qué no te cortas tu propia garganta, enfermo de mierda?

Él se rio, jugueteando con su cuchillo. Me preparé para cerrar los ojos en caso de que fuera a matar al hombre, para retener lo poco de humanidad que me quedaba.

En vez de ello, el monstruo se giró hacia mí y sonrió:

—Pues bien —pronunció, rebanándose el cuello y cayendo al suelo.


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