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Amanda, ¿Lo sabías? Este mundo es maravilloso, y debes agradecer por cada día bueno que tengas.


No puedo explicar en realidad como llegué allí. Pero fue tranquilizante, al menos por un momento, el haber despertado en un lugar tan familiar como mi salón de clases. Como si hubiera salido de un golpe de azúcar, o un sueño largo, abrí despacio mis ojos, y para mi mala fortuna, lo primero que vi fue una cucaracha subiéndome a la mano. No atenté a matarla, o siquiera a tocarla, porque el desagradable animalito huyó. Bien, tampoco hubiera querido aplastarla, porque me quedarían los restos sin sangre de la cucaracha.

Hubiera buscado a alguien para preguntar por mi situación, pero no hubo necesidad. Nidia, una amiga un año mayor que yo, se encontraba ahí. Lo primero que hice, como —supongo yo— cualquier persona haría, fue llamarla por el nombre para llamar su atención. De hecho, mi línea se quedó en "Ni-...", porque la muchacha de anteojos me interrumpió, con la cabeza temblorosa y un tono de voz animado como de costumbre.

—Amanda, ¿Lo sabías? Este mundo es maravilloso.

—Sí, lo sé...—Le respondí mientras me levantaba y quitaba el polvo de mis ropas escolares, que tampoco recuerdo haberme puesto—... ¿Dónde están todos, Ni-...?

Otra vez, el "Nidia" se quedó por una única sílaba, porque las palabras ya no fueron capaces de salir de mi boca. En el momento en el que bajé la mirada para revisar mi falda, la tez blanca europea de Nidia se volvió podrida, de un color grisáceo, tal cual el señor Valdemar, Nidia estaba pudriéndose en vida. Unos ojos sin iris y puramente negros, y una sonrisa que mostraba la más hermosa de las furias, Nidia —O lo que se supone, era ella— continuó con una voz sacada del decimoquinto infierno.

Y debes agradecer por cada día bueno que tengas.

Como es obvio, el salón cerrado se llenó de un asqueroso olor a sudor y sangre, que, sumado al susto que "Nidia" me hizo llevar, me obligó a abrir la puerta y correr. Me vi obigada a redireccionar el pasillo este por el oeste, porque otro ser de abominable aspecto me esperaba al salir del salón (Aunque no me estaba prestando atención, pues, y aunque parezca morboso, diré que cómicamente, devoraba un cuerpo de sospechoso color azul).

Al llegar a los vestuarios de la pista de atletismo, mis sentidos más agudos me guíaron hasta la salida de emergencia de las instalaciones deportivas. Pero...

"Ahh"

Un gemido masculino y más parecido a un suspiro llegó a mis oídos y se encargó maliciosamente de paralizarme. Una mujer con aspecto de una muñeca de madera, y un enorme aparato reproductor femenino (Que según nuestro profesor, así se le debe decir) ocupando el espacio de su vientre hasta en medio de sus senos. Pero lo más grotesco llegó cuando la tenebrosa mujer levantó sus brazos en forma de cruz, y tiró su cabeza a un lado del hombró, y comenzó, de forma asquerosa, a dar a luz a dos deformes y rojos bebés. Uno con una cabeza que se asemejaba a la cáscara de un maní, y otro con una pequeña y chata cabeza, ambos con manos saliendo al costado de la barbilla, que, curiosamente, se situaba en el centro de su "cuerpo".

El ser mayor, y los bebés, parecían ser amigables. Pero en un momento así, y sobre todo cuando uno de esos seres repulsivos (Y demás está decir que olían como mil demonios), se sube a tu pierna, ríendose como un infante común, pero con una voz distorsionada, es imposible no amagar —Y de hecho, lograr— a lanzarle contra la pared. No me di cuenta de que fue un horrible error, hasta que el monstruo recién nacido golpeara contra el concreto bien pulido y dejara un camino vertical de sangre. Ah, y hasta que la cabeza de la madre comenzara a temblar, tal como lo hizo la de Nidia, cada vez más rápido, y hasta que volviera a abrir su "boca" y posicionara sus brazos como si fuera a cazarme, y se abalanzara corriendo hacia mí.

Insitintivamente, abrí la puerta de salida y corrí dentro. Sí, dentro. Eso es porque esa puerta no era una salida. No exactamente. Confundida, miré a mi alrededor. Un pasillo de aspecto metálico y horrible se cernía frente a mí, cuando de forma inesperada, la puerta detrás de mí se cerró de golpe. Intenté, pues mi inocencia no me permite pensar demasiado entre sucesos tales, abrir la puerta por la que salí, y en ese momento, mientras estaba dada vuelta, una respiración pesada como de cansancio, o algo más, se hizo presente.  Miré, y gracias al cielo que lo hice, porque el bicho con aspecto que prefiero no mencionar, violáceo, y cara de depravado (Hasta tenía un lunar al costado de la boca), hizo sacar sus ojos como dos babosas que escupían un líquido verdoso, y comenzó a correr hacia mí. Santificado el cielo que una puerta se abrió. Dudando, entré a la nueva habitación, y cuando me digné a cerrar la pesada puerta, uno de los estirados ojos de babosa se interpusó entre la puerta y el marco. Qué asco recorrió mi cuerpo cuando al lograr cerrar la puerta, el ojo se separó del rostro a causa de la presión ejercida, y cayó en el suelo acompañado de un grito grave y pesado. 

El lugar al que acababa de entrar era sucio, asqueroso, oloroso, y de aspecto infernal, pero me hizo sentir segura por un momento (Como aparentemente todos los lugares a los que acudí ese día). Reconocí el rostro de mi maestro y su tono de voz dulce y tranquilizante.

—Ey, no pongas esa actitud a un viejo amigo...

Todo cambió cuando sus pasos se hicieron anormalmente rápidos y notaba que su estatura solo lucía normal por la distancia. Era extremadamente alto desde este punto de vista físico.

—... ¿Sí?

Solté un grito mientras sus brazos me rodeaban para levantarme y llevarme con él a quién sabe dónde. Haciendo esfuerzos inútiles por escapar, pude divisar a lo lejpos una habitación bastante amplia, y una vez más, lo que ya no era mi profesor, me dijo algo que me hizo dar arcadas al juntar sus palabras con mi visión.

—¡Todos tus amigos se la pasan genial aquí! —Me dijo mostrándome una serie de monstruos iguales a los anteriores, e incluso los que había visto antes. No podía ver, pero algo me obligaba a ver a Nidia siendo insertada en el aparato del monstruo mamá, a Mauro alzando sus brazos en una cosa de carne asuqerosa y una piel idéntica a la de Nidia, al monstruo azul, a los bebés, y lo peor.

Al final, pude ver a Susana completamente desnuda, con una piel verdosa y el cabello con aspecto podrido. Unos tentáculos salían de su aparato y sus pezones, metiéndose en su boca y en sus ojos.

Ahora los recuerdos regresaban.

Hacía tres meses que no veo a Nidia.

Hace dos semanas, Susana dejó de venir al colegio.

Mi tía hace poco tuvo dos hijos sucesivos, que nacieron con síndrome de TRAP.

Mauro seguía golpeándome cuando me dejó inconsciente.

Y mi profesor... el me...

—duǝ uıñɐ ɯɐs qǝllɐ duǝ ʌǝo ɐɔɐ

Paralizóme el miedo. Un hombre de aspecto regordete, con traje morado y pelo en picos me miró con su deformada sonrisa y sus ojos exageradamente caricaturezcos. Me acarició este hombre la mejilla con dulzura, mientras abría su enorme bocaza y acercaba con rapidez su mandíbula a mi cara y-...


—Amanda... Amanda, buen día.—Mamá estaba golpeando la puerta para entrar. No tardó mucho en cansarse y entrar.

Nos vio a mí y a mi nuevo amigo hablando. Su pregunta me molestó, debo decir.

—Amanda, ese hombre, ¿Quién es?.







—Mamá... ¿Lo sabías?

Este mundo es maravilloso.