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CreppyGold CAMPEÓN DEL LIMBO
"Los regalos de los dioses no pueden ser destruidos con facilidad por los mortales."

Alza tu mirada, insulso mortal, y contempla con respeto al gran campeón del Limbo que, tras un Big Bang de imaginación, creatividad y/o consumo intensivo de drogas, se convirtió en el Amo y Señor del ¡CreepyLooza!


-¿Y ahora qué pasa, eh?

Me sentía profundamente adolorido tras cada patada que propinaba con fiereza. El blanco de la superficie había sido profanado por una peste de rojo intenso, la suciedad en la suela de mi bota terminaba de manchar aquella suavidad, y con cada golpe, más avergonzado me sentía de ser quien arruinara semejante belleza. De buen origen, buena imagen, y más confiable que ninguna otra.

Oh, sí, pobre camisa.

Llegado un cierto punto, el bulto de carne que se escondía tras ropajes similares a los míos se volvió irreconocible, y en mi mente se perdió toda imagen clara sobre mi buen amigo, Ludos. Aquella noche, sus asquerosos y retorcidos dedos pasaron de agasajar al vaso de cerveza que se encontraba frente a él, en nuestra mesa, en nuestro bar favorito, de nuestro barrio, y pasaron a tocar lascivamente a la muchacha que semanas atrás había cautivado a mis cinco sentidos, y oh hermanos, jamás sentiré ira de la misma forma que lo hice en aquel momento.

El sentimiento de cólera pronto se tradujo en brusca y casi injustificada violencia, el tipo de violencia que chicos como nosotros solían ejercer. Sin embargo, mi primera víctima no fue el buen Ludos, no, sino el único mendigo que se acercó a nosotros en todo el día para pedir limosna. Tras haberle deformado horriblemente su cara sucia y arrugada a base de rodillazos, observé a mi amigo respirar agitadamente y mirarme con ojos apasionados, como sólo se puede mirar a una persona en la que tienes plena confianza.

Y una hora después, se encontraba compartiendo suerte con el vagabundo echado sin cuidado tras la basura, en el costado del bar. Como si haberle roto todos los huesos de sus extremidades no hubiera sido poco, acomodados a los costados de sus piernas se encontraban su billetera empapada en sangre, falta de las varias decenas de libras que llevaba dentro, y su sombrero negro, idéntico al que yo solía llevar, con una foto de mi ansiada tomada discretamente mientras bebíamos en nuestro lugar especial.

Mientras caminaba rumbo a la zona adinerada de la ciudad, donde a disposición de los gamberros de clase media como yo se encuentran los parques más bellos y mejor cuidados, me puse a pensar en el destino de mis dos víctimas. El vagabundo parecía estar borracho cuando lo noqueamos, por lo que habría de ser alguien desinteresado y que no se preocuparía por un joven que había contribuido a romperle la nariz; por su parte, Ludos debía conocer bien su situación, pues casi hermanos éramos, y como tales, nos conocíamos profundamente, y no nos escondíamos nada: si me delataba, bueno… encontraría la forma de llegar hasta él. Reí con picardía.

Sin darme cuenta, me había pasado de largo del parque al cual deseaba ir, con vistas hacia el colegio femenino más popular de la zona. Incluso a altas horas de la noche, era posible que alguna niña deseosa de recuperar el dinero para la matrícula que había invertido en juergas se detuviera e hiciera más cálida la noche con un joven apuesto como yo.

Nunca me he vestido a la moda, francamente. Quien me hubiera visto en todo mi esplendor me hubiera llamado anticuado. Pero opino que ropas elegantes son las más apropiadas para la gente más ruin y juguetona, como yo, razón que pareció ideal para el bastardo de Ludos, a quien le gustaba imitarme. Con el tiempo, entendí que un regalo costoso y digno de ser presumido muchas veces viene envuelto en papeles baratos.

Todas mis expectativas reunidas camino al parque se vieron reducidas a un golpe en el pecho cuando una pequeña señorita se sentó a mi lado con cierta gracia, agitando la trenza cuidadosamente peinada. Sin embargo, sólo pude ver su cabello o sus ropas de reojo, pues mis ojos se dirigieron con rapidez hacia sus muslos, blancos como la nieve, cuyo color uniforme, me dije a mí mismo, me gustaría realzar con algo de sudor y agitación; sin embargo, el corazón me dio un vuelco cuando observé su rostro y me encontré con ojos negros y profundos clavándose en algún punto detrás de mi cabeza, mejillas sonrosadas, y una sonrisa infantil; aterrado, miré a sus pechos, y la falta de bulto alguno acabó de introducir miedo en mí: se trataba de una niña pequeña, no mayor de once o doce años.

-¿Y ahora qué pasa, eh?

La pequeña debió notar cierto temblor en mi voz, pues sus ojos se curvaron burlonamente, y redujo la distancia entre nosotros en el banco sin disimular. Vagas imágenes de dos cuerpos tras un bar nocturno atravesaron mi mente mientras las manos blancas de aquella niña me tomaban por el brazo con firmeza. Un escalofrío recorrió mi espalda, con mis pecados tras él. Frío, sentía frío. Aquella noche era fresca, sin duda, pero yo estaba congelado. Mis ojos no podían despegarse de la piel cenicienta de su pecho apenas descubierto por su camisa sin abotonar.

Sus ojos negros me hicieron reír con cierta lástima. La cargué en mis brazos, y ella rodeó mi cuello con los suyos, acercando aún más nuestros rostros. En un principio, pensé en correr hacia la escuela frente a mí, pero cuando los marcos de sus ventanas se convirtieron en rejas en mi mente, decidí ir en la dirección contraria: hacia mi domicilio. Sentía su respiración suave golpeando mi cuello, lo cual me alarmaba brutalmente. Caminé rápido, hermanos, muy rápido, y cuando mi mente volvió a dominar mi cuerpo, me encontraba abriendo la puerta de mi habitación de una patada.

Se suponía que esa noche, mi tía, mi única tutora, iba a irse a dormir temprano, pues debía ir dos horas más temprano al trabajo debido a una reunión sindical o ese tipo de cosas de mayores. Ella estaba durmiendo en la habitación contigua, lo cual no hizo más que aumentar el tamaño de mi libido. Me quité la camisa y el sombrero, mientras observaba a aquella niña descubrir la parte inferior de su cuerpo, desprovista de vello o de cualquier impureza. Espero que aquella noche, mi cabello rojo haya cubierto mis ojos, pues mi mirada debió haber sido realmente desesperada. Haber escuchado su voz por primera vez aumentó el tamaño de mi cólera.

-¿Y ahora qué pasa, eh?

Esas fueron las únicas palabras que alguna vez oí de ella. Sin esperar a estar completamente desnuda, me abalancé sobre su cuerpo ligeramente curvado para una infante, carente de una idea clara sobre qué hacer. ¿Qué había hecho otras tantas veces, con otras tantas mujeres? ¿Besarlas? ¿Recorrer todos los rincones de su ser con mi boca? ¿O tomarlas directamente? Me sentía entre asustado, culpable, y nostálgico. Pero ninguna de esas emociones ahondó profundamente en mí antes de que la niña tomara mi rostro entre sus manos y me robara los labios.

Su boca y su lengua sabían a pecado. Sus ojos cerrados, su cuerpo rígido, sus pequeños pechos que sostenía entre mis manos, la pequeña cavidad entre sus piernas que mi erección estaba golpeando, todo parecía recordarme a Ludos en aquel momento. Por eso, lejos de sentirme culpable, forcé la entrada a través de ella y rompí con cualquier atisbo de sensualidad en aquella escena.

Poco quiero recordar de las cuatro horas que pasé, teniendo sexo con una menor de edad, teniendo en mi mente a dos personas incapacitadas, tiradas en el fondo de un callejón. Lo que puedo recordar claramente es el tiempo transcurrido tras ello, pues toda la ira y lujuria que había contenido y liberado respectivamente huyeron de una nueva emoción que nació en mí: el terror. Aun así, yo no conocía otro método de expresión que no fuera la violencia o la seducción, por lo que aquello que me sacó de mi impotencia fue tomar una botella vacía de cerveza, mientras la pequeña me miraba con una sonrisa, aún desnuda, permitiéndome ver todo su cuerpo, y estrellarla en su cabeza con todas mis fuerzas. El fluir de la sangre fue instantáneo, pero no me detuve a mirar, y sin calzarme ni colocarme ninguna prenda excepto mi camisa y pantalón, salí corriendo de la habitación. Detrás de mí oía campanas sonar, aunque el sitio estaba en silencio.

Inmediatamente fui a buscar una botella de agua a la cocina, y me bebí casi la mitad de dos tragos, sin importarme que el líquido se escapara de mi boca y me mojara el pecho, pero lo que realmente me hizo parar fue un grito desgarrador, de una voz femenina. Entonces, vi a mi tía salir de mi cuarto, horrorizada, y señalándome furiosamente con un dedo al torso: cuando miré, salí de mi trance, y las manchas rojas en mi ropa me recordaron todo lo que había sucedido. No me atreví a mirar a los ojos a mi tía, y eché a correr fuera de la casa, rumbo hacia el bar.

Mis ojos estaban llorosos, pero no conseguía hacer brotar ninguna lágrima por más que frunciera el ceño hasta doler, y el asfalto de la calle raspaba las plantas de mis pies. A mis espaldas se escuchaban sirenas policiales interrumpiendo el sueño citadino, pero me sentía demasiado aterrado para mirar, aunque no sabía muy bien por qué. En mi rostro se volvía a dibujar la misma expresión arrogante que siempre había cargado conmigo, aunque sabía que ya no serviría de nada presumir de mi aspecto mientras vagaba por un sendero sin retorno. Sintiéndome desamparado, intenté consolarme a mí mismo oyendo mi propia voz.

-¿Y ahora qué pasa, eh?

Al sostener el pomo de la puerta del bar, me percaté de que estaba cerrado, y las persianas habían sido bajadas. Cuando di media vuelta, escuché unos lamentos provenientes de la parte trasera del bar, donde había abandonado a Ludos y al vagabundo. Me asomé por la salida del callejón, y vi a mi ansiada sosteniendo la mano de mi amigo con la izquierda, mientras que la derecha se encontraba en su cuello, y las lágrimas brotaban a borbotones de su rostro rojo. En primera instancia, sentí celos dolorosos y punzantes, pero entonces, me di cuenta de una realidad irremediable.

Hasta entonces, había temido por mi libertad. Cuando observé el rostro, el cuerpo, y el sitio de estudio de la niña con quien había tenido sexo, sólo vi rejas por todas partes. Cuando pensé en por qué no pasaría nada por haber dado una paliza al vagabundo y a Ludos, sólo estaba pensando en no acabar enjaulado. Pero en cierto sentido, me sentía confiado. Entonces, cuando eché a correr en dirección hacia el lago que custodiaba la ciudad, terminé de asimilar lo que había sucedido. Había matado a Ludos.

Mientras forzaba a mis piernas a correr, exigiendo a mi cuerpo esforzarse inútilmente, era capaz de escuchar un montón de ruidos a mis espaldas. Escuchaba una multitud de jóvenes charlando mientras iban al colegio. Escuché a los trabajadores asalariados encender sus automóviles para comenzar el día. Escuché los gritos desesperados de una muchacha por la que horas atrás había sentido un amor superficial. Escuché las sirenas de policía azotando la calma.

Llegué por fin a la orilla del lago. El agua calma se veía sólo alterada por el movimiento de las aves cerca de ella, y su azul puro no reflejaba nada en ella. Cuando toqué la superficie y mojé mis dedos, sentí las vibraciones del agua alejándose hacia el interior del lago, y pude escuchar el chapoteo de las gotas. Me sentía profundamente inseguro, como un niño, pues noté que por fin había entendido cómo escuchar en lugar de oír, aunque ya era demasiado tarde para sentirme orgulloso de ello.

Intenté recordar, más allá del simple y terrorífico flashback, lo que había sucedido de la noche a la mañana. El sol comenzaba a alzarse detrás de los edificios negros. Me sentía algo realizado mientras me recordaba que no había sido correcto matar a Ludos, ni darle una paliza al vagabundo, ni arruinar el pequeño romance de mi ansiada en pos del mío propio, ni haber sido tan arrogante, ni haber…

¿Ni haber… tenido sexo con aquella hermosa, preciosa, seductora niña pequeña?

Como un pesado martillo cayendo sobre mi espalda, una realidad cruda y burlona me azotó de una forma peculiar, que logró romper con toda convicción que hubiera obtenido tras pasar media hora sentado en la orilla del lago. Tras pensar en lo que me había afectado aquella hermosa niña, y en lo que le había hecho, en la sangre corriendo por mi ropa, la única reacción que había conseguido había sido tener una erección.

Volteé, por primera vez en mucho tiempo, y miré atrás. No había nadie buscándome salvo yo mismo. Y lo único que encontré fue el conocimiento de que no había reflexionado, para nada.

Eros se arrojó al lago.


Autor: AcydAntihero

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