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Era tarde, cerca de las 8:00 am de un domingo añejo, y yo estaba buscando en eBay algún objeto que me llamase la atención. Por supuesto que lo conseguí: un disco titulado "Crash Bandicoot 5". Casi me muero de la felicidad. ¡Mi primer juego original para la PS1. Corrí hacia la habitación de mis padres, rogándole a mi papá me lo comprara. Pero él me miró fijamente para decir "Ok", mientras se encogía de hombros. Accedió a mi ordenado y pagó por el valioso artículo.

Una semana más tarde llegó a la puerta una pequeña caja. Casi exhalé un grito por la excitación. Me olvidé de mis deberes escolares, de que tenía hambre. Encendí la PS1 e introduje el disco. El primer nivel lo terminé en un minuto. Me pareció muy divertido. Lo extraño comenzó con el siguiente nivel, dotado de mayor dificultad, lo suficiente como para que la pantalla de game over aparezca. Presioné el botón de inicio para seguir jugando, pero no respondía. Con un poco de paciencia al fin logré proceder con el juego.

Otra de las cosas bastante desagradables sucedió durante la pelea contra Dingodile en el segundo mundo. El sudor se deslizaba por mis manos cuando Crash lanzó un grito de horror, la carne del personaje chamuscada al explotarle un tnt. Me puse nervioso igualmente con cada una de las muertes hiperrealistas de Crash, que al parecer eran necesarias para pasar al nivel consecuente. Lo extraordinario de todo era que no podía dejar de jugar: estaba simplemente atrapado en una especie de vicio repulsivo.

La última misión consistía en derrotar a Neo Cortex. El villano pilotaba una máquina provista de una serie de púas amenazadoras. Mi personaje debía huir. Procuré no fallar porque presentía la próxima muerte gráfica, obscena, asquerosa. Crash quedó bugeado frente a una de las paredes y la máquina lo trituró. El grito que nació del juego fue el más angustioso que jamás haya golpeado mis oídos. El cadáver de Crash, los trozos de este, mejor dicho, se levantaron penosamente. La pantalla se puso de color negro mientras rodaban los créditos. Aparecía la palabra: "asesinos". Mi nombre estaba incluido en estos, lo mismo que el de mi hermano y el de mis amigos y otros conocidos, dentro de un centenar de nombres, es decir, todos aquellos que lo habían "matado" al fallar en algún nivel. Así lo interpreté.

El juego me transportó a una sala espaciosa, y yo sentía que por fin había terminado una pesadilla. Pero una voz glacial, lejana, me habló, dejándome mudo de pánico: "¿Por qué, Mateo? ¿Por qué tienes que seguir recordándome mi maldición?"

No podía creer lo que estaba pasando.

"No puedo morir definitivamente y en paz, nunca puedo. Todos los días muero una y otra vez, debo sufrir una y otra vez. Toda mi vida es un sufrimiento interminable, ¿sabes lo que se siente? Pero esto acabará pronto, y tú lo permitirás."

Yo estaba a punto de llorar, conteniendo el torrente de lágrimas con desesperación. Ya no podía controlar a Crash, quien allí mismo se "suicidó". No quiero describir cómo. Solo sé que en lugar de los gritos de agonía y crujidos de hueso, oí un suspiro de alivio.

Mi PS se apagó.

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