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Las crónicas de Sam Pillet son un conjunto de relatos destapados en la guerra fría de entre los archivos desclasificados de la URSS en 1979 por el espía Morris Childs.

Hemos de situarnos en 1943, en Auschwitz. Samuel Pillet era un preso político comunista que residía su pena en ese campo de concentración bajo la orden personal del general Heinrich Himmler, quien estaba al mando de la Policía Alemana y Pillet era un espía soviético al que dieron caza y capturaron en enero de ese año. Fue enviado de inmediato a Auschwitz donde durante dos años estuvo preso en una celda especial para presos políticos considerados "estrictamente peligrosos" que recibían torturas diarias. A Pillet se le ordenaba que escribiese sobre el funcionamiento de la URSS y sobre el modus operandi de sus servicios de inteligencia, por lo que le proporcionaron muchos folios y una máquina de escribir para que dejase claro lo que los nazis querían saber. Se lo pidieron por escrito porque Pillet se negaba a hablar tras los múltiples intentos de interrogatorios y fue la condición que puso para contarles a los nazis lo que querían. Tras dos años en la celda, Pillet escribió sus crónicas además de archivos altamente sensibles que se sabe que existieron sobre los servicios de inteligencia soviéticos, pero todo fue destruído en la quema de pruebas de Auschwitz en 1945 cuando los alemanes tuvieron que recular y trasladar a los presos de ese campo de concentración debido al inevitable avance de los rusos. Pillet fue asesinado en ese mismo año cuando lo encontraron atado a una cama con marcas evidentes de constantes torturas en su cuerpo quemado con dos tiros en la frente recientes, según relataba el informe ruso. Solo se conservó parte de sus crónicas, encontradas por los mismos rusos tras su exploración de Auschwitz, que fueron clasificados por órdenes de Iosef Stalin tras ser considerados como potencialmente peligrosos.

Morris Childs quiso encargarse personalmente de que fuesen publicados, enviándolos a diarios como el New York Times, pero la CIA se encargó de que nunca saliesen a la luz en EEUU. Sin embargo, tras intentos de censura extrema de dichos relatos por ambas potencias hegemónicas, las crónicas salieron a la luz pero fueron tachadas de invenciones para dañar y manipular la historia. Tanto fue así que dicha censura creció hasta el punto de no dejar rastro con los años, pero a Childs no se le olvidó lo que había leído, y uno de sus amigos más íntimos se encargó de relatarlo en Internet tiempo después.

Se sabe que las crónicas de Sam Pillet estaban divididas en tres partes debido a que se conservó el índice, pero solo se filtro una muy pequeña parte de la tercera, ya que se sabía que las crónicas tenían más de mil páginas.

El fragmento que se conserva es el siguiente:

No cuento los días, ni las horas. Cuento los segundos. Estoy escribiendo al único lector que tendrá esta hoja, como tantas otras que escribo con este artilugio que me impide caer en la locura llamado máquina de escribir. Ese lector no será otro que el fuego que alcanzará todo lo que yo he escrito, como tanta otra literatura presa de la guerra. El mayor crimen no ha sido hacer un genocidio de personas, sino uno de ideas que los dogmas políticos han conseguido ejecutar.

Hoy ya no sé qué va a pasar. He perdido el miedo ya. Hace unos días me torturó el Doctor Josef Mengele las veinticuatro horas con sus horribles experimentos inyectándome colorante azul en mis iris. Usó gas mostaza y me inyectó algo que desconozco en los testículos. Aún recuerdo cuando me sacó de este averno y me metió en su sala de experimentos, con ese número 10 en la entrada que se me quedó marcado. Me practicó una lobotomía sin anestesia, con mis manos y pies atados mientras mi boca estaba amordazada. Cuando acabó me encerró de nuevo a mi celda con la ayuda de dos soldados, porque había entrado en cólera presa del dolor. Durante los siguientes días he estado experimentando como mi mente está siendo envenenada por dilemas morales, y estoy viendo como mi amor hacia los nazis va aumentando. Cada vez que veo al Doctor, deseos sexuales hacia él empiezan a surgir en lo más profundo de mí. Seguramente esté siendo víctima de la locura que él mismo ha creado en mí, o eso pensaba hasta que el otro día entro en mi celda y me demostró su amor. ¿Por qué a mí? Realmente no entiendo cómo un Doctor tan prestigioso y apuesto puede sentir atracción por alguien tan demacrado por los años en esta celda como yo. Un preso político que defendía las ideas marxistas-leninistas y espiaba al servicio de la URSS hasta que toda mi mentalidad cambió. Consiguieron manipularme, y yo, consciente de ello, dejé que lo hicieran para que mi mente no fuese gobernada por mí. Estaba harto de tener que tomar decisiones.

