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Durante mucho tiempo me he preguntado si es posible seguir con vida después de ser completamente congelado. Recuerdo que cuando era un mocoso veía las caricaturas en la TV, y si de ello había algo que me llamase la atención, eran los episodios en los que un troglodita de hace miles de años era descongelado, y al despertar de su perenne letargo; en la época actual, armaba alboroto en la ciudad. 

En algún momento, tal vez porque lo vi en un documental o lo leí en un libro o quizá ambas cosas, me enteré de la existencia de la criopreservación; procedimiento por el cual se somete el cuerpo de un ser vivo a un frío extremo para mantenerlo conservado y supuestamente reanimarlo en el futuro.

Mientras pienso sin sentidos, en la intensa oscuridad de la noche, líneas vertiginosas de luz pasan precipitadamente al lado del sucio vidrio que me permite ver el exterior, chirridos causados por metales raspándose entre sí fastidian mis oídos, y un nauseabundo olor a gasolina quemada inunda mis fosas nasales haciéndome sentir mareado. Ya que es de madrugada, el chófer del colectivo de mala muerte en el que me encuentro, conduce como si fuese el protagonista de una peli de acción en medio de una loca persecución. No me sorprendería si este vehículo destartalado se cae a pedazos antes de llegar a su destino.

Si termino muerto por un accidente automovilístico no podré quejarme, después de todo, ese es el precio de viajar barato.

Miro por la ventana de este carro que parece unido solo por cinta aislante y veo que ya se acerca al lugar en el que debo bajar. Esperaba esto desde que el vehículo inició el recorrido conmigo dentro suyo.

—Baja en la siguiente esquina —digo al chófer sintiéndome en mal estado en mente y cuerpo.

—¿Seguro que quiere bajar allí? Últimamente ha habido casos en los que personas desaparecen por esta zona —dice el chófer mientras luce una expresión de preocupación en su rostro.

¿Te preocupa mi maldita seguridad cuando hace segundos conducías tan imprudentemente? No me jodas.

—Lastimosamente resulta que me tocó vivir por este lugar.

El colectivo se estaciona donde le he indicado, salgo del automóvil, cierro la puerta, me alejo rápidamente y me dirijo a una extensa y recta calle.

Los faroles de los postes de luz están en mal estado y más que alumbrar creo que hacen corto circuito. El sonido que emiten los grillos y la luz intermitente de los faroles averiados, crean una atmósfera que me da mala espina, pero debo seguir caminando en línea recta por esa calle durante quince minutos para llegar al departamento que alquilé.

Ya ha pasado algo de siete meses desde que me mudé a esta zona y siempre que regreso del trabajo es la misma experiencia. Me siento asustado por la sombría atmósfera de esta calle en particular y cuando por fin me estoy calmando, un fuerte sonido de algo golpeando el suelo me devuelve a mi estado de miedo inicial. Lo bueno es que siempre resulta siendo solo el cliché de un maldito gato hurgando en los botes de basura.

Aunque esta calle sea aterradora, al menos a mí, no me ha sucedido nada malo y espero que así continúe siempre. Los únicos sucesos extraños son las desapariciones que cada cierto tiempo y sin patrón alguno suceden por este lugar.

Hace cuatro meses, un mes después de que tres pobres diablos a los que ya nadie recuerda, desaparecieran sin dejar rastro, Yodi, madre soltera con dos hijos, quien ejercía de peluquera en el barrio por el que vivo, se esfumó misteriosamente dejando a sus pequeños en la nada. Las autoridades no encontraron ningún rastro de ella, decían que era como si Yodi se hubiera convertido en polvo. El caso fue todo un furor en los noticieros y diarios. Los más serios decían que tal vez se trataba de una mafia de trata de personas, mientras que los más sensacionalistas afirmaban que era un caso de abducción alienígena o de combustión espontánea.

Yo no sé en qué diablos creer. Todos dicen cosas distintas, entre serias y estúpidas y todo eso se entrevera para al final formar una amalgama de rumores sin sentido.

El malestar que me causó viajar en ese auto no deja de hacerme sentir atontado; no obstante, el mundo ha sido condescendiente conmigo hoy y estoy a punto de llegar a casa sin ninguna clase de suceso que me impida alcanzar mi destino. Solo debo caminar por tal vez cinco minutos más.

¡¡PAM!!

Un sonido estridente causa en mí un sobresalto y detengo mis pasos.

—¡Maldito gato bastardo! —exclamo.

Después de mirar un momento a mi alrededor e inhalar y exhalar largamente para intentar tranquilizarme, reavivo el paso y continúo mi camino, pero mi corazón sigue algo inestable a causa del susto que acabo de pegarme.

¿Ah? A unos tres metros de distancia hay un callejón hacia la derecha. Escucho un cuchicheo que proviene de ese lugar. Eso definitivamente no es un gato hurgando en la basura, son personas. Parece que son dos.

Me acerco sigilosamente con la intención de oír mejor y procuro que esos sujetos no noten mi presencia. ¿Hmn? No entiendo ni una palabra de lo que dicen, parece que hablan en otro idioma. Pero por el tono de las voces puedo entender que un tipo está regañando a otro.

Tengo curiosidad por saber que se traen estos misteriosos sujetos. Pero probablemente sea demasiado peligroso, además puede que haya más. Si he de ser honesto estoy asustado y el malestar aún no se me quita, creo que es mejor si me voy de aquí. Aunque antes de ello, al menos quiero echar un vistazo.

Con mi cuerpo pegado a la pared, miro de reojo cuidadosamente dentro del callejón. Veo a dos sujetos vestidos con trajes elegantes y sombrero, todo de color negro. Me recuerdan a los gángsters de los años veinte que uno suele ver en las películas norteamericanas. Sin importar cuanto me esfuerce, no puedo distinguir sus rostros. Por lo que veo, están levantando un contenedor plateado aparentemente de metal, lo suficientemente largo para que entre una persona en él. Se nota bastante pesado. Desprende una luz azulina clara por el lado que no puedo ver desde mi posición actual. Ellos parecen no tener ningún problema movilizando tan enorme objeto. No sé lo que haya dentro, pero sé que ya es hora de irme de aquí.

Espero que las personas misteriosas se adentren en lo más profundo del callejón y aprovecho ese instante para seguir adelante. Mientras cruzo lentamente para no ser notado, veo que del otro lado del pasaje por el que entró el par sospechoso, se enciende una pequeña, pero potente y cegadora luz blanca. En consecuencia, instintivamente uso mis brazos para cubrir mi rostro y proteger mis ojos. También, a causa de la fuerte impresión, al intentar retroceder, trastabillo y caigo sentado sobre mi trasero.

Mientras la potente luz empieza a extinguirse lentamente y los hombres con traje, de los cuales sigo sin poder ver con claridad sus rostros, tienen su atención fija en mí. Me pongo en pie lo más rápido posible y corro lo más rápido que puedo hacia la dirección en donde se encuentra mi casa, la cual ya está bastante cerca.

¡Maldita sea! ¿¡Qué diablos fue…!? ¡Ah! ¡Dios! ¡Maldición! No lo entiendo, no quiero entender. Solo corre y deja ya de…

Ya puedo ver el maldito edificio donde se encuentra el maldito departamento en el que vivo. Está a solo unos pasos de mí. Meto mi mano en el bolsillo derecho de mi chaqueta para sacar las malditas llaves. Por suerte no uso adornos en el llavero, por lo que sacar las llaves no fue tan complicado. Tomo la llave correspondiente para abrir la puerta principal del edificio.

¡Maldita sea! No logro hacerla encajar en la cerradura. ¡Por el maldito infierno, entra de una vez! ¡Finalmente! La llave encaja en la cerradura y solo queda girarla para poder abrir la puerta.

—¡Agh! ¿¡Qué carajos!?

Siento un dolor punzante en mi hombro izquierdo, algo me perforó allí. Torno lentamente mi cabeza hacia la izquierda para ver qué diablos ha pasado y veo que detrás de mí está uno de esos tipos de traje negro. Su mano derecha sujeta fuertemente algo que parece ser una jeringa, la cual acaba de clavar en mí. Mi cuerpo empieza a sentirse pesado y no responde las ordenes que mi cerebro le indica. El mundo a mi alrededor empieza a difuminarse y…

Intento abrir los parpados, pero no puedo. Me siento aturdido, pero poco a poco empiezo a recuperar mi consciencia. Es extraño, estoy consciente, pero no puedo sentir mi cuerpo, solo siento un extraño e intenso dolor y comezón. Esto me recuerda a lo que leí sobre lo que sienten las personas que perdieron una extremidad. Se le llama miembro fantasma si no recuerdo mal, solo que ahora mismo yo lo siento en todo mi cuerpo.

Después de un tiempo el dolor desaparece y siento nuevamente mi cuerpo. Abro lentamente mis parpados. Por lo que veo, estoy en un cuarto oscuro con algunas tenues luces por aquí y por allá. Mi cuerpo está totalmente desnudo, en posición vertical y atado con correas metálicas a una plancha de metal. Siento un ligero viento helado en mi piel, parece ser refrigeración artificial. Hay una manguerilla azul conectada a mi cuerpo, justo debajo de mis costillas. Tengo miedo. No entiendo qué diablos está pasando.

Observo mi alrededor, veo que, hacia mi lado izquierdo, hay un contenedor plateado aparentemente de metal, con una ventanilla que emite un color azulino claro. Creo que es lo que esos sujetos de traje negro estaban moviendo hace rato. ¿Hace rato? ¿Siquiera cuánto tiempo ha pasado desde que quedé inconsciente?

Observo detenidamente la ventanilla del contenedor hasta que logro ver lo que hay en el interior. ¡Es una persona! ¡Está congelada! Tiene los ojos bien abiertos. Veo que tiene una expresión de desesperación en su gélido rostro.

Espero que solo sea un mal sueño que estoy teniendo mientras viajo en ese colectivo de porquería. Golpeo mi cabeza contra la placa de metal a la que me encuentro atado. Una, dos, tres, cuatros veces, no sucede nada, solo siento dolor por los golpes y no despierto, porque ya estoy despierto.

Vuelvo a mirar el contenedor que tiene a ese pobre diablo congelado en su interior. Ya veo, puede que ese sea también mi miserable final, o tal vez no. Durante mucho tiempo me he preguntado si es posible seguir con vida después de ser completamente congelado. Parece que justo ahora estoy a punto de comprobarlo.