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La Diestra de Éacos en el Tártaro 

Inferno10

Abrí mis ojos a un mundo sombrío, pestilente a muerte y a dolor, mi cuerpo era insustancial, pero sentía el dolor, el dolor como si realmente fuese de carne y hueso. También sentía cansancio, mientras seguía a las almas perdidas hacia un camino interminable de piedras puntiagudas que perforaban mis pies. Los gemidos de las almas condenadas, en su lento y lastimero andar, torturaban mis oídos, delante y atrás de mí. Podía sentir cómo éramos arrastrados a una infinita penumbra.

Había perdido la noción del tiempo, la visión, pero podía ver. Mis sentidos estaban totalmente destruidos, pero extrañamente funcionaban. Algunas de las almas que venían detrás de mí caían en el abismo, otras solo caían al suelo por la pesadez de sus pecados. Sin mirar atrás, seguí caminando, podía sentirlo, no sabía cómo detenerme o no podía hacerlo, algo me ordenaba. Camina.

La hora de tu juicio se acerca, no puedes escapar al juicio de los condenados. Las horas no existían, parecía que hubiésemos estado caminando por años. Eterno cansancio, eterna hambruna, eterno sufrimiento, no se detenían por nada. Solo podía continuar caminando y caminando. No había noches ni días, sino terna oscuridad, interminable y cruel.

"Tú, soldado". Una voz se presentó ante mis cansados y gastados oídos sangrantes, levanté mi cabeza al escuchar esa dulce y serena voz en el aire.

"¿Quién... Quién está ahí? ¿Quién me habla?"

Comprensivo y amable, un hombre encapuchado de pies a cabeza, donde solo sobresalía su cabello platinado, debido a las fuertes ventiscas de la cima de aquellos caminos escabrosos que no llevaban a ningún sitio más que al dolor, flotando en el vacío, el ente oscuro se dirigía a mí, y sacando sus manos de las oscuras mangas de su capa toco mi rostro frío y sin vida. ¡Ah! La calidez de sus manos. Era como si estuviera vivo. Retiró la capucha de su cabeza, mostrándome su belleza un hombre blanco de cabellos platinados de ojos verdes, su mirada era dulce y tierna, pero irradiaba un gaje de respeto y cierta maldad. Se acercó a mi cara y susurró a mis oídos.

"Tus pecados son muchos y horribles, mataste y violaste a tu propia especie. Por eso estás aquí, sufriendo en el camino interminable que te llevará al cielo, el cual nunca podrás alcanzar por la pesadez y la perfidia de tu antiguo ser."

Abrazándome, posando su delicada mano sobre mí, susurrándome al oído tenuemente estas horrendas palabras, me decía que no tenía esperanzas de encontrar la paz para mi alma. Éacos, el segundo juez del Hades, el castigador absoluto de todas las almas pecadoras.

"¿Por qué morí? ¿Quién me asesinó?", me preguntaba sin poder hablar, solo balbuceaba como un bebé mientras mi cuerpo insustancial temblaba por la terrible calidez del juez quien seguía susurrándome, burlón.

"La aldea que destruiste, en que mataste a mujeres y niños. Ellos invocaron tu perdición, llamaron a un demonio seductor para asegurarse de que no sobrevivieras… Asesino de hombres."

Repentinamente mis ojos se llenaron de lágrimas cálidas y, tomando desesperado de su capa negra, lloré amargamente ante Éacos, quien solo podía verme con esos ojos llenos de maldad y lástima. Lloré, suplicándole que me diese una segunda oportunidad para expiar mis pecados horribles, una oportunidad más de vida, una oportunidad de regresar al mundo de los vivos.

El juez solo me observó serio, y abrumado por la situación tan patética, se arrodilló justo frente a mí, tomando mi cara nuevamente entre sus cálidos dedos.

"¿Deseas vivir? Entonces sírveme, haz un pacto conmigo y tendrás la vida eterna, un cuerpo y poderes inimaginables."

Éacos besó mis ojos lentamente y estos se abrieron estrepitosamente. Éacos me había arrancado los ojos con su boca. La sangre corría por mis mejillas con un dolor intenso.

Las gotas de lluvia mojaban mi cuerpo y mi cara. Abrí mis ojos hacia lo desconocido nuevamente, podía sentir mis manos, podía sentir mis piernas. Me levanté aterrado tocando mi rostro con mis manos ahora pálidas. ¿Realmente he regresado del tártaro? ¿He regresado de la muerte? "Sí", me decía la voz en mis pensamientos mientras reía burlón.

"Ahora eres un ser que camina en la noche, una criatura endemoniada que buscará sangre de los mortales por toda la eternidad, cazarás y matarás a los impuros y los traerás ante mí…, Kain."

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