Ahora vivo mucho mejor. Con casi cuarenta años, veo mi pasado muy borroso, mas sin embargo mi futuro está muy claro. Han conseguido despertar la evidente esencia oculta del ser en mí, la locura. Creo que he sido víctima de uno de sus experimentos más poderosos, para convertirme en un eugénico ser capaz de mantener mi cuerpo vivo bajo el control de mi mente inmaterial. Aquella que nunca muere. ¡Qué afortunados aquellos que no hayan nacido en esta guerra! No tendrán que vivir este horror eternamente como aquí nos hacen vivir. Han eliminado el concepto de muerte para mí, porque no existe, por eso no le temo. Es un invento del humano más ignorante, al igual que los dioses, y por ello no puedo temer ni a una cosa ni a la otra.

Podéis llamarme esquizofrénico si algún día llegáis a leer esto, cosa que dudo. El enfermo destaca aquello que considera una enfermedad, y mi locura no lo es. Creo que los soldados han llegado a temerme, porque he descubierto cosas de la mente humana que pasarán a la historia si llegan a oídos del mundo. La mente humana es solo una, y nuestro cerebro está bajo esa tutela, quien crea guiones para todo lo que decimos y crea la mayor obra de arte de todas hasta el momento: La historia de la humanidad.

No puedo evitar ver por la ventana de mi celda como cada día queman presos antes de matarlos con las cámaras de gas incluso, aquellos que no son judíos, sino homosexuales y presos políticos. Aunque el resto de mortales lo ven atroz, yo lo considero artístico. Cada grito crea una melodía sublime jamás escuchada anteriormente por los humanos, y puestos a que llevamos la atrocidad en nuestro ADN, es parte de la naturaleza humana poder expresarla de tan hermosas maneras. Así pues, los nazis no son más que un pincel de la mente humana que ha querido dejar un tipo de arte mayor al que habíamos conocido anteriormente. Ningún genocidio podrá igualar semejante escenario. Porque esto no es un genocidio, ni justicia, ni injusticia. Mucho a nuestro pesar, esto es humanidad, sumisa ahora y siempre a las ideas, sean unas u otras, todas perjudiciales. Solo los considerados esquizofrénicos, los que renunciamos a obedecer a nuestras voces, que nos ametrallan de ideas, somos los que superamos al humano. Dejad las ideas a un lado y empezad a moveros con los impulsos artísticos que nos liberan de la sumisión ideológica, y con ello, del dolor, que es parte de nuestra vida. Solo yendo contra natura podremos acabar con este mundo tan ácido. Solo nazificando los conceptos hasta su más remota eliminación podremos llegar a superar todas las ideas mediocres creadas por el humano. Ninguna idea se salva de la mediocridad, ni siquiera las de los nazis. Hay que destruir toda forma de pensamiento, y con ello hay que extraer la esencia humana que está llena de arsénico corrosivo. La humanidad está condenada al fracaso si no se autoregula la evolución de la misma, o eso dicen algunos médicos mientras me torturan con sus inyecciones. Yo les respondo que no tengan miedo a lo imperfecto, porque solo eso puede llegar a alcanzar el auge de la humanidad. La extinción humana está asegurada siempre que se siga pensando que cualquier progreso y evolución es beneficioso. Cualquier idea nos idiotiza y no hay que buscar un fin o una solución a esto. Simplemente hay que dejarse llevar por los impulsos instintivos, renunciar a todas las ideas, incluida la moral, y renacer con un subjetivismo completo y un rechazo a cualquier compromiso u obligación aunque nos beneficie.