FANDOM


Infierno-en-tierra

"Los logros de tu trabajo son justo merecimiento a tu esfuerzo diario."

¡Muchas felicitaciones a su autor! Esta es una de las creepypastas ganadoras del concurso del mes, se les invita a todos los usuarios a participar.

Cuatro paredes se alzaban. Un cuadrado: perfecto. No había ventanas. El aire se escabullía por el mínimo espacio debajo de la puerta –no aire puro, de primavera, sino el aire de hierro, el del encierro, el que cuesta, duele respirar-. Era una pequeña corriente fría, que tanto se disfrutaba como temía: alivio y recuerdo.

De un pequeño y frágil hilo colgaba una lámpara que emitía una luz vana: las paredes, el piso, el techo eran irremediablemente negros. Sólo servía como algo a lo que mirar; ese pequeño destello. Esa luz era la esperanza –obviamente, otro malvado artilugio-. Los contrastes hacen al sufrimiento.

También servía para verse las manos pálidas, temblorosas, y para ver la comida, el agua, a veces el jugo que pasaban cuando se abría, siempre mientras uno duerme, siempre.

De vez en cuando, una amiga pequeña, marrón, que a duras penas se ve, que a veces vuela y a veces se limita a caminar, pasa de visita. Se acerca, camina por tus brazos, te hace cosquillas en el cuello, en la espalda, baja por las piernas flacas hasta los pies, y camina allí como divertida, como único destino, vida posibles. Entonces uno se esfuerza, mueve un poco la mandíbula, deja que los huesos suenen, y le sonríe al bienaventurado visitante que también a veces sonríe, que se mueve rápido, ágil y haciéndote cosquillas por la planta de los pies, y entonces vuelve a subir por la pierna flaca, bordea la colina de la rodilla, camina por tu pecho y tu cuello, y se va, prometiendo volver algún día. Uno saluda a la cucaracha con la mano, triste -con la expresión de siempre-, resignándose de nuevo a la soledad.

Entonces uno sufre, extraña su única, misteriosa amiga que no habla, que crece y se achica, y sufre, se preocupa. Pero sobre todo sufre –el contraste hace al dolor-. Y de repente, en un momento, la amiga vuelve, y uno se esfuerza por sonreírle a su llegada y luego sufrir su partida. No hay fuerzas suficientes como para darse el lujo de llorar.

De vez en cuando, uno se arma de valor y decide pasar por debajo de la puerta con su amiga. Escapar con ella. Intento fútil. Sangra la cabeza pelada y los nudillos doloridos del choque contra la puerta de metal. Uno se resigna de nuevo al encierro.

A veces se escuchan conversaciones en el pasillo, afuera de la puerta -aquel pedazo de hierro indiscutible, que se alza como contradicción: entrada y salida, esperanza y final-. Por entendible curiosidad y aburrimiento, uno se acerca a la puerta y escucha. Hay gritos, hay reproches, y también hay amor en el pasillo. Se lloran muertos, se traen nuevos, o una enfermera enamorada ayuda a alguno a escapar. Y de vuelta gritos, reproches. Llantos al muerto y amor. Los contrastes hacen la felicidad. Los contrastes hacen al dolor.




Autor: Cepiyito Rodríguez