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Eran más o menos las tres de la tarde. Yo estaba en mi casa como un día normal de verano. Tenia la costumbre de ponerme a dibujar demonios y ese tipo de cosas, parecía estar bastante inspirado por coraje, frustración o cansancio; de pronto las ideas se cerraron y parecía que no podía sostener ni la vista. Mi propia mente divagaba sin sentido, en ese momento estaba terminando un demonio: a mí me parecía una especie de duende con las fases de la cara rojas y sombrías. Pensé que era único y decidí pegarlo en el refrigerador cuando lo terminara. Tal vez asustaría a alguien en plan de broma. De pronto, comencé a sentir un escalofrío en la espalda y un extraño suspiro, inefablemente frío.

Oí un tintineo de campanas, cada vez mas cortante: Un sonido tan extraño que parecía una voz. Esta se hacía más fuerte y sus palabras adquirían mayor sentido. Súbitamente, cesaron.

Me disponía a sentarme cuando sentí una respiración en mi oído. Lo vi, ¡vi al duende de mi dibujo! Más sombrío, y con un rojo matizado que jamás olvidaré, con una voz chirriante, rasposa y muy grave vociferó: "¡Dame lo mío!"

Desperté asustado: Estaba durmiendo. Cogí de inmediato el dibujo inacabado y lo rompí, desde entonces ya no dibujo demonios ni cosas por el estilo, no por miedo, sino por precaución.