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Tamborileaba impaciente sobre el volante. La luz se puso verde y arranqué mi camioneta.

“Hospital Lutheran Mercy, 2 millas.”

Bien. Cerca. Odio conducir por ciudades desconocidas.

Oía los sollozos de la niña desde el asiento trasero.

“Está bien, cariño. Ya casi estamos”, digo tranquilizándola.

Pienso en la conferencia de ayer. Hablaba sobre el secuestro de la hija de Lauren y Ala Hoyle. El día anterior, la pareja se había levantado con los ojos llenos de lágrimas ante vecinos, policía y periodistas. Rogando por su hija, mostraban su foto entre lloros, declarando su amor incondicional. Típico.

Mientras conducía, pensé de nuevo en los otros niños secuestrados.

Hace tres años, Melissa Tanner. 16. Sus padres también rogaron por su vuelta. Hablaban de cómo ella amaba la vida, de cómo soñaba con jugar al baloncesto de forma profesional, de lo orgullosos que estaban de ello.

Dos semanas más tarde, Melissa fue hallada en un contenedor de basura, sus piernas y pies con una maza. Sobrevivirá, pero nunca más volvería a caminar.

Hace dos años, Cody Mason. 14. Su padre ya había perdido a su esposa. Se dirigió a la comunidad, pidiendo que le devolvieran a su hijo. Hablo de su dedicación, de cómo era uno de los programadores informáticos mas jóvenes, de lo que podía llegar a ser.

Dos semanas después, Cody fue encontrado con vida en mitad de un campo, con sus manos cercenadas a la altura de las muñecas.

Hace un año, Joseph Somerset. 10. Sus padres pusieron carteles. Recurrieron a la televisión, desesperados por que su hijo volviera a casa. Hablaron de su intelecto, de cómo podía cambiar el mundo. Un genio.

Dos semanas después, Joseph fue encontrado en una piscina pública. Confuso y desorientado. Nunca hubo mejoría. Se determinó que había ingerido anticongelante, lejía, limpia cristales, veneno para ratas y otros productos químicos. No fue suficiente para matarlo, pero sus facultades mentales no volverían a ser las mismas.

Aparqué en el estacionamiento del hospital, en la zona menos iluminada.

Mientras salía de la camioneta, aún seguía recordando a esos chicos. Sus padres los querían.

¿Pero por qué?

¿Por quienes eran?

¿O por sus dones?

Abrí la puerta de atrás y levanté el cuerpo de la niña. Gimió al agarrarla.

Es fácil amar a alguien por sus talentos, por sus puntos fuertes. ¿Pero qué pasa con sus desventajas? ¿Con sus defectos?

Coloqué con mimo a la niña sobre la acera.

“Muy bien, cariño. Voy a dejarte aquí. Cuando oigas marcharse el coche comienza a gritar. ¿Entendido?”, pregunté.

Asintió, sus manos y piernas estaban atadas, una lágrima roja escapó bajo la venda que cubría sus ojos.

Volví a mi coche.

Mientras salía del aparcamiento, pude oírla gritar.

A los padres les resulta fácil amar a sus hijos por sus mejores cualidades. ¿Pero qué pasaría si se las arrebataran? ¿Lo seguirían haciendo?

Alyssa Hoyle, la última, de 4 años. Sus talentos aún no se habían manifestado.

Como había dicho, sus padres habían cantado alabanzas. Habían dicho que tenía unos ojos preciosos.