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Era un día como todos. Llegué del colegio, me metí en la computadora y entré a estasmuerto.com. Todo normal, bueno eso creía yo.

Era lunes lo que significaba que debía ir a gimnasia (en contra turno), me prepare, me puse las zapatillas (normalmente uso borceguíes) y encendí la televisión.

¡Me quedé dormida! Cuando desperté eran las 5 de la tarde y a gimnasia debería ir a las 2 y 30. Podría haber faltado como cualquier día pero ese, en particular, debía rendir.

Me levante, estaba oscuro, fui a la sala y no había nadie. Mire hacia los discos, arriba estaban los cuadros pero estaban vacíos, mire mis manos y no eran del color de mi piel, estaban oscuras.

De pronto escuche los gritos de los niños que vienen después del colegio y se sitúan en el árbol en frente de mi casa, siempre me molestan con sus carcajadas.

En ese momento sentí una rabia incomparable. Vi a las personas de los cuadros salir de mis manos e ir hacia los chicos en el árbol.

Vi como los destrozaba pero nadie más podía verlo. Escuchaba sus gritos de dolor y de agonía, aunque ya nada me importaba.

Sus intestinos desparramados por todo el árbol me dejaron sin habla, luego vi mis manos, estaban más oscuras.

En ese momento me puse a pensar en la gente que odiaba y vi que mas sombras salían de mis manos, se dirigían hacia la gente que odiaba.

Así fui odiando a más y mas gente y las sombras las destrozaban de tal manera que eran irreconocibles.

Con el tiempo la oscuridad de mis manos llegaba a los hombros y a una pequeña parte del pecho. Ya habiendo asesinado a tanta gente me puse a pensar, y llegue a la conclusión de que me odiaba a mí misma, en ese momento me di cuenta de que a toda la gente que odiaba mis sombras la destrozaban y sentí como el odio empezaba a surgir por mis venas y vi como mis sombras salían para asesinarme, aunque no quería morir, empecé a correr pero salían de todas partes, hasta de mi propia sombra.

Sentía el dolor de todas mis víctimas sobre mí, era insoportable. Me tiré al piso retorciéndome de dolor. Las sombras de los recuadros cubrían mi vista cada vez más y más hasta no ver nada.

Luego de un tiempo desperté en la puerta de mi casa, estaba cubierta de sangre.

Entré a mi casa y observé los cuadros: tenían sangre al igual que mis manos. En ese momento me fui y nunca volví a esa casa, no supe más de mi familia y ni me importa, lo que me importa ahora más que todo es sobrevivir.

No olviden una cosa, los cuadros nunca olvidan: por ese mismo motivo, no tengo ninguno